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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHe leído algunos comentarios que me han llevado a escribir un breve esbozo de lo que siento. Muchas críticas al gobierno por su inacción, algunas comparaciones con el período anterior, alguna que otra operación orquestada, en fin, nada desconcertante. Lo que sí me ha llamado la atención es el destaque que se hace por parte de la oposición de la “política” de “libertad responsable” como bandera de la gestión anterior. Y es el disparador de la presente reflexión.
Discrepo con la idea primigenia de que un gobierno puede, a través de alguna política, otorgarles libertad o responsabilidad a las personas. Pues la libertad es una característica inherente a los seres humanos, creada por Dios a través del instituto del “libre albedrío”, que no es más que la capacidad de los hombres para decidir sobre sus propios asuntos. En todo caso, un gobierno puede coartar la libertad. Lo mínimo que yo le exijo a cualquier gobierno es que no me avasalle. Y por eso me niego a vanagloriar a un gobernante por no haberse sobrepasado.
Lo otro que rompe los ojos es la idea de que el gobierno, o el Estado, pueda introducir, a través de alguna política, “responsabilidad” en las personas. Ninguna burocracia puede cambiar las fibras más íntimas del ser de los individuos, y la responsabilidad (entendida en un sentido amplio) no es algo que el Estado, cual todopoderoso, pueda asignar a los ciudadanos. Es que el concepto de “libertad responsable” como bandera implícitamente carga consigo la noción de que el Estado crea y otorga, ubicándose en un pedestal cercano a la divinidad. Pues, por más insólito que suene, esa idea de libertad responsable es lo más antiliberal que se ha escuchado en los últimos años.
La libertad, a fin de cuentas, es dignidad. Y la dignidad no la da el Estado. Hay muchas personas que esperan que el Estado resuelva la pobreza, la inseguridad, el trabajo y demás, cuando no son capaces de saludar al vecino, de preocuparse por su familia, de no ser indiferentes ante la miseria. Esa construcción maravillosa de la civilización que es el Estado le ha dado a la sociedad la excusa perfecta para alienarse de su moral, de su solidaridad.
Mientras se mantenga la cultura del “que lo haga otro”, mientras los gobernantes sigan prometiendo lo imposible (solucionar problemas sociales desde construcciones artificiales), mientras la ciudadanía no se identifique como responsable de la realidad, este diagnóstico seguirá vigente. Y esta mirada pesimista del presente no podrá ser rebatida con evidencia empírica. Si no sos capaz de sentir dolor por el otro, de ser buen ciudadano, buen amigo, buen familiar, buen vecino, no hay política pública que te pueda salvar. Sos vos, hermano.
Manuel Nogueira