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    La medida de cada uno

    Sr. director:

    Enfrentamientos, una búsqueda ríspida y engorrosa de soluciones que se obtienen (cuando ocurren) mediante acuerdos en donde el consenso pacífico y elevado de miras es la excepción han definido últimamente las reuniones y las relaciones entre empleados y empleadores. Se ha oído y leído en nuestros medios de comunicación y escrito en los muros de la ciudad frases que manejan la expresión lucha de clases, incitando, presuntamente, a establecer una división desintegradora de una sociedad que, como la uruguaya, necesita imperiosa y urgentemente unirse en un pacto fraternal para restaurar un país herido de muchas maneras. Una casa en ruinas, al igual que un país en dificultades, requiere para su refacción de albañiles, arquitectos, plomeros, instituciones financieras, etcétera, es decir, de todos, sin que la labor de unos valga más que la de otros; y, culminados los arreglos básicos, habrá tiempo para discutir la decoración, es decir, la política, así sea la política partidaria, sindical o patronal. Irlanda constituye un exitoso ejemplo en este sentido.

    Decía Hans Magnus Enzensberger en un discurso memorable: “Como si tuvieran algún mensaje oculto, las parábolas chinas suenan didácticas y misteriosas, aunque la mayoría de las veces simplemente afirman lo evidente. Consideremos esta que trata del tamaño: hace mucho tiempo hubo un hombre llamado Liu Ti, que inventó la vela. Con el tiempo, descubrió que cuanto más grande fuera la vela mejor se navegaba. Por consiguiente, puso toda la lona que el navío pudo soportar, hasta que se encontró con su primera tempestad. Por poco no se ahogó. Entonces decidió reducir su aparejo al mínimo. Esto resultó seguro, pero se dio cuenta con consternación de que no avanzaba nada. Dijo Liu Ti: he intentado agrandarme y he fracasado. He intentado empequeñecerme y he fracasado. Descubriré el tamaño del que soy digno y triunfaré”.

    La parábola parece probar que cada hombre en sociedad cumple un papel siempre importante de acuerdo a su medida y posición en esa sociedad dada, suponiendo tal concepto que hay diferentes posiciones y medidas, las cuales no encierran nociones de valor. Es decir, no hay “abajo o arriba”, “mejor o peor” en los roles y estancos sociales, ni sería aceptable un enfrentamiento, una “lucha” entre ellos.

    El hecho estriba en descubrir el tamaño del que cada uno es digno, y luchar por obtenerlo. Esa es la “lucha”, el combate natural. No lo es luchar intentando agrandarse o empequeñecerse so pretexto de ocupar espacios fuera de la personal medida. Tal es lo que funciona en toda sociedad existente en la naturaleza, en donde, obviamente, no imperan las ideologías, aunque sí una envidiable perfección del sistema.

    Y a ese respecto, y como un excelente ejemplo de lo consignado, continuando con el discurso de Enzensberger al analizar el tamaño de la literatura y el consiguiente de los escritores, subrayo: “Consideremos las magníficas ilusiones del Siglo de las Luces y sus continuadores, los educadores del siglo XIX. Estaban bastantes seguros de que a su debido tiempo todo el mundo seguiría a los privilegiados y leería “buenos libros”. Pensaban que el tamaño de la literatura era potencialmente infinito. Era cuestión de erradicar la superstición, el atraso, los privilegios y los iletrados; tan pronto como fueran eliminadas estas barreras, la gente iría en tropel a las escuelas y a las bibliotecas y leería a los clásicos. Quizás sea justo decir que este sueño jamás fue compartido por la población en general y menos en el mundo occidental. Cuando esto se volvió una obviedad deslumbrante, los críticos, ideólogos y sociólogos siguieron el ejemplo de Liu Ti y se fueron al otro extremo. El último jirón de lona se rasgó del mástil de la teoría. La literatura fue condenada: el fallecimiento de la galaxia de Gutenberg fue declarado, y la mayoría de no-lectores, identificados como la nueva raza de bárbaros”.

    El análisis es un buen ejemplo de lo que no hay que hacer si pretendemos distinguirnos con los laureles triunfales que Liu Ti supo ganar no sin esfuerzo. La sabiduría que el marino chino disfrutó luego de su experiencia enseña a no forzar la realidad, a entender que lo evidente no lo es para tratar de trasformarlo en utópico, tarea que al parecer se ha impuesto el hombre como una de sus metas prioritarias. Y así, construcciones intelectuales, ideologías, utopías resultan ser hoy los pistones del motor mediático que nos aturde cada día demostrando, una vez más, que el hombre sigue siendo el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

    El tamaño de la embarcación determina el de la vela, y el de esta el éxito de mi travesía; obteniendo exactas proporciones, arribaré a buen puerto con la dignidad que satisface mi medida. No está solo en el volumen el secreto del triunfo, sino en el conocimiento de las correctas porciones que componen mi mixtura. Como tantas veces, el punto óptimo cualitativo no coincide con el manejo absoluto y arbitrario de lo cuantitativo.

    En todas las sociedades del reino animal y, como tal, en la del hombre, las normas que regulan un comportamiento gregario claramente determinan que no hay rol menor a otro por la simple razón de que al existir, al ser evidente, real, intrínsecamente importa y coadyuva al logro de los fines del grupo. De nada sirve pretender forzar la realidad y barajar calando repetidas veces con la intención de que, al repartir, el tamaño de mi rol sea más grande o más pequeño del que naturalmente he recibido.

    Lo importante es tomar conciencia de la realidad, esto es, de la medida o posición de cada uno, que nos hace sentir dignos, útiles y estimados, con la aceptación de que no todos nos sentimos de la misma manera dignos, útiles o estimados, y no por ello unos y otros seremos mejores o peores, estaremos más arriba o más debajo de una línea imaginaria, que al ser analizada solo termina por ser eso: imaginaria.

    Así parece aceptarlo Enzensberger al concluir conceptualizando el papel de los escritores y ubicarlo en su justa medida. En ella, no solamente deben olvidarse las ilusiones de grandeza del siglo XIX, sino también la agresiva reacción posterior ya conscientes del fracaso, y centrar la idea en la concluyente realidad de la literatura, no más ni tampoco menos, únicamente el simple gozo de palpar su existencia y comprobar que por eso todos aquellos que aún creen en la positividad de forzar las medidas de las velas a su antojo verán hundir sus naves irremisiblemente.

    Dr. Carlos Teysera Rouco