—Tiene que ver con la idiosincrasia del ser uruguayo. Hay muchas diferencias entre los mismos actores de ambas márgenes del Río de la Plata; en Argentina los jueces y los fiscales declaran, y acá recién se escucha a alguno de vez en cuando. Lo mismo sucede con los profesionales, los abogados.
Es por nuestra forma de ser, pero también porque el empresariado uruguayo no es particularmente bien visto. No es visto —en general— como un agente de cambio, como alguien que está trabajando en beneficio de las condiciones económicas y sociales del país. Entonces, no quiere aparecer.
—¿Por qué existe esa visión del empresario?
—No es solamente respecto del empresario. Me pasa que conocidos me digan: “Me voy de viaje”. E inmediatamente aclaran que es “por trabajo”, porque viajar por placer parece algo mal visto. Ahí está la raíz. En Estados Unidos un empresario, un emprendedor, es exitoso y escribe un libro que muchas veces se convierte en best seller; eso acá no se ve. En general la gente procura no destacarse, no sobresalir de la media.
—¿Ve esa característica como una limitante para el desarrollo de los uruguayos como sociedad?
—Nos hace daño porque, desde mi óptica, el emprendedor es un verdadero agente de cambio. Cuando tiene una idea, y además tiene la capacidad de convertirla en una empresa, está creando muchas cosas: fuentes de trabajo, riqueza, condiciones para que la sociedad funcione mejor.
—En uno de sus ensayos Carlos Real de Azúa sostenía que del conjunto de las “tendencias” batllistas “emergió una sociedad urbana de mediana entidad numérica, de mediano ingreso, de mediano nivel de logros (...), de medianas aspiraciones, aunque a la vez sobreabundante de las compensaciones simbólicas que idealizaron su ‘statu’, su país, el sistema. De ella saldrá el discutido pero inderogado ‘Uruguay conservador’, compuesto por gentes que ya habían conseguido algo y aun bastante, en el que una buena porción de ese conjunto suponía que ello era ya suficiente (...)”. ¿El batllismo anuló, de algún modo, el espíritu emprendedor?
—No diría que el espíritu emprendedor esté anulado ni nada que se le parezca. Sí hay que incentivarlo, porque no se genera de forma espontánea en todos los casos; se puede fomentar. En general se tiene la visión del emprendedor como la de un joven formado, universitario, de una clase media acomodada, y eso no necesariamente siempre es así. Justamente, en los sectores de la población de menores ingresos y con mayores necesidades es donde especialmente habría que propiciar la generación de emprendedores.
—De hecho, la mayoría de las empresas en Uruguay son unipersonales o chicas, muchas creadas por necesidad, con poco capital y escasa formación. ¿Cuánto condiciona el éxito o el fracaso de los emprendimientos ese punto de partida?
—Hay muchas vías para el emprendedurismo. Esa que menciona es muy importante; la gente que tiene necesidad de crearse su propio trabajo porque perdió el que tenía. Faltan estímulos para que esto se desarrolle; hay una cantera de talentos que si se pudiera canalizar le aportaría muchísimo a la sociedad. Eso hay que propiciarlo con educación, es una tarea del gobierno y también de la comunidad empresarial.
—Su padre estaba vinculado al rubro comercial y de la construcción. ¿Usted podría haber sido un gran empresario si no hubiera tenido ese soporte familiar?
—Me ayudó muchísimo el apoyo familiar. Por otro lado, tuve la suerte de hacer lo que me gusta en la vida, lo que lleva a poner mucho empeño, amor y convicción. Para ser empresario hay que tener un tesón muy bien cimentado. Es muy habitual escuchar decir: “En Uruguay eso no se puede”. Diría que la mayor parte de los proyectos que encaré vinieron precedidos de comentarios en ese sentido, ya sea por parte de amigos, de personas a las que quise interesar o de asesores. ¡Y a veces no se puede, efectivamente!
Cuando empecé a trabajar me sentí muy motivado por todo el desarrollo teórico que llevó adelante lo que se llamó el Grupo de Estudios Urbanos, que lideró en su momento Mariano Arana, tratando de concientizar a la ciudadanía sobre la importancia de conservar los cascos históricos, el patrimonio cultural inmueble. Yo veía que era un tema muy sensible, al cual se le dedicaba mucha tinta, y sentí que había que llevar esa teoría a la práctica. Dediqué muchos años de mi actividad profesional a la rehabilitación de la Ciudad Vieja; fue una tarea increíblemente interesante, porque no solamente tocaba lo urbanístico, lo arquitectónico y lo patrimonial, sino que además había que interesar a los actores políticos, a los decisores económicos, a la banca, al usuario final. Era ir, golpear las puertas, hablar y hablar para generar una política integral. Y me decían que no se podía. En definitiva, no puedo decir que no se pudo, aunque tampoco que sí se pudo; tal vez nos adelantamos 20 o 25 años… Fue apasionante y económicamente ruinoso.
