Juan Sartori. Foto: Nicolás Der Agopián

En la última semana de campaña, Sartori le abre la puerta a una posible candidatura a vice y afirma que se abrazará “con el que sea”

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Nº2026 - al de 2019
escribe Federico Castillo

Son poco más de las ocho de la mañana, la luz recién empieza a entrar por los ventanales del ómnibus, y hay alguien que está muy inquieto. Juan Sartori deja un surco por el pasillo entre los asientos. Va y viene. Viene y va. “¿Todo el mundo duerme acá? Qué aburrido, no puedo conversar con nadie”, se queja el precandidato blanco mientras su “caravana de la victoria” empieza a devorar asfalto por la Ruta 1 rumbo a la ciudad de Colonia, su primer destino. Sartori está entusiasmado. Maravillado por la experiencia de hacer esta gira final de tres días de corrido por todos los departamentos del Uruguay. Cuando el coche abandonaba Montevideo, se frotaba las manos y repetía: “¡Esto va a estar buenísimo!”. Hubo un momento, ese típico subidón colectivo cuando una excursión está por empezar su marcha, en la que propuso cantar algo. “La Marcha de Tres Árboles”, sugirió uno de los integrantes de su equipo desde el fondo. Sartori respondió con una sonrisa gigante y algo maliciosa. “¿Alguien la sabe acá?”. La senadora Verónica Alonso terció. Dijo que la letra no es tan sencilla de aprender. Risas. No hubo canción. Y ahora, unos cuantos kilómetros después, Sartori está aburrido y quiere conversar.

“¿Leyeron las noticias? ¿Qué dicen los diarios hoy?”, pregunta. No hay mucho tema político en las portadas del martes 25. Entonces el millonario empresario se pone a hablar de sí mismo. Y de las cosas que va aprendiendo en estos meses intensivos de introducción al mundo de la política uruguaya. Está algo preocupado por la veda. Dice que averiguó y ya sabe que en esas horas en las que está prohibido el proselitismo, puede dar entrevistas a los medios pero no pedir el voto. Y que además todo eso le parece “obsoleto”. Mucho más cuando las redes e Internet escapan a esa lógica. Para él, estas son pruebas irrefutables de que hay que modernizar la política. “¿Vieron que somos los primeros en Instagram?”. Otra sonrisa grande se le dibuja en la cara a Sartori. “Ahí está el voto joven, los que votan por primera vez”, explica sobre la supuesta importancia de los 27.000 seguidores que tiene en esa red social. También parece interesado en la ingeniería electoral, en los punteros locales, en los armados de las listas —Sartori mandó imprimir unas diez millones— y en cómo se puede generar tensiones y celos en los pequeños dirigentes por gestos mínimos como que el candidato decida subirse a una camioneta en lugar de otra que lo está esperando en el camino. Un mundo nuevo que está descubriendo.

Sartori
Foto: Nicolás Der Agopián

Antes de llegar a Colonia, habla sobre su futuro. “Yo no me voy a guardar. No sé hacerlo”, dice ante la consulta de qué va a pasar con él después de la noche del 30 de junio. Por primera vez ofrece dudas sobre una eventual candidatura a la vicepresidencia. Antes la descartaba de plano, ahora no. De lo que está seguro es que quiere que las cosas se resuelvan rápido. Pregunta cuánto tiempo estuvieron Luis Lacalle Pou y Jorge Larrañaga para sellar la fórmula de las elecciones pasadas. “¿Dos semanas, tres?”. Para el empresario, eso es mucho tiempo. Lo que asegura es que esa misma noche dejará atrás la confrontación interna y empezará a trabajar por la victoria del Partido Nacional desde el lugar en que le toque estar. “Me voy a abrazar con el que sea”. Dice que lo hará —también— por una cuestión de conveniencia. “Yo quiero tener mis senadores, mis diputados, una agrupación parlamentaria fuerte”. Y que además pretende ofrecer candidatos a intendentes en todos los departamentos. Hoy tiene algunos nombres, pero dice que prefiere guardarlos. Alguien le avisa que el camión que lleva la chata en donde él se pasea en cada ciudad tuvo algún desperfecto, que la lona con su imagen se vuela por el viento. Nada le importa. “Se rompió, bueno, hay que improvisar con la gente”, se ríe. Sartori siempre se está riendo.

