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    ¿Rivera genocida?

    Sr. director:

    Al estudiar el pasado, un error bastante común es el de ser anacrónico, esto significa tener una visión que no es propia de la época que se analiza. Esto es lo que ocurre con la acusación de genocida hecha al Gral. Fructuoso Rivera.

    Genocidio proviene etimológicamente de genos —que significa ‘estirpe’— y cidio —que significa ‘dar muerte’— y se asemeja a otras figuras como el homicidio (matar a un hombre), el regicidio (matar a un rey), el infanticidio (matar a un infante) o el fratricidio (matar a un hermano). Pero, a pesar de su etimología, el genocidio no es un invento de la antigüedad, sino un neologismo del siglo XX, concretamente, de un polaco llamado Raphael Lemkin, superviviente de la Segunda Guerra Mundial que presenció las atrocidades cometidas por los nazis en su patria. Así, en 1944 escribe Axis Rule in Occupied Europe, acuñando el vocablo y perfilando el concepto.

    La definición de genocidio contenida en el artículo 2 de la Convención sobre Genocidio de 1948, así como las de los estatutos de los Tribunales para Ruanda y la antigua Yugoslavia, coincide prácticamente por completo con la definición de Lemkin, que describe el genocidio como la destrucción de una nación o grupo étnico a través de un plan, coordinando diferentes acciones con la intención de destruir las bases fundamentales de la vida de esas comunidades.

    Lo primero a ser destacado es que, si los hechos de Salsipuedes datan del año 1831 y el concepto de genocidio es del año 1944, acusar a Rivera de haber cometido un genocidio es claramente un anacronismo, pues consiste en tener una visión del pasado que no es propia de esa época que se analiza. Entonces, si es tan evidente el anacronismo, ¿por qué se usa? Pues porque la palabra genocidio evoca sentimientos negativos, así como el jurista argentino Carlos Nino decía que la palabra derecho posee una carga emotiva positiva, la palabra genocidio tiene una carga emotiva negativa que la hace susceptible de su uso político, como arma arrojadiza contra un personaje histórico de relevancia actual por haber sido el fundador de uno de los partidos de mayor relevancia en el teatro político, hasta de la actualidad.

    Pero, incluso, si esto no llega a ser argumento suficiente, llevemos el razonamiento del anacronismo hasta sus últimas consecuencias. Según Lemkin, el genocidio no es un asesinato en masa de forma indiscriminada, sino el atentado contra las bases fundamentales de una comunidad para intentar destruirla, esto significa que va más allá de dar muerte a algunos individuos e incluye dentro del concepto el de destruir sus bases culturales, aún cuando étnicamente sobreviva.

    Si aplicamos esta idea, entonces, intentar eliminar la cultura y costumbres de una comunidad de forma deliberada es un genocidio y, si aceptamos esto, tendríamos que incluir en la lista de genocidas uruguayos nada más y nada menos que a José Pedro Varela.

    El reformador de la escuela, que aparece en el billete de $ 50, bregaba por la destrucción del gaucho, no a través del toque a degüello (tan propio del siglo XIX), sino a través de la educación, que poco a poco iba a ir eliminando la cultura gauchesca reemplazándola por una cultura provechosa para la sociedad y de orientación europea. Porque el gaucho no solamente no trabajaba, no producía, sino que también era la mano de obra ociosa para empuñar las armas en las revueltas que asolaban al país. Destruyendo su modo de vida, sustituyéndolo con uno acorde a la sociedad moderna, se iba a terminar con una parte de la sociedad uruguaya.

    Este delirio febril que es la acusación de genocida al reformador de la escuela es el resultado del anacronismo, de aplicar ideas de una época a otra. Es el producto de extraer al Lemkin de la Polonia ocupada de 1944 y llevarlo al Uruguay de 1831 o de 1876, o sea, un sinsentido inverosímil.

    Aunque sospecho que, aún así, hay gente ahí fuera que genuinamente piensa eso de Varela y también de Rivera, lo cierto es que ambos personajes tenían una característica común: eran convencidos republicanos. Y si una república solo se logra con ciudadanos educados, cabe preguntarse si aquellos que desinforman y utilizan, a sabiendas, anacronismos como armas arrojadizas realmente tienen esas mismas convicciones republicanas.

    Dr. Ismael D. Porta Cabrera

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