También cuando comenzamos a trabajar en el proyecto del WTC escuché el “no se puede” o “esto no es para Uruguay”. En eso empezamos en 1992 y hasta hoy todavía no terminamos. ¡No es que no se podía!, me tendrían que haber dicho: “¡Te va a llevar mucho tiempo!”. Hay tiempos que en Uruguay se deben cumplir y que son muy diferentes a los de la región; este es un proyecto que en Brasil hubiera estado terminado en cinco o seis años.
—Dice que no terminó el proyecto. ¿Qué sigue?
—Sigue un proyecto enfrente, en la manzana que estamos escavando. Después hay otro edificio al lado de la zona franca WTC Free Zone 1; WTC Free Zone 2 se inaugura en un par de meses. Y hay otro espacio que probablemente sea WTC Free Zone 3. Con eso estaríamos completando todo.
—¿Dónde está la raíz del “no se puede”?
—No sé si es que falta pensamiento más positivo… Estamos trabajando en un proyecto grande en la zona de los lagos de Carrasco, que empezaron las empresas más importantes en materia inmobiliaria de Argentina y de Brasil. Son 150.000 metros cuadrados de construcción distribuidos en 13 edificios construidos a la vera de un lago. Estuvimos durante casi ocho años en reuniones en las cuales al principio participaban los gerentes argentinos y brasileños —cuya empresa después se apartó del emprendimiento— y lo que muchas veces se debatió era el plazo. Los brasileños nos decían que era un proyecto para seis años y los argentinos sostenían que llevaría 10. “Y vos, Ernesto, ¿qué pensás?”, me preguntaban. Les decía: “Si todo va bien, tal vez en 25 años se pueda concretar”. ¡Se reían de mí y me decían que afirmaba eso porque tenía complejo de mercado chico! La cuestión es que durante ocho años no se pudo hacer nada y recién estamos empezando el primer emprendimiento, que está siendo muy exitoso.
El “no se puede” tiene que ver también con las condiciones del país: la escala, el ritmo de crecimiento, la demografía. Uruguay necesita más habitantes.
-¿Ve bien el impulso del gobierno a la radicación de extranjeros en el país?
—Absolutamente.
No estoy vinculado a la industria tecnológica y del conocimiento, pero sí a la zona franca, y escucho y veo que ese es un sector que está trabajando a full. No crece más porque no encuentra talentos; es la única restricción. ¡Y eso que el país es caro! Acá tiene que venir gente y también hay que formarlos, que es la vía más genuina, aunque la más lenta.
—¿Pero vendrán muchos?
—Ojalá que sí. Soy un poquito escéptico; no creo que sea una cantidad importante que vengan a vivir motivados por los beneficios fiscales, porque sé que es muy difícil arrancar raíces de sus países. Hay que afinar la puntería.
Cuando los empresarios uruguayos hacen oír su voz es, casi siempre, a través de las cámaras y asociaciones que los agrupan. Y desde allí el reclamo es monocorde: que los costos de producción son altos, que las tarifas de los servicios públicos son caras, que la ganancia es modesta, que en los años de gobierno del Frente Amplio los sindicatos tomaron un poder excesivo. Con la promesa de “aflojar la cincha” al sector privado y de reequilibrar las relaciones laborales, la nueva administración de la coalición multicolor les trajo la ilusión de que podrían ser escuchados. Pero llegó la pandemia del Covid-19. Kimelman no pierde las esperanzas.
—Antes señaló que Uruguay es caro. ¿Qué tan preocupante está siendo eso para un empresario, que en definitiva en lo que piensa es en la rentabilidad y en ganar dinero?
—Es un problema muy serio. El gobierno debe —y lo está haciendo— poner el ojo en esto, que no es de solución fácil. Nos va la vida en esto.
—El discurso y algunas medidas van en esa dirección. ¿Tiene una expectativa real de que el gobierno podrá bajar el “costo país”?
