Rafael Porzecanski. Foto: Nicolás Der Agopián.

Si bien no hay nada definido, “la estructura de la intención de voto” es similar a los resultados de la elección de 1999

Uruguay suele acompañar las “olas regionales”, por lo que “sería una gran excepción” histórica que el Frente Amplio ganara en 2019

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Nº1996 - al de Noviembre de 2018
entrevista de Guillermo Draper

El final de la película todavía no está claro, pero los indicios apuntan hacia un desenlace posible. Rafael Porzecanski lleva tiempo mirándola y cree que hoy es más probable que termine con una derrota del Frente Amplio en las elecciones del 2019 de lo que era cinco años atrás.

El escenario actual es parecido “en estructura de intención de voto” al de la elección de 1999, donde la coalición de izquierda obtuvo una “clara diferencia en primera vuelta”, pero perdió en la segunda, explica en una entrevista con Búsqueda el director de Opinión Pública de Opción Consultores. A diferencia de lo que ocurrió 20 años atrás, aclara, el Frente Amplio está en el gobierno y eso le da una ventaja: el aparato del Estado puede hacer “campaña” mostrando los resultados de la gestión. Y ese es solo uno de los ases que tiene el oficialismo bajo la manga.

Aun así, para Porzecanski no solo la película de las encuestas proyecta un futuro negativo para el Frente Amplio. “Uruguay, en general, no escapa a las grandes olas regionales en el ámbito político en los últimos 50 años”, dice. “Sería una gran excepción en términos de la historia uruguaya que el Frente renueve el poder en este momento”.

—¿Cómo están parados los partidos al comienzo de la campaña electoral?

—Hay que mirar siempre, en primer lugar, las series históricas, porque las encuestas hay veces que tienen fluctuaciones trimestrales que pueden tener sus márgenes de error, entonces está bueno ver la película del mediano plazo y lo que hacen los colegas. ¿Y qué dice esa película? La información se repite en esto: el Frente está peor que en 2013; el Partido Nacional está, probablemente, mejor, y el Partido Colorado un poco peor. Y después el Partido de la Gente y el Partido Independiente muestran que hay posibilidad cierta de que crezca la fragmentación parlamentaria. La evolución más reciente muestra al Partido Colorado un poco más fuerte, que se acerca más a su votación del 2014. La duda que nos despierta a todos es qué va a pasar con el Frente Amplio, porque sabemos que buena parte de los indecisos votaron al Frente en 2014 y la pregunta es qué van a hacer.

Es un escenario más parecido en estructura de intención de voto al escenario de 1999, donde el Frente tenía clara diferencia en primera vuelta, pero perdió en segunda vuelta. Es más parecido a ese escenario preelectoral que al de los últimos tres ciclos donde el Frente ganó. Pero se abren muchas incógnitas. No es exactamente lo mismo, por ejemplo, porque el Frente no era gobierno en 1999 y ahora lo es. Eso es importante porque el gobierno en el último año va a comunicar sus logros, va a hacer campaña, y eso puede influir en la aprobación de gobierno y eso afecta la intención de voto. Esa es una carta bajo la manga. Otro tema es Daniel Martínez, la figura que sistemáticamente nos marca mejor en simpatía y eso abre una interrogante.

—¿En qué sentido?

—Tiene una evaluación positiva de su gestión y su estilo de liderazgo viene, por el momento, sintonizando bien con el uruguayo medio. No es un hombre demasiado confrontativo, agresivo, y ha logrado una comunicación con el ciudadano común que incluso supera las barreras partidarias. Martínez tiene buenos registros de simpatía en votantes blancos, por ejemplo. Eso abre nuevas incógnitas.

"Es un escenario más parecido en estructura de intención de voto al escenario de 1999, donde el Frente tenía clara diferencia en primera vuelta, pero perdió en segunda vuelta. Es más parecido a ese escenario preelectoral que al de los últimos tres ciclos donde el Frente ganó".

La tercera incógnita es que en la última elección, con diferencias —y por suerte la de Opción fue pequeña—, todos los registros de intención de voto tuvieron subestimación del voto del Frente. Por eso hay que abrir un elemento de incertidumbre. Y el otro elemento es que faltan las internas. Hay que ver qué candidatos ganan, porque de eso depende mucho.

—Más allá de esas incógnitas, dentro de los partidos parece haber favoritos claros. Luis Lacalle Pou en el Partido Nacional, por ejemplo.

—Prefiero hablar de liderazgo y no de favoritismo, porque el favoritismo implica un elemento de predicción. Por ejemplo, si vos veías la encuesta faltando un mes en la elección pasada, decías que ganaba Larrañaga. Pero si veías la película y cómo Lacalle Pou remontaba, remontaba y remontaba, por lo menos debías decir que había incertidumbre. Por el momento hay liderazgo de Lacalle Pou y hay cierto fortalecimiento de Larrañaga; habrá que ver si ese fortalecimiento tiene un techo o si la cosa se empareja y se vuelve incierto.

—En esos términos, también hay un liderazgo de Martínez.

