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Entre los uruguayos está instalado el sentimiento de que “todo tiempo pasado fue mejor, que la edad de oro ya tuvo lugar” y, como corolario implícito de eso, que deben resignarse a “no recuperar el terreno perdido y esperar mansamente el futuro” en lugar de esforzarse por construirlo. El economista Isidoro Hodara cuestiona esa actitud colectiva de resignación y conformismo al analizar en perspectiva histórica el país y su comercio exterior, y propone acciones de cambio en el libro Algún tiempo pasado fue mejor, el futuro puede serlo, publicado en estos días.
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El autor —director general de Comercio Exterior de 1985 a 1990, catedrático de Comercio Internacional en la Universidad ORT Uruguay entre 1990 y 2018 y vicepresidente de Zonamerica de 1997 a 2023— está convencido de que los períodos de mejor desempeño de la economía uruguaya han sido aquellos en los que el comercio internacional “fluía con mayor facilidad”. En especial, entre 1870 y comienzos de la década de 1950, Uruguay tuvo “un rol particular en el escenario comercial internacional”. Luego, en la medianía del siglo XX, sostiene que se produjo “un rápido y profundo declive, y desde entonces no se logró recuperar el esplendor anterior. De alguna manera quedó embebida en la opinión de nuestros compatriotas la noción de que todo tiempo pasado fue mejor”.
Su libro, señala, se propone “examinar los episodios que motivaron la nostalgia” y, a partir de eso, “derivar las condiciones” para poder posicionar al país “más armoniosamente con el futuro”.
El fin del esplendor
A partir de datos, documentos, citas bibliográficas y anécdotas —algunas personales—, Hodara historia sobre el Uruguay con un hilo cronológico no siempre lineal. Pone en cuestión algunas políticas aplicadas en el pasado. Afirma que la sustitución de importaciones, empleada como instrumento de protección de la producción nacional, tuvo “algunos extremos increíbles. En procura de agregar valor se llegó a, previamente, destruirlo”. Relata que, en los albores de la industria automotriz uruguaya, hubo una “extravagancia difícil de empardar”, y durante las décadas de 1950 y 1960 el tratamiento de la importación de camionetas semiterminadas para ser ensambladas en el país era más benigno que el de los vehículos terminados.
“Tal parece que, en los años cincuenta, Uruguay, encandilado por su pasado y decidido a disfrutar plenamente su presente, hipotecó seriamente su futuro”, sentencia el economista. Sostiene que, en cierto momento, el país eligió dar “preferencia por el ocio”, cuando el telón de fondo era “la sensación del excepcionalismo uruguayo”, que la sociedad de entonces percibía en aspectos como la convivencia democrática, el bienestar económico y social o el fútbol (“donde juega la celeste todo el mundo boca abajo”). Enmarca en ese período un fuerte aumento de la plantilla de funcionarios públicos, “cuando ni siquiera se podía alegar que el desempleo era preocupante”.
Como atenuante, señala que la confluencia de la victoria en Maracaná en el Mundial de Fútbol de 1950, el “deslumbrante precio de la lana a comienzos de los cincuenta y el conflicto de Corea proporcionaban un viso de credibilidad a la opinión de que estábamos frente a un esplendor, sin aparente fecha de caducidad”. Enumera que Uruguay venía de completar, por ejemplo, “el Hospital de Clínicas (a la vanguardia en ese entonces), el Aeropuerto Internacional de Carrasco (terminal regional elegida por compañías aéreas europeas), algo antes una deslumbrante Facultad de Arquitectura, la represa de Rincón del Bonete, el Cantegril Country Club y el Hotel San Rafael, poco después una señera Facultad de Ingeniería y el Palacio de la Luz, y por esa época se agregaba a la silueta montevideana el edificio Artigas, inspirado en los rascacielos de Manhattan. Todo esto se superponía a anteriores hitos de belleza, progreso y bienestar, como el Palacio Legislativo, el Estadio Centenario o la rambla Sur”.
Tapa libro Isidoro Hodara
Pero los problemas macroeconómicos empezaron a hacerse notorios por aquellos años. A poco de comenzar la década de 1960, el país “perdió definitivamente su icónica London París”. No se trató —sostiene— de una “muerte natural”, sino que esas tiendas por departamentos cerró ante la “creciente inflación” doméstica.
Indica que ciertas “prácticas de comportamiento fiscal” llevaron a un deterioro en las cuentas públicas; en la “inmensa mayoría de los años desde 1920 hasta 1948 hubo superávit”, y desde 1950 hasta 1964 prácticamente siempre hubo déficit.
Los vínculos externos
Al analizar algunas relaciones con el mundo, Hodara afirma que Uruguay “vivió más de un siglo con los focos puestos en Londres y París”, con una “mirada predominantemente noratlántica”. Con Francia, el vínculo “nunca tuvo el aspecto de un relacionamiento colonizador-colonia ni el de metrópolis-territorio/dominio de ultramar”, sino que el talante fue “entre dos partes soberanas”.
