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Aparte de la gestualidad, que compartimos con otros animales (sobre todo con los primates), el único medio de comunicación entre los seres humanos que puede catalogarse como natural es el lenguaje hablado. A partir de los postulados defendidos por el lingüista y filósofo Noam Chomsky, se considera que la base fundamental para el lenguaje es innata (“viene con el paquete”) y esto es especialmente cierto en lo que se refiere a la sintaxis, la que, según Chomsky, es común a todas las lenguas habladas y se refiere a la construcción e inteligilibidad de las frases a través de la combinación de sujeto, verbo, predicado, etc. Dicha forma de construcción, por decirlo de alguna manera, se encuentra inscrita en el cerebro, y por eso al niño le resulta tan fácil y natural aprender el lenguaje hablado por inmersión, escuchando y siendo dirigido por sus padres y otras personas que se encuentran en el ambiente familiar.
Todas las otras formas de comunicación son inventos del ser humano, desde el lenguaje escrito hasta la internet.
Desde luego que, una vez que se inventó el lenguaje, con él se inventaron todas las formas de mentiras y confusión que actualmente existen, por ejemplo, los bulos. Un bulo es una información falsa creada deliberadamente para ser percibida como verdadera y difundida a gran escala, con el objetivo de generar desinformación o algún otro fin. Digamos que en la época en que se inventaron, los bulos se llamaban chismes.
A medida que se fueron desarrollando otras formas de comunicación, también se fue potenciando la capacidad de difundir mentiras intencionadas. El lenguaje escrito fue la primera de ellas, y se utilizó como arma de desinformación desde un principio y sobre todo a partir de la invención de la imprenta.
Es claro que el aprendizaje del lenguaje escrito es trabajoso y debe hacerse lentamente y sobre todo en el ámbito escolar, constando además de dos aspectos, el de leer y el de escribir. La alfabetización se considera en general como positiva, aunque traiga con ella la posibilidad de que más personas incautas puedan ser engañadas.
Es claro que ninguno de los inventos que el ser humano realizó con el fin de comunicarse estuvieron acompañados de un debate social sobre sus efectos positivos o negativos. Simplemente se dieron de una forma natural y la gente se defendió —o no— como pudo de sus malas consecuencias. No obstante, la sociedad los fue aceptando como avances imprescindibles en el desarrollo de lo que llamamos civilización. Difícilmente pudieran haberse desarrollado las instituciones o el comercio, por poner dos ejemplos, sin la existencia del lenguaje escrito, así como la ciencia, la literatura o la filosofía.
Pero tampoco se dio este debate en épocas más modernas y cuando la sociedad era más consciente de sí misma y ya se habían propuesto teorías sobre su constitución y funcionamiento. No sucedió esto cuando se inventaron la prensa escrita, el telégrafo, la radio y la televisión, que también se integraron al funcionamiento social sin que hubiera conciencia de sus posibles consecuencias. Entre ellas, la posibilidad establecida por Goebbels de que se repitiera una mentira mil veces hasta que se convirtiera en verdad. Tengamos en cuenta que hoy una mentira puede repetirse no mil, sino muchos millones de veces.
Ni siquiera con la aparición de internet hubo un debate público y generalizado sobre su uso y posibles consecuencias. Internet evolucionó a partir de un sistema anterior llamado Arpanet, que fue creado en 1969 por el Departamento de Defensa de Estados Unidos con el fin de permitir la comunicación entre instituciones académicas y estatales. A partir de ella surgió internet, que es una red lógica única de alcance mundial y cuyos efectos sobre nuestra vida diaria son incalculables. Sin embargo, todos estos fenómenos ocurrieron por decirlo así fuera de la vista del gran público, que ignoraba por completo lo que se estaba cocinando, y que resultó entre otras cosas en la utilización generalizada del correo electrónico, los buscadores, como Google, el WhatsApp, Facebook, Instagram, X e infinidad de aplicaciones útiles en nuestra vida diaria, que también pueden ser utilizadas malintencionadamente.
Todo lo anterior presenta un gran contraste con lo sucedido a causa de la aparición de la llamada inteligencia artificial, que ha sido acompañada por un gran debate público sobre sus posibles alcances tanto benéficos como perjudiciales. Si bien esto no constituye una garantía, sí podemos decir que estamos ingresando en la época de la IA con los ojos abiertos, a diferencia de los casos que he citado anteriormente.
Alberto Magnone