—En el caso de Martínez es más claro, los otros candidatos son más nuevos en términos de su carrera electoral.

—Usted comparaba el actual escenario con el de 1999. ¿Esto implica que lo más probable es que pierda el Frente Amplio?

—¿Con estas estructuras de intención de voto tiene el Frente Amplio más probabilidades de perder la elección en 2019 que en 2014? Sí, las tiene. Por eso quienes siguen los números con más atención, como Constanza Moreira, dicen que están complicados en comparación con los ciclos anteriores. Es un dato de la realidad, pero reitero que está todo abierto e incierto. Uno puede ver semejanzas en la estructura de intención de voto, pero no es la misma situación.

—Los indicadores socioeconómicos como el aumento del desem­pleo y de los delitos, van en línea con complicar la elección del Frente Amplio.

—Hay algo que cambia en el electorado. En ese sentido estoy de acuerdo con lo que dice mi colega Zuasnabar. Hay un humor en la ciudadanía que cambia entre el 2015 y el 2016. Está relacionado con el cambio de ciertos indicadores económicos y hubo un primer año de Tabaré Vázquez que fue más difícil de lo que se podía prever. Hay un cambio que afecta la aprobación de gobierno y afecta también la intención de voto. Ahí están también los datos del Latinobarómetro que muestran una caída del respaldo al sistema democrático en la opinión pública. Todo esto se enmarca en un contexto de enlentecimiento económico, con pérdida de empleo, sin inversión privada y con el aumento del delito. La delincuencia en Uruguay tiene un pico en 2012 y otro ahora en 2018.

"¿Con estas estructuras de intención de voto tiene el Frente Amplio más probabilidades de perder la elección en 2019 que en 2014? Sí, las tiene. Por eso quienes siguen los números con más atención, como Constanza Moreira, dicen que están complicados en comparación con los ciclos anteriores".

—Durante la elección pasada la oposición criticó con dureza al gobierno por el tema seguridad; sin embargo, Vázquez prometió mantener en el cargo al ministro Eduardo Bonomi y el Frente Amplio ganó otra vez. ¿Es la economía la que define?

—Quizás el efecto de la economía es más directo y el de la seguridad sea más indirecto. Quizás estos índices de tanta desaprobación en seguridad vayan produciendo un humor diferente, la percepción de que pueda haber cierta parálisis del gobierno; eso puede influir, a su vez, en una mayor generación de voluntad de cambio de color político. Si la seguridad mueve o no la aguja, es todo un debate. La economía sabemos que la mueve, hay evidencia muy directa.

—Usted dice que hay un cambio en el humor social y están los datos del Latinobarómetro. ¿Hay espacio para sorpresas en la elección como las ha habido en otros países?

—¿A lo (Jair) Bolsonaro?

—Quizás no como Bolsonaro, pero sí más a la derecha en el espectro político.

—Uruguay, en general, no escapa a las grandes olas regionales en el ámbito político en los últimos 50 años, lo que sí introduce son sus propios ritmos y, digamos, niveles de profundidad en el cambio. Por ejemplo, la dictadura chilena hizo una reforma fundacional de la economía; la dictadura uruguaya, no. En Uruguay se liberalizó la economía y hubo una caída grande de los salarios reales, pero fue mucho más heterodoxo el signo de las reformas económicas uruguayas. Las liberalizaciones de Menem fueron drásticas, pero las de Lacalle fueron mucho más graduales.

—Enfrentó trabas en el Parlamento y entre las organizaciones sociales.

—Le trancaron. Y las propuestas originales tampoco eran tan ambiciosas como las de Menem, de privatizar todo y absolutamente todo. Siempre Uruguay tiene un ritmo que atempera las cosas, en parte por los contrapesos que tiene el sistema. Todo es a la uruguaya. Por eso, un giro a la derecha en Uruguay es probable, es posible. ¿Un Bolsonaro? Es más difícil. Para empezar, porque no hay una cosa como el PT, con el escándalo del mensalão y los que vinieron después. Esos radicalismos que vemos en la región hacia un lado y el otro, Uruguay los atempera. Aunque el signo, generalmente, es ese: salida democrática en la región, salida democrática en Uruguay; reformas liberales en la región, reformas liberales en Uruguay; ola progresista, ola progresista. Ahora tenemos que ver si hay o no un giro a la derecha. Sería una gran excepción en términos de la historia uruguaya que el Frente renueve el poder en este momento, sería una especie de caso desviado. Podríamos hablar de desacople político, ahora que se habla de desacople económico.

"Uruguay, en general, no escapa a las grandes olas regionales en el ámbito político en los últimos 50 años, lo que sí introduce son sus propios ritmos y, digamos, niveles de profundidad en el cambio".

Volviendo a Bolsonaro, me da la impresión de que ese tipo de práctica política tan drástica, en general Uruguay tiene contrapesos que la atempera.

—En una entrevista con Búsqueda, el diputado y pastor evangélico Álvaro Dastugue dijo que hay un “despertar” del mundo evangélico en la política. Ese tipo de discursos era muy inusual antes. ¿Hay discursos que antes estaban más tapados o eran más reducidos?

