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El sábado pasado fuimos con mi nieta al Teatro Solís a ver Las brujas de Salem, obra de Arthur Miller, de mediados del siglo pasado, que cuenta y denuncia el fanatismo y la intolerancia religiosa de los puritanos ingleses a fines del siglo XVII que condenaron a muerte a unas 20 supuestas niñas “brujas”, en clara referencia a la fiebre macarthista de los años 50.
La que vimos fue una versión “moderna” que, según dice el director en el folleto informativo (Andrés Lima, español), ahora podría referir también a los “problemas” que estarían sufriendo las democracias en Estados Unidos, Argentina, Italia, Alemania, Hungría, etc., debido al avance de las ideologías “derechistas”. ¿Será lo mismo denunciar aquella verdadera caza de brujas de McCarthy que usar hoy la obra para “denunciar” las victorias electorales de las “derechas”? A mí tampoco me gustan nada Trump, ni Milei (son repugnantes), ni algunas cosas de Meloni… pero, nos gusten o no, todos llegaron legítimamente por elecciones y, hasta donde sé, sin cazar brujas. Porque la democracia es “el menos malo de los sistemas políticos” (Churchill dixit) y no siempre nos satisfacen sus resultados. Pero, aun suponiendo que “la piedra que tira Miller” pudiera hoy también referir a “la locura de Trump, o a la Argentina de Milei o al avance de la ultraderecha en Italia”, es muy raro que Lima se olvide de anotar también los impresentables regímenes “demokráticos” de Díaz Canel, de Maduro o de Ortega…
Es muy rica la tradición y la historia del excelente teatro uruguayo como para soportar que se ponga en la escena del Solís una famosa obra para agitar un tendencioso panfleto político.
En otro orden de cosas: la obra en sí misma tampoco nos gustó. Demasiado extensa (casi tres horas), con diálogos excesivamente intensos, agresivos y reiterativos (a los gritos en forma permanente) que dificultaban la comprensión. Por momentos era desagradable. Y, por supuesto, no podían faltar los detalles de la ideología de género: un personaje masculino interpretado por una mujer… y un personaje femenino interpretado por un varón. ¿Sería necesario? Lo único que lograron fue una permanente confusión que les quitó fuerza expresiva a los personajes.
Si esto es el teatro “moderno”, prefiero mil veces el clásico.
Arq. Andrés Pfeiff Folle
CI 1.147.555-3