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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáComo médico, entiendo que hoy es necesario referirse a las enfermedades mentales como a otros procesos morbosos, en que su diagnóstico debe preceder a su tratamiento, pues de lo contrario no sabríamos qué estamos tratando. Ello implica conocer las causas o la etiología de los trastornos, y los mecanismos que los desencadenan, como fisiopatología o etiopatogenia. De otro modo, las enfermedades mentales tendrían un pronóstico tan malo como el de las enfermedades sin diagnóstico. No podríamos enfrentar ese carácter cada vez más grave, como el que asocia el homicidio y el suicidio, que conmocionó a nuestro país, primero el pasado 23 de agosto, y luego el 3 de setiembre.
Hoy recordamos que al participar activamente en el primer Congreso Mundial de Prevención del Suicidio en nuestro país, en 2009, ya contábamos con las tasas de suicidio más altas del mundo, pero ni los suicidios ni los homicidios eran tan frecuentes como hoy. Entonces no se hablaba como ahora de “violencia vicaria” asociada a “violencia de género”. Pero tampoco se distinguía el valor de la vida humana, igualmente agraviado en el suicidio como en el homicidio. El hecho de que los suicidios fueran tres veces más frecuentes en hombres, no inducía a hablar, ni de una “violencia de género”, ni de una “violencia vicaria” o “violencia sustituta” dirigida a terceros. Por ello, hoy es significativo ignorar la asociación de homicidio-suicidio, que se reiteró en un plazo de 11 días. Atribuirlo al género sexual impide reconocer el determinante de la alienación mental. No se aprecia la similitud entre el episodio de la madre, que el 23 de agosto se arrojó por una ventana con su hija, y el del padre, que el 3 de septiembre se lanzó al agua para ahogarse con sus dos hijos. No se aprecia que no exista una diferencia de género, sino un agravio, contra el mismo género humano de padre, madre e hijos. Ignorarlo impide reconocer la causa del aumento pandémico de violencia en las enfermedades mentales. Impide asociarlo al aumento de violencia de todo tipo, y al del narcotráfico, que no se debe solo a un aumento de oferta, sino al consumo de drogas psicoactivas, que retroalimentan el narcotráfico y la violencia.
No asociar esos dos episodios solo separados por 11 días entorpece un diagnóstico adecuado de las enfermedades mentales que hoy nos amenazan con carácter pandémico. Al relacionarlas de modo ambiguo con la violencia doméstica, soslayamos la causa actual de las enfermedades mentales. Intentaríamos controlar la oferta de drogas, sin intentar disminuir su consumo, desconociendo que no existiría narcotráfico si no se consumiesen estas drogas. Se ignoraría, además, que la mayor cifra de víctimas femeninas no obedece a un mayor deterioro moral del sexo masculino, sino a una mayor fuerza física. No apreciaríamos que la violencia psicológica es la causa de la violencia física…, en ambos sexos. Con una tobillera solo intentaremos prevenir el efecto y no la causa de la violencia física. Así solo reprimiremos el narcotráfico, sin prevenir el consumo, que aumenta la oferta de drogas, igual que la violencia psicológica aumenta la violencia física. Así no apreciaríamos el valor de la educación, que llevó a disminuir el consumo de tabaco, al transmitir que causaba cáncer de pulmón y enfermedades cardiovasculares. Ignorar esa relación causa-efecto nos llevaría hoy, no solo a interrumpir esa tarea educativa para el tabaco…, sino a no aplicarla para sustancias “recreativas”, como el cannabis…, ignorando que ese uso “recreativo”, lleva a consumir cocaína… y a aumentar las enfermedades mentales.
El secretario del PE decía que el problema actual “afecta a toda la sociedad en su conjunto”. Supone una agresión enmascarada como la de un virus, cuyo nombre deriva de “veneno”, porque pasa oculto: nos intoxica sin distinciones de edad, sexo, condición social, política, económica o cultural. Para enfrentarlo, parecería hoy necesario reconocer lo que permitió datar la presencia humana en el planeta hace tres millones de años, en el Homo habilis, cuando se consiguió identificar el género humano, sin distinciones de sexo.
Dr. Eduardo Casanova
CI 1.039.691-4