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De modo preliminar, para referirme a las relaciones de nuestro país con la Argentina, debo precisar que, como decimos los abogados, me comprenden las generales de la ley… Y me comprenden porque quiero a ese país y a su gente, porque a lo largo de mi larga vida siempre recibí, en la Argentina, un trato afectuoso y amable, porque me otorgaron distinciones de diverso tipo en el plano universitario y académico y porque, por resolución del presidente Juan Domingo Perón, recibí una de las condecoraciones de más alto nivel que otorgan los gobiernos de ese querido país.
Cuando hace tres décadas, el Rotary argentino y el uruguayo, me otorgaron el premio a la Amistad Rioplatense, me trasladé con mi familia a recibir esa distinción a Buenos Aires y al hacer uso de la palabra, en esa ocasión, muy emocionado, cité a Jorge Luis Borges, cuando en su “Milonga para los orientales” dice: “El sabor de lo oriental, con estas palabras pinto, es el sabor de lo que es igual y un poco distinto”. Y termina diciendo: “Milonga para que el tiempo vaya borrando fronteras, por algo tienen los mismos colores las dos banderas”.
Y es verdad porque somos iguales pero un poquito distintos, pero ello no significa que no sea verdad el aserto de Roque Sáenz Peña cuando dijo que “orientales y argentinos, somos una misma familia asentada en dos soberanías”.
Por ello, me preocupa particularmente el estado de nuestras relaciones con la Argentina y su gobierno, que han comenzado a tener algunos puntos de fricción que deben superarse, entre los que destaco los relativos a los canales, a la navegación y los peajes en el Río de la Plata, el proyecto de hidrógeno verde frente a Colón a orillas del río Uruguay, las diferencias que han surgido al nivel del Mercosur en cuanto a la negociación de acuerdos comerciales externos y en la profundización de la unión aduanera, entre otros. Incluso en cuestiones menores se aprecia la falta de acciones conjuntas generadas a través del diálogo, como ha sido que, en la Comisión Administradora del Río Uruguay, después que, desde hace muchos años, todos los miembros de las delegaciones de ambos países tuvieran remuneraciones cuantiosas, dos delegados de la nueva delegación argentina deberán desarrollar sus tareas ad honorem, es decir, sin pago alguno, mientras que el resto de los delegados, incluyendo los cinco uruguayos, lo seguirá haciendo con muy generosos estipendios. Se trata de una medida unilateral del gobierno argentino que genera cierta sorpresa por su carácter híbrido (unos cobran y otros no) cuando, hasta ahora, el tema de las remuneraciones era decidido por la propia CARU, sin discriminación de clase alguna.
En ese escenario, se impone una reunión entre los presidentes Milei y Orsi en la que prime el espíritu fraterno que debe inspirar las relaciones entre ambos países y pueblos y se exprese una voluntad política común para resolver, por las vías del diálogo y el acuerdo, las fricciones a que he hecho referencia anteriormente.
Para alcanzar ese objetivo, no me cabe duda alguna de lo compleja que es la tarea que le va a corresponder a nuestro nuevo embajador en la República Argentina, Dr. Diego Cánepa, pero confío en el éxito de su gestión por tratarse de un profesional responsable y talentoso, y porque descuento que va a tener un fuerte apoyo del Sr. canciller Mario Lubetkin y del director general del Área para Asuntos de Frontera, Limítrofes y Marítimos, embajador Carlos Amorín.
Dr. Edison González Lapeyre