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    Los feriados uruguayos

    Sr. director:

    Por estos días es noticia que el Parlamento está estudiando un proyecto de ley que propone la creación de dos nuevos feriados laborables, ambos conmemorativos de eventos ocurridos en tiempos de la dictadura militar 1973-1985.

    Uruguay tiene, cada año, 10 feriados laborables. La mayoría representan la herencia de nuestra tradición judeocristiana (Reyes, Carnaval, Semana Santa y Difuntos). Solamente cuatro recuerdan hechos de nuestra propia historia (Desembarco de los 33 Orientales, Batalla de las Piedras, Natalicio de Artigas y Batalla de Sarandí). Ninguno, incluyendo los cinco feriados no laborables (Año Nuevo, Día Internacional de los Trabajadores, Constitución de 1830, Día de la Independencia y Navidad), conmemora hecho alguno relacionado con nuestro derrotero como nación independiente a lo largo de estos 195 años.

    Estos feriados fueron establecidos hace un siglo y representan la sensibilidad, los anhelos y los valores de la generación de aquel tiempo, la que vivió en la época del centenario. Fueron tiempos de debates en los que primó el compromiso por unir al país. Era una época de cambios demográficos importantes, con oleadas inmigratorias que traían sus tradiciones y que Uruguay recibió e integró, de manera exitosa, a través de varios instrumentos. El calendario cívico fue uno de ellos. El resultado de aquel consenso permaneció, incambiado e incuestionado, durante décadas.

    En la naturaleza de aquel país que se veía a sí mismo, desarrollaba su democracia y definía su organización social, aquella generación entendió la importancia del calendario cívico como herramienta constructora de nuestra identidad.

    Es por eso que solo puede despertar respeto y simpatía que hoy, en nuestro tiempo, algunos legisladores estén promoviendo una reflexión, parecida a aquella del pasado, para que nuestras fechas patrias reflejen los valores de nuestra propia generación.

    Por lo tanto, este esfuerzo debe trascender, desde ya, un simple proyecto de ley que pasa a seis los feriados laborables historiográficos, añadiendo dos, sin abordar la relación con todos los demás, a los cuales, además, deja congelados en el tiempo. El calendario cívico no es una yuxtaposición de fechas. Es una expresión de una liturgia laica y republicana que merece un tratamiento a la altura de esta circunstancia.

    ¿Acaso nuestra generación, la generación del bicentenario, no tiene el deber de emprender el mismo esfuerzo que aquella que nos precedió hace 100 años, y definir cuáles deben ser, y por qué, nuestras fiestas y conmemoraciones nacionales?

    Alcanza con reflexionar sobre los feriados actuales para advertir que esa lista, en particular los relacionados con nuestra propia historia, ya no tiene valor para el pueblo, que cada vez los vive con mayor frialdad.

    Con respecto a nuestra etapa emancipadora, ¿es representativo de la sensibilidad de nuestro tiempo que tres de estos feriados correspondan a eventos bélicos? A la fecha conocida como Declaratoria de la Independencia ¿no le habrá llegado la hora de ser definida como lo que realmente fue, para luego decidir si se mantiene como feriado? ¿Acaso no merecen ser reconocidas fechas que recuerden eventos de mayor trascendencia, como las Instrucciones del Año XIII, el Reglamento de Tierras o el Éxodo? ¿No será esto un mejor homenaje a José Artigas que conmemorar el relativo mérito que tuvo en ocasión de su nacimiento?

    ¿No existen, luego de 1830, personalidades y hechos que marcaron nuestro camino como nación y que deben ser recordados, festejados algunos, y conmemorados otros? Esto aplica no solo al período reciente de aquellos 11 años que no deben repetirse, sino también a toda nuestra historia independiente.

    ¿No habrá llegado la hora de afirmar nuestra identidad latinoamericana definiendo un feriado que simbolice esa condición? ¿No sería ese un gran aporte de nuestra generación, el de contribuir a la integración de América Latina haciendo saber, desde nuestros símbolos republicanos, que somos promotores de esa unión? ¿No sería un sueño a perseguir el pensar que podemos ser el primer país de América Latina en establecer un día feriado surgido de nuestra historia en común, que, en el futuro, sea conmemorado por todos nuestros pueblos?

    ¿No será también la oportunidad para reflexionar sobre aspectos más instrumentales, como esta diferencia que existe entre feriados laborables y feriados no laborables, definiendo una nueva lista única, que sean simplemente feriados? Esto también hace a la eliminación de privilegios impropios para una república. ¿O terminar con este absurdo que, por cuestiones astronómicas, hace desaparecer un feriado por dos años seguidos, por algún prejuicio arcaico en contra de correrlos de día?

    Es por todo esto que el Parlamento, a partir de la iniciativa de estos legisladores, debe ir más allá del debate a que acota el proyecto de ley que presentaron. Se debe establecer una comisión del bicentenario que discuta y elabore un gran proyecto de ley que defina un nuevo calendario cívico representativo, así como lo hizo para su tiempo la generación del centenario, de los valores que promueve nuestra República.

    Fernando Reyes

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