Señala que la influencia británica tuvo “dos casos con cierto paralelo en la desmesura de su proyección internacional. Inglaterra influyó, además, en el paisaje industrial uruguayo como en el barrio Peñarol y el pueblo Aguas Corrientes, pero no con tanta contundencia como en Fray Bentos y Conchillas”.
Respecto de Estados Unidos reseña tres instancias desde 1985, en las que Uruguay “llegó a considerar” un posible acuerdo de libre comercio bilateral, que no prosperaron; según el autor, durante la primera administración de Tabaré Vázquez (2005-2010) se “estuvo bastante cerca”, aunque el resultado final fue un acuerdo marco de comercio e inversiones.
Hodara cree que “no hay que dar por enteramente enterrada la noción de un acuerdo comercial que mejore las condiciones del comercio con Estados Unidos. El presente estado de las cosas, por cierto, no lo hacen fácil, pero no necesariamente permanecerán así”.
“De ahora en más”
Después de presentar la idea que manifiesta que, para Uruguay, “algún tiempo pasado fue mejor” y repasar su “abrupto declive que lo deterioró”, el libro, editado por Da Vinci, analiza “en qué condiciones” el país podría “aspirar a un futuro mejor”.
Para empezar, Hodara propone desterrar la idea de Uruguay como un “paisito”, que a su juicio tiene una “connotación negativa implícita” y opera como una “coartada para la mediocridad y el conformismo; una excusa para ir a menos”.
Considera que, en el mundo actual, con el “más o menos” ya no alcanza, lo mismo que las soluciones “a la uruguaya” o superar obstáculos “atando con alambre”, y proclama: “Tenemos que mejorar las condiciones de acceso en esos mercados y hacer valer lo que hoy asoma como una propuesta orientada al conocimiento y a la calidad. Desde la carne hasta la tecnología de la información, desde el caviar hasta los servicios globales y algunos vinos, ya demostramos tener la capacidad de estar presentes en nichos de los mercados más exigentes”.
El experto también insta a revalorizar la apertura comercial, algo que en los hechos se ha dado con los recientes “progresos” en ese plano, como la firma de acuerdos de libre comercio entre el Mercosur y la Asociación Europea de Libre Comercio, Singapur y la Unión Europea, así como el comienzo del proceso para que Uruguay se incorpore al Acuerdo Amplio y Progresista de Asociación Transpacífico.
Sobre el Mercosur, interpreta la disconformidad de Uruguay con el bloque y señala que el país no puede pretender una “modificación sustantiva” de ese esquema de integración regional dada la “arquitectura esencialmente bilateral del Mercosur: ese ‘chiche’ no nos pertenece”. Agrega: “Lo que sí podemos y debemos hacer es modificar, en lo que a Uruguay respecta, aquellas limitaciones del Mercosur que más nos afectan”.
“La insatisfacción uruguaya respecto del Mercosur tiene como factores prioritarios, entonces, a los que provocan un serio deterioro del equilibrio entre las ventajas (inversiones asociadas al acceso garantido al mercado ampliado) y desventajas (vinculadas a la observancia plena del arancel externo común) resultantes de la integración. Este deterioro trae aparejada una fuerte pérdida del sentimiento de cohesión” con relación al bloque, afirma. En ese sentido, insiste en tratar de “consensuar un mecanismo que no signifique un cambio en el Mercosur en su estructura general”.
La política comercial
Hodara plantea sobre el final un “esbozo de una política comercial” con “principios duraderos”, que “tienda a optimizar” la inserción externa del país, sobre la base de tres objetivos: colocar las exportaciones en las mejores condiciones posibles, reduciendo los aranceles en los mercados de destino que hoy afectan su competitividad; obtener importaciones en las mejores condiciones posibles, reduciendo el sobrecosto asociado con los desvíos de comercio; e incorporar a la normativa nacional disciplinas que mejoren la calidad de la política comercial.
Para el experto en comercio exterior, es “verosímil” que Uruguay tenga “más posibilidades para conformar un futuro prometedor con mentalidad de boutique que tratar de volver a construir la cocina más grande del mundo. Los más exitosos ya no compiten solo por precio, y el volumen no lo es todo. Poco pero bueno no es una contradicción”.
Asocia lo anterior a la necesidad de incorporar como país la economía del conocimiento y la educación, lo cual requiere de un “cambio de concepciones del mundo y de la vida que prevalecen” en Uruguay. Eso plantea “decisiones difíciles, cuya dilucidación se juega en la cancha de los valores”.
Y añade: “Va a costar mucho cambiar la pisada. Pero ya no podemos jugarnos a esa carta. El futuro es del conocimiento, de la creatividad, de los ágiles, de los anticipadores y de los competentes, no de los ventajeros que se adelantan en la cola y que, conscientemente o no, tienen a nuestro provenir de rehén”.