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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace unos días El Observador publicaba una nota señalando que la industria de la vestimenta expresaba la necesidad de que en las compras estatales se establezcan condiciones que permitan la participación de empresas nacionales. Suscribo lo expresado y agrego que la preocupación debe extenderse a otros rubros —como el calzado y la vestimenta destinada al público en general— en los que la participación nacional es prácticamente nula.
El mundo del Consenso de Washington, la globalización y la pax americana terminó y se abre un tiempo en que el nacionalismo —también conocido como “soberanismo” en otras latitudes— tiene una oportunidad. El mundo compite hoy por puestos de trabajo y Uruguay debería hacer lo mismo.
En los años 90 el argumento principal de los defensores de la apertura económica (entre los que me contaba) era que el consumidor se beneficiaría con mejor calidad y costos más bajos. Sin dudas, aparecieron productos de mejor calidad en muchos rubros, pero los precios no bajaron en la proporción en que los costos lo permitirían. Los márgenes de ganancia pasaron de los fabricantes a los importadores —muchos hicieron el tránsito de un rol a otro— con la diferencia de que se eliminó trabajo nacional y por lo tanto la riqueza asociada al producto terminó en otro país mientras el precio de venta al público no se redujo sustancialmente.
Estos asuntos hacen, además, a la visión estratégica de país: ¿Uruguay se conforma con ser exportador de materias primas como en los siglos XVIII y XIX? ¿Los escasos jóvenes uruguayos de baja formación están condenados a ser reponedores de supermercado u operadores en la cadena logística sin otro futuro que ser empleados no calificados?
Lo que pasa con la vestimenta que compra el Estado es nada más que un ejemplo de cómo puede primar el interés nacional o el interés de algunos nacionales o, lo que es peor, la desidia y la ignorancia. Desde una visión nacional debería darse oportunidad para que el trabajo de los uruguayos pueda colocarse en Uruguay para luego buscar expandirse al exterior. Si otros países lo hacen, ¿por qué no puede hacerlo Uruguay? Ya se hizo.
A las cosas hay que ponerle nombre. Sé que el ejemplo de los zapatos no es el mejor por varias razones, pero igual vale la pena usarlo. El “trabajo nacional” en un par de zapatos es curtiembres, modelistas, cortadores, aparadores, maquinistas, proveedores, reparadores de maquinaria, transportistas, cartonerías, imprentas, importadores, etcétera. Cada eslabón de la cadena es un mundo en sí mismo en el que las personas pueden desarrollarse y aspirar a vivir una vida digna. Esa aspiración la tienen hoy los trabajadores extranjeros, asiáticos, brasileños o de donde sean.
A esta altura de la vida sabemos que el libre mercado no existe y que siempre —en todo tiempo y lugar— la lucha es entre grados de apertura y de protección. No existe país, empezando por China, Estados Unidos o Gran Bretaña, que no proteja o quiera proteger más el trabajo de su gente. Vale aclarar también que ya no es verdad aquello de que “por un plato de comida fabrican 500 camisas”. Las cosas van por otro lado.
La buena noticia es que la globalización murió y que las instituciones internacionales están en cuestión. Hay una oportunidad para que Uruguay, como supo hacerlo casi sin darse cuenta en el pasado, apunte a fomentar el trabajo nacional, el trabajo que dignifica, ofrece futuro y da sentido a la vida.
FCB
CI 1.860.851-1