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    Un americano en París

    Sr. director:

    Azul es mi color. Cuando hicimos con el capitán Germán Lariau el proyecto de una base impecable en el Cerro para la flota de guerra de Uruguay, el gobierno de turno nos negó los US$ 25 millones que hubieran librado la dársena fluvial de la Administración Nacional de Puertos y potenciado una Marina de Artigas a nuevas alturas contra el contrabando, la pesca ilegal y el narcotráfico.

    Recién ahora lo entendí, al desentrañar la trama. Ese mismo Sanguinetti tenía lazos con los generales golpistas, negoció con ellos, como antes había hecho en el Mundialito, para dejar afuera a Jorge Batlle, Wilson Ferreira y Liber Seregni y quedar casi solo él en las elecciones para salir de la dictadura. Y con lazos también con las redes de contrabando y narcotráfico, cuando años más tarde obligó a mi tío don Juan Zorrilla a renunciar al Senado para que no viera arreglos sucios y forzó a Jorge Batlle a que no respaldara al gran Víctor Lissidini, cuando al frente de la Aduana este golpeó duro a los sindicatos de contrabando y droga del litoral, sin confiar ni en los policías ni en la Justicia amañada como la de Carmelo, que lo hizo condenar, bajo amenazas de chantaje al juez, por películas como las de ahora de Penadés.

    El proyecto del Cerro se vetó para evitar una Marina de Artigas fuerte, que acabara con el contrabando y las drogas, para defender la mano de obra nacional y la salud física y mental de los jóvenes y los niños.

    En parte de los trabajos de diseño, una gran escollera, muro de armamento y recarga, entraba en el mar desde la estación naval del Cerro y desde las esclusas del renovado dique de la Armada hasta los muelles de atraque y protección de olas y viento, con cajones de superhormigón, que hasta protegían y mejoraban la playa del Cerro en la bahía.

    Y también protegerían el interior de la bahía, para permitir realizar, protegidos en todo tiempo, los trasbordos que hoy se hacen en la zona alfa en alta mar solo con tiempo bueno.

    Para concretar la colaboración de la Marina de Brasil, viajamos con Lariau a Río de Janeiro, donde la Marina de Brasil tiene un completísimo laboratorio hidráulico; en ese momento estaba realizando un modelo a escala de la entrada del Puerto de Río Grande. Recibidos como reyes, con esa cortesía brasileña que parece heredada de Francia, nos atendieron en el Hotel de Oficiales y el Club Naval, junto a la laguna en Ipanema. Y mientras repasábamos los ensayos y los programas de colaboración, que fueron fantásticos, para hacer esta del Cerro una base insuperable para las marinas democráticas del continente contra cualquier peligro, el capitán Jacare-acu, que nos acompañó, me preguntó cuál era mi nombre de guerra. Me sorprendió, pero era cierto.

    Desde que, por la interceptación de comunicaciones del enemigo, una marina podía identificar los buques y los capitanes enemigos, rastrearlos y hasta hundirlos, los capitanes y los oficiales de rango en las grandes marinas se identifican con nombres que solo ellos y sus superiores conocen, y se graban en su chapa de metal que llevan siempre con su tipo de sangre.

    No lo revelen a nadie, por favor, mi nombre de guerra es desde entonces Tigre Azul. Mi sangre A+. Como el nombre de guerra de nuestro más glorioso comandante fue El Zorro.

    Los tigres son tempestuosos pero tranquilos, afectuosos pero temibles, valientes ante el peligro pero dóciles y suaves en lugares misteriosos e inesperados. Los tigres tienen mucha confianza, quizás demasiada a veces. Aunque les encantan las aventuras y son adictos a la emoción, es mejor no desafiar la confianza de un tigre. Y el tigre azul, el mayor depredador, puede nadar si hace falta. Y hasta bucear.

    Estrella azul. En un momento, hace 40 años, mi vida profesional se derrumbó, junto con la confianza en compañeros que consideraba como hermanos, cuando las dos estructuras, que ellos mismos arruinaron sin decirme, se cayeron. Pero justo entonces en un libro de san Juan de la Cruz, y siguiendo en otro de santa Teresa de Jesús, tal como Judith Stein, yo vi la verdad.

    El camino, la verdad y la vida estaban cerca. Y una estrella azul lo señalaba en el horizonte, justo como la Blue Star por Los Tremeloes era desde siempre mi canción favorita. Con el jazz de Gershwin en Rhapsody in Blue.

    Seguí siendo Tigre Azul cuando viajé a París para recibir un reconocimiento por la Política de Calidad, Sostenibilidad y Seguridad de mis proyectos. Era el año 2011.

    En ese viaje, como siempre que puedo, me escapé del hotel de Saint Germain, en la rue Du Bac, a una mañana de domingo en el Museo del Louvre, cuando la entrada es libre. Después de muchos minutos recorriendo la historia de la virgen, Santa Ana, el Juancito y el Niño Jesús que Leonardo cuenta magistralmente en el óleo, con el gesto de María para que el niño no sea demasiado severo con nosotros, sus hermanitos traviesos, seguí al sótano asirio, la pirámide de cristal, y salí del carrusel a la estación de metro de Palais Royal para volver.

    Fantástico. En la entrada, una chica rubia con un violín tocaba Gershwin, mi Rhapsody in Blue. Me quedé helado, no sabía qué hacer. Puse 10 dólares en el estuche, retrocedí y me sonrió. Reaccioné despacio, y me volví caminando hacia el túnel de los andenes.

    Entonces sonó más fuerte, pero era Un americano en París, me despedía el violín, como un homenaje de una música callejera al joven tigre azul que se había fascinado con la mejor música del mundo, 30 metros debajo del río Sena.

    Ing. José Zorrilla