Paolo Zampolli tiene un pegadizo ’argumento de ventas’: “20 mil millones de dólares en 20 minutos”.
Este miembro de la alta sociedad neoyorquina y exagente de modelos ofrece acceso al presidente estadounidense y a sus funcionarios... por un precio
Paolo Zampolli tiene un pegadizo ’argumento de ventas’: “20 mil millones de dólares en 20 minutos”.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs el lema del hombre que dice haberle presentado a Melania a Donald Trump y que viaja en avión privado entre las capitales de Europa y el Medio Oriente, a veces junto a altos funcionarios estadounidenses, a veces junto a modelos de pasarela.
“Mi jefe número uno es el presidente de Estados Unidos”, dijo Zampolli al Financial Times (FT). “Recibo mis instrucciones de la Casa Blanca, del Departamento de Comercio y del Departamento de Guerra. Cualquier cosa para impulsar la agenda de ’Estados Unidos Primero’”.
La semana pasada, en su calidad oficial de enviado especial de Estados Unidos (EE.UU.), Zampolli acompañó al vicepresidente JD Vance a Hungría, donde cerró un acuerdo para vender energía nuclear. Unos meses antes, estuvo en Uzbekistán promocionando aviones de Boeing.
“De hecho, me he convertido en el segundo vendedor de Boeing en el mundo, justo después del presidente. Sin remuneración, pero es cierto”, dijo él, con una mezcla de orgullo e incredulidad teatral. Boeing no ha confirmado esta caracterización de su papel. Pero la frase es típica de Zampolli: captura un arquetipo de una era de enriquecimiento desmesurado.
La evolución de Zampolli — de miembro de la alta sociedad neoyorquina y exagente de modelos a enviado ambulante de Trump que recorre el mundo — ofrece una perspectiva de cómo el presidente estadounidense ejerce su poder transaccional. Los leales seguidores son utilizados como intermediarios en un sistema en el que el acceso, las relaciones y los acuerdos a menudo se funden en uno solo.
La proximidad de Zampolli al poder ha suscitado escrutinio. El New York Times informó recientemente que él había solicitado ayuda de las autoridades de inmigración estadounidenses en una disputa con su expareja, Amanda Ungaro, una ciudadana brasileña que terminó siendo deportada. El reportaje sugiere que Zampolli puede haber utilizado sus vínculos con la Casa Blanca para atacar a su expareja de casi dos décadas, con quien mantiene una disputa legal por la custodia de su hijo.
Zampolli desestimó el episodio como inexacto y políticamente motivado, insistiendo en que él no había pedido ningún favor, sino que simplemente buscaba claridad sobre el caso.
Pero el reciente revuelo no ha obstaculizado la capacidad de Zampolli para crear un papel y un modelo de negocios en torno a la facilitación de acuerdos para los EE.UU. de Trump.
Según cuenta Zampolli, el viaje a Uzbekistán sintetizó su enfoque. Los funcionarios de ese país de Asia Central propusieron inicialmente un pedido de Boeing por 4 millones de dólares. Él se opuso. “Les dije: ’¿Están locos? Yo no voy a llamar a mi jefe por unos míseros US$6 mil millones... Quiero US$50 mil millones’”.
En cuestión de horas, según Zampolli, ambas partes llegaron a un acuerdo por valor de US$ 20 mil millones. “Veinte mil millones de dólares en 20 minutos”, lo repitió con un marcado acento italiano. “He trabajado en muchos otros acuerdos más pequeños que me da vergüenza mencionar porque son de menos de mil millones de dólares”.
La realidad es diferente. Trump anunció en septiembre que Uzbekistan Airways había acordado comprar 22 aviones por más de US$8 mil millones, con la opción de comprar más. Posteriormente, Trump indicó que Uzbekistán invertiría “más de US$100 mil millones” en la industria estadounidense. “El presidente cerró él solo el acuerdo de Boeing con Uzbekistan Airways por 22 aviones Dreamliner durante su llamada del 5 de septiembre de 2025 con el presidente Shavkat Mirziyoyev”, le comentó un funcionario del Departamento de Estado estadounidense al FT
Al igual que el presidente estadounidense, cuyo estilo él emula, a Zampolli no le interesan mucho los pormenores y se apresura a restaurarles importancia a los detalles de sus acuerdos. “Yo conecto a la gente, creo alianzas globales. Luego están los detalles... ahí es donde intervienen los secretarios”.
Pero la lógica de su diplomacia es más simple y reveladora. “Cada vez que la gente me ve, quiere tener acceso al presidente”, explicó. “Yo les digo: ’Compren Boeing’. Si quieren hacer feliz al presidente, compren Boeing. Es lo más sencillo del mundo”.
Zampolli no oculta su papel en lo absoluto. Gran parte de su trabajo como enviado queda documentada en su cuenta de Instagram, un continuo recuento de lo más destacado de reuniones, apretones de manos y acuerdos.
Mucho antes de estar cerrando acuerdos en nombre de Washington, Zampolli era una figura habitual de la vida nocturna y del mundo del modelaje de Nueva York a finales de la década de 1990: un arrogante empresario cuya confianza en sí mismo a menudo superaba su dominio del inglés.
Un perfil publicado en octubre de 2001 en la revista Vanity Fair lo capturó en toda su plenitud, tanto burlándose como maravillándose de su improbable influencia en los círculos sociales y de la moda de la ciudad. El artículo de 3.000 palabras destacaba la presencia constante de Zampolli en “Page Six” — la columna de chismes del New York Post — donde se le identificaba regularmente como un “magnate del modelaje”.
Por aquella época, Zampolli —descendiente de una familia italiana con raíces en la industria del acero y de los ferrocarriles que afirma tener vínculos lejanos con la dinastía empresarial de los Agnelli e incluso con un papá— cerró el trato que definiría su vida. Él ha dicho que, en 1998, le presentó a Trump a una joven modelo eslovena, Melania Knauss, en una fiesta de la Semana de la Moda.
El papel de Zampolli en la historia de cómo se conoció la pareja presidencial salió a la luz pública en los últimos días, después de que Melania Trump celebró una rueda de prensa sorpresa en la que negoció cualquier vínculo con Jeffrey Epstein, y afirmó que el fallecido agresor sexual de menores no tuvo nada que ver en presentarla a su marido.
Poco después, Ungaro, la expareja de Zampolli, insinuó en X que Melania Trump tenía una conexión con Epstein, pero más tarde borró las publicaciones.
Zampolli, como es habitual en él, le resto importancia. “¿Y qué dice Jeffrey Epstein de mí? ’Él es problemático. Mantente alejado’. Él me odiaba. No es como si los archivos de Epstein revelan, ’Si quieres prostitutas, llama a Paolo’. No, nunca me invitó a la isla”.
En una administración Trump que valora la lealtad y los resultados más que el proceso, Zampolli encarna una especie de diplomacia paralela: informal, impulsada por la personalidad y centrada en los acuerdos.
El efecto es el colapso de las distinciones que durante mucho tiempo han sustentado la política exterior estadounidense: entre el arte de gobernar y el arte de vender; entre el cargo público y la red privada; entre la diplomacia y la negociación de acuerdos.
Para Zampolli, no hay contradicción alguna. El 'argumento de venta' sigue siendo el mismo, ya sea en un ministerio de Budapest o en una capital de Asia Central: grandes cifras, fechas límite cortas y un mensaje claro sobre cómo conseguir lo que uno quiere.
“Compren estadounidense”, dice él.
Y si eso no funciona: ”20 mil millones de dólares en 20 minutos”.
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