El ómnibus está por llegar a Colonia. Oscar Costa, el coronel retirado que lo metió en la política, está con los auriculares puestos y también ríe mientras escucha a Darwin Desbocatti. Le divierte un comentario del humorista sobre la mascota en forma de pájaro del intendente de Florida, Carlos Enciso. Alem García, veterano dirigente blanco, recuerda otras giras, otras “caravanas de la victoria”, que no duraban tres días sino más de un mes. El ómnibus se detiene. Primera parada. “¡Let’s fucking go!”, arenga Sartori y sale como eyectado de su asiento. Mañana muy fría en la rambla de Colonia. Los militantes que lo esperan no llegan a veinte. Pero Sartori se para arriba de una camioneta blanca y les habla con entusiasmo. El perfil de los que están ahí desafiando la baja temperatura se repetirá luego en los siguientes destinos: gente con bajos recursos, muchos de ellos exvotantes frenteamplistas. Todos quieren su foto con el candidato. “¡Vamos, jota ese!”, le grita un veterano, que dice a Búsqueda que siempre fue blanco “por convicción”. El empresario sube eufórico al ómnibus. “¡Primera parada, faltan 19! ¡Esto va a estar buenísimo!”. Comenta sobre algunas preguntas que le hizo la prensa local. “Todo el mundo jode con la fórmula”, dice. Pero rescata una que le gustó, una sobre cómo él estaba viviendo la campaña. Le pareció “más humana”. “Se olvidan de que soy un ser humano”. Cuando el ómnibus pasa por Carmelo hay otro pico de euforia. Como no está previsto detenerse y algunos militantes lo saludan desde las veredas, Sartori ensaya una jugada arriesgada y sale por una ventana de emergencia que da al techo del vehículo. Todos le avisan, le gritan desde abajo que tenga cuidado con los cables eléctricos que le pasan cerca. Sartori baja rápido, totalmente ajeno al nerviosismo de su equipo, que ahora respira aliviado. El candidato está a salvo. Sigue el viaje. El empresario recorre el pasillo y pregunta, más divertido que preocupado, si alguien escuchó unos comentarios que hizo el precandidato del Frente Amplio Mario Bergara. “Dice que yo quiero saltearme el Parlamento, ¿qué le pasa?”. Sartori parece de teflón, las cosas le resbalan. “¡No sé por qué me pegan tanto! ¿No entienden que todo eso me sirve a mí?”. Más adelante en el camino, Búsqueda le pregunta si no será que los ataques tienen que ver con la propaganda falsa que sus asesores extranjeros hacen circular sobre otros candidatos. “¿Se enojan por lo de las caricaturas?”, cuestiona. “Yo prefería que me hicieran eso a mí antes que todo lo que hablan, que se meten con mi familia, que dicen mentiras, que Santo y Seña me dedica un programa entero”. Uno de los integrantes de su equipo ata los temas y pregunta en voz alta si Lacalle Pou “no se expuso demasiado” al contar en su libro autobiográfico que consumió drogas durante su juventud.

Sartori
Foto: Nicolás Der Agopián

Hay poco espacio para la autocrítica en la campaña de Sartori. Acaso concede algo sobre la polémica tarjeta MedicFarma y admite que debió haber puesto en letras más grandes que los jubilados recién podían empezar a recibir medicamentos gratis a partir de 2020. “Es una tarjeta, otra forma de promoción, pero es lo mismo que un volante o lo que está escrito en los programas de gobierno de todos los precandidatos”, se excusa.

En Mercedes lo espera una caravana de autos algo más nutrida que la de Colonia. En la plaza principal hay movimiento. Mientras Sartori da notas a la prensa y se lleva toda la atención, el precandidato colorado José Amorín Batlle pasa discretamente y con las manos en los bolsillos de su campera roja por la vereda de enfrente. Dos jóvenes, tío y sobrino, tienen el libro sobre la vida de Sartori y buscan su autógrafo. El sobrino cuenta que va a votar por primera vez y que será a él porque “es el que promete trabajo”. Su tío dice que antes “votó al viejo que está hoy de presidente” y que ahora votará a Sartori porque está desempleado.

En Fray Bentos sigue la efervescencia. Las caravanas nunca llegan a ser muy extendidas, pero sí el revuelo que genera la presencia de Sartori cuando se baja a saludar y corre por la calle y juega al fútbol y se saca una selfie atrás de la otra. Alem García reflexiona al subir al ómnibus. Sabe que la posibilidad de victoria, con los números fríos de las encuestas, hoy aparece lejana. Pero se guarda una reserva de optimismo , un plus por el impacto que el candidato ha generado en estos meses. “No es un fenómeno político, es un fenómeno social”.

Recuadro de la nota

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