—Le va a costar mucho, pero está muy bien plantado y ojalá sea exitoso. Son cambios que la sociedad debería apoyar porque son positivos para el país, no para un partido o una facción política. El sistema político uruguayo adquirió la mayoría de edad cuando el Frente Amplio ganó el poder y adquirió la madurez cuando se produjo este último cambio de gobierno. Todo lo que se haga en favor de la sociedad ahora le servirá al gobierno que venga, no importa del color que sea. El “costo país” es altísimo, el costo del Estado es insoportable, el costo del combustible no tiene sentido. Hay muchas cosas que hace muchísimos años vienen funcionando muy mal y son un lastre que ancla al país.
—¿Hay tal madurez política? Desde el Frente Amplio se señala que se usa la “motosierra” ante la decisión del gobierno de recortar gasto público...
—Los políticos se manejan con otros lenguajes y códigos, y muchas veces la sociedad queda rehén de esas rencillas. A veces la ambición y el deseo de gobernar prevalecen frente a cualquier otro objetivo. Eso es malo y hay que cambiarlo también.
—¿Cree que eso explica los mensajes a veces hostiles hacia el empresariado que surgen desde algunos sectores de la izquierda?
—Es un problema de contaminación ideológica que también ha frenado al país en muchos campos. Cuando se lleva al extremo una convicción, se confunden los objetivos.
La hostilidad entre partidos es histórica; cuando se está en el gobierno se es una cosa, y desde que pasa a la oposición es otra. Y en ese trayecto, lamentablemente, casi todo vale.
—¿Cómo se lleva con los políticos? ¿Para ser empresario se necesita tener buenos vínculos?
—No. Pero sí es muy importante que haya una comunicación estrecha entre la comunidad empresarial y los gobiernos. En definitiva, cada uno tiene su rol y es bueno que dialoguen, y mucho mejor si están en sintonía. La sociedad precisa diálogo. ¡Las cosas que están sucediendo hoy en Argentina con la famosa grieta! También tengo amigos en Estados Unidos con los que nos juntamos en algún lugar para pasar algunos días juntos, ¡y el encono que hay entre los que apoyan a (Joe) Biden o a (Donald) Trump! La política americana se ha argentinizado y ellos también tienen su grieta. ¡¿Cómo puede ser?! El diálogo es fundamental.
—¿Y cómo ve la postura de los sindicatos acá?
—También tendrían que evolucionar a un relacionamiento completamente diferente al que se viene teniendo, que hoy está mucho más orientado al enfrentamiento que a tender puentes.
Para que la sociedad funcione bien a todo el mundo le tiene que ir bien; si el empresariado progresa, los trabajadores también deben progresar. Pero con un mismo objetivo: no puede ser que frente a una coyuntura difícil… Ha sucedido con fábricas que tuvieron que cerrar porque no llegaron a un acuerdo con el gremio. Para mí eso es impensable. Es el gremio el que debería haber apuntalado para que la empresa no cierre. Tenemos varias industrias fantasmas porque la empresa dijo: “No va más”. Y quedó vacía: se perdieron los empleos, la producción, la generación de riqueza, solo hubo destrucción de valor. Hay que frenar antes; no estoy diciendo que los trabajadores no luchen por mejorar sus condiciones, pero debe haber sintonía. Que en este país no se pueda hablar de productividad es una aberración.
—También han cerrado empresas por problemas en la gestión del negocio. ¿Hay malos empresarios?
—Por supuesto que sí. ¡Si los empresarios son humanos! Hay buenas personas, hay malas, hay personas de buena fe, hay personas con ética y otros que no la tienen. Hay de todo. Buena gente, mala gente, honrados, delincuentes. Es parte de la sociedad. Hay excelentes empresarios y hay otros que seguramente no sean tan buenos, o sean directamente malos.
De ninguna forma se puede decir que a las empresas que les va mal es por los sindicatos, pero sí tendría que haber otro tipo de relacionamiento: en paz, con respeto y que se exija lo que se debe exigir por ambas partes. Eso tiene que cambiar.
—¿Qué rol debe jugar hoy el empresariado ante la crisis por el Covid-19?
—Por esta locura impensada del virus, a escala mundial y en nuestro país está habiendo una destrucción de valor, de riqueza, de empleo, que me cuesta mucho visualizar en qué va a terminar.
El gobierno se encontró con esta sangría impresionante y yo estaba esperando que aplicara más impuestos. Es más, pensaba que tenía que aplicar un impuesto provisorio, coyuntural, un adicional al Patrimonio, a la Renta. Sin embargo, el presidente dijo: “Yo prometí en la campaña que no subiría impuestos para no castigar a quien puede ayudar a los que nos puedan salir de esta situación”. Ahora los empresarios tenemos esa responsabilidad, esa tarea histórica.
- Recuadro de la entrevista
“Despilfarro increíble” en una Punta del Este perimida como “segunda residencia”