—En Twitter, que es la red más politizada, se ven cosas con más ahínco que antes. Respecto de la agenda de derechos hay una movilización más fuerte en contra y no solo por parte de Dastugue, sino también de otros sectores. Y también el liberalismo económico se está animando a hablar más, se lo ve en las redes. Probablemente, como consecuencia de estos giros regionales y del fin de este ciclo progresista en buena parte de la región, otros discursos han cobrado mucha más fuerza. Pienso en fenómenos regionales como el de Agustín Laje. Esa vieja postura vergonzante de decir “soy de derecha”, hoy se dice con más soltura.

—Para esta primera etapa de la campaña, mientras otros candidatos blancos son muy duros, Lacalle Pou eligió el eslogan “evolucionar”. ¿Qué le parece?

—En algún punto han enrocado Lacalle Pou y Larrañaga. Lacalle Pou ha sido duro con el Frente Amplio, pero está haciendo un guiño hacia el centro al decir que no es borrón y cuenta nueva. Está buscando, quizás, parte del voto indeciso. Esto lo mostramos todas las encuestadoras: esta es la elección de la retención para el Frente Amplio, se trata de ver cuánto puede retener de ese 48% que sacó la vez pasada. Es prácticamente impensable que aumente su votación. Ya sabemos que hay un porcentaje que ya lo perdió, que saltó el muro. Y de ellos, algunos se fueron con Lacalle Pou. Ese que cruzó sintoniza más con esa idea de que no todo lo que hizo el Frente está mal, quizás le gusta una cosa más gradualista.

"En Twitter, que es la red más politizada, se ven cosas con más ahínco que antes. Respecto de la agenda de derechos hay una movilización más fuerte en contra y no solo por parte de Dastugue, sino también de otros sectores. Y también el liberalismo económico se está animando a hablar más, se lo ve en las redes".

—¿Los votos al Frente Amplio se le están yendo por izquierda o por derecha?

—El grueso de los indefinidos del Frente Amplio están en la centroizquierda.

—¿Astorismo?

—Seregnismo, astorismo. En la escala de izquierda a derecha que va del uno al 10, el frenteamplista que está indefinido está en el cuatro y el cinco, no en el uno y el dos.

—¿Cuánto pesa el debate ético, que incluye el “caso Sendic”, en ese futuro electoral complicado del Frente Amplio?

—Puede que pase lo mismo que en el tema de la inseguridad: el efecto indirecto. Los temas de corrupción han sido temas desde el punto de vista cuantitativo menores, no como en Argentina y Brasil. Está clarísimo eso, nadie lo puede dudar. Ahora, desde lo cualitativo pueden tener su impacto. Con que afecte a un porcentaje menor pero no despreciable de frenteamplistas que lo votaron la elección pasada, va a tener su incidencia.

—El Partido Independiente salió a jugar fuerte en las últimas semanas con alianzas que buscan reposicionarlo. ¿Tendrán efecto?

—El Partido Independiente salió a jugar una competencia más claramente fuerte por ese electorado del que hablábamos recién, que votó al Frente pero no tiene decidido su voto. Ahora, ¿con estos giros, ese electorado va a considerar al Partido Independiente como una alternativa válida? No lo sabemos. Hay una discrepancia entre lo que dicen ser los líderes del partido y la percepción del electorado, que lo ve más a la derecha, más como oposición que como un fiel de la balanza.

—¿Por qué el Partido de la Gente parece que no despega en las encuestas?

—Ha mantenido un nicho parejo con el Partido Independiente. Novick está buscando todavía su lugar. Ahí sí hay una estrategia totalmente distinta al Partido Independiente, muy confrontativo con el gobierno, basta recordar la celebración de la victoria de Bolsonaro. Todavía es un partido que está con un nicho, con posibilidad cierta de tener representación parlamentaria en las dos Cámaras. ¿Cuánto tiene que votar el Partido de la Gente? ¿En función de qué definimos si nunca tuvo una elección nacional? ¿Por qué se le tiene que exigir más que al Partido Independiente? Todavía en Uruguay, pese a todo, las identidades partidarias son muy fuertes. Poner una marca nueva en el escenario político uruguayo quizás es un poquito más fácil que hace 20 años, pero no es todo lo fácil que ponerlo en un país con partidos débiles. Tiene que pagar ese peaje.

—Usted hablaba de poner marcas nuevas en el escenario politico. ¿Puede Juan Sartori competir con chances entre los blancos?

—Posibilidades hay siempre, el tema es cuán probable. No conocemos a Sartori, como bien dice la propaganda. No conocemos sus atributos como político, si tiene carisma, cuáles son sus propuestas. Naturalmente, con dinero hay una ventaja sobre el resto: uno puede hacerse conocido. El primer requisito para que la gente vote a alguien es que lo conozca, pero no es suficiente. Jugar dentro de la marca Partido Nacional es una ventaja para él, pero no es un desafío pequeño salir a competir faltando pocos meses contra dos liderazