• Cotizaciones
    jueves 26 de marzo de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    ¿Quo vadis, Uruguay?

    Sr. director:

    Ray Dalio, un importante emprendedor y destacado inversor global macroeconómico, en su obra Nuevo orden mundial (por qué triunfan y fracasan los países) nos extiende una larga lista de razones y lecciones que podrían servir de norte para mejorar la calidad de vida futura de las personas, individual y colectivamente.

    En una de sus páginas primas (Deusto, undécima edición, 2025, p. 71), expresa: “Todo lo que ha pasado y todo lo que va a pasar ha tenido y tendrá detrás una serie de factores determinantes que lo hacen posible” (se refiere al vínculo causa-efecto de acontecimientos atemporales y universales que impulsan los grandes ciclos de la historia). Y continúa con una sublime enseñanza que alude a la responsabilidad del hombre por esforzarse para conocer cuáles son esos impelentes y así entender mejor cómo funciona “la máquina de movimiento perpetuo que es la historia”.

    A partir de allí, advierte y alienta sobre la necesidad de ser capaces de anticiparnos —en una suerte de estratagema— y evitar o atenuar los probables traspiés que oscurecen o frenan el bienestar de las sociedades. Tarea que, si bien es de todos, entiendo que les cabe en particular a los líderes en general y esencialmente a los gobernantes… O así debiese ser. Lo que solo es viable si estos son auténticos conductores afligidos por el bien de la nación, inspirados en una visión estratégica que prioriza el interés genérico y refleje nítida actitud contrapuesta a la gratificación de ambiciones propias.

    Una simple y muy sucinta explicación, la que Dalio extiende, que resume el quehacer de tantos portentos —pensadores unos y emprendedores otros—, es que desde los orígenes de la civilización han moldeado la convivencia en favor de la prosperidad. Un desarrollo constante apuntalado —a través de siglos— por nobles anhelos, sueños fallidos y múltiples sacrificios, como atestiguan innumerables desatinos, y vuelta a erguirse para pujar en favor de las agrupaciones humanas.

    Aquel flujo oscilante, de progreso e involución para goce de unas generaciones y padecimiento de otras, son ciclos históricos valorados en centurias, de arduo testimonio vivencial por parte del Homo sapiens moderno. Pueden ser referidos (y lo son) con ingeniosa imaginación con base en datos comprobables como se hace con la prehistoria, las edades Antigua, Media, Moderna, el Renacimiento… o el florecimiento de la ciencia, estupendo acopio de conocimientos que encamina a la humanidad hacia destinos de ficción y que cierta gente lo palpa con percepción realista al trepidar evidentes utilidades y sus desgracias manifiestas, explotando la ingenuidad y torpeza de los individuos u optimizando frutos, para bien o mal de quien las tome con criterio y saber —o no— de cómo procesarlas.

    Maquiavelo, en su libro El arte de la guerra, nos recuerda que “nunca nadie organizó una república o un reino sin pensar que los mismos que los habitaban tenían que defenderlos con las armas” (Losada, 1999, p. 33). Es decir, el sumo vigor que debe proveerse viene después, cuando —como mínimo— deba conservarse el bien obtenido; así se condiciona el tiempo venidero con lo hecho en el presente. Si no se defiende hoy, seguramente se perderá.

    Los próceres y sus servidores más próximos que jalonan la historia no forjaron e impulsaron naciones o espolearon el dichoso porvenir de ellas porque un día se les ocurrió ser generosos. Lo hicieron inmersos en un torrente cuyo padecer individual sería complacido al final del camino, coronándoles el esfuerzo y hasta el deterioro físico, psíquico y moral, personal y familiar si hubiese ocurrido durante el desafío. Se afirma así el sentido y el significado conceptual de Dalio. No solo lo que se hace, sino incluso lo omitido y librado a la fortuita providencia, es lo que pauta el futuro. Por eso, nuestro deber civilizado es —o debiese se— volcar energías urdiendo el mañana, esmerarnos con antelación para cosechar una amena etapa venidera.

    Aunque en el itinerario de la evolución hubiesen existido personas que pasaron inadvertidas, líderes de cartón o con pies de barro o que no cumplieron su rol con eficiencia, hubo puntales, adalides genuinos, en ocasiones de probada pericia y, en otras, legítimos genios que guiaron el auge e indujeron el enriquecimiento de naciones pujantes.

    Es así que el Uruguay enérgico y febril logró su florescencia y, promediando el siglo XX, supo distinguirse entre los pueblos amantes de la libertad, la responsabilidad y la justicia. Luego, encontró el funesto aguijón que inoculó la miseria marxista y, tras el abatimiento de nobles valores que lo habían mostrado al mundo como “la Suiza de América”, albergó a la decadencia, que confundió fama por honor, injuria por argumentación, violencia por firmeza, mentira por razón y relato por historia. Esa mano negra todo lo fue corroyendo, enardeciendo a corruptos, inútiles, ignorantes y vagos que hallaban en el lauro de la mediocridad un ufano aliento para creerse dignos. Y así quedó atrás la magnanimidad cívica que se travistió de ramplonería y transmutó a la íntegra templanza y superación en desprecio y burda soberbia. Ahora, parece no importar lo sublime, porque el frívolo placer justifica la hipocresía y la arbitrariedad.

    Tristemente, un ambiente contaminado de adocenamiento, además de facilitar en el cerno comunal la influencia de toda ideología consiguiente, garantiza que proliferen la depresión y la apatía, se paralice el talante virtuoso y se dé espacio a la hegemonía de la vileza política.

    Una de las enseñanzas más nítidas que la historia nos brinda es que en los países donde rige el socialismo triunfa la miseria y domina la corrupción de los líderes, que, al final, surgen como mafiosos disfrazados de humanistas. Otra es que, en consecuencia, esas sociedades entran en un círculo vicioso que agudiza, afianza y propaga la violencia, la arbitrariedad gubernamental y la pobreza pública; un endeble trance donde todos, salvo los favorecidos que manipulan a ingenuos y temerarios, culminan con significativas pérdidas y ven cómo el bienestar añorado se distancia aún más. Los derechos humanos son una fútil cometa al antojo del soplo eventual.

    En América Latina es más evidente; sin embargo, existe tal vacuidad generalizada y reafirmada que muchos siguen confiando en los discursos empalagosos y vanos del colectivismo perverso y ruin que luce y se destaca a lo largo y ancho del continente.

    El Uruguay, por desgracia, no se libró del deterioro cultural y político; y es ejemplo al exponer su falta de visión y despreciar la consecuente pérdida de oportunidades para evolucionar hacia la prosperidad. La ventura anhelada en pensamiento de un pueblo pacífico y confiado, forjado en la entrega individual para el logro del bienestar, formado en el equilibrio de derechos y obligaciones, en respetar para ser respetado, en celebrar la patria y la república por encima de la divisa, en honrar el compromiso, la prudencia y lo justo, cumplir la responsabilidad y priorizar la familia, ha sido desairada por ambiciosos inescrupulosos que, encubiertos en una pseudosensibilidad social, estrujan las necesidades humanas y la esperanza y la credulidad de la gente para engullir sus mercantilistas y espurias apetencias egoístas.

    Quien otrora, el Uruguay, fue emblema de democracia plena e indiscutible en Latinoamérica está confundido, desorientado, extraviado; parece perfilarse hacia la vulgaridad que traslucen las repúblicas bananeras, donde reinan la arbitrariedad, la corrupción de cualquier tipo y la transgresión e ilicitud de quienes se congracian con el poder. El vacío de líderes, el desquicio social, la justicia incierta y la inseguridad expandida que bulle en nuestro país urgen una profunda transformación en la sociedad. Debe entonces librarse la batalla cultural; esta llama a ser firmes, persistentes e intensos en vigor y convencimiento, con la esperanza de que un mejor Uruguay es posible.

    Gustavo Papuchi

    // Leer el objeto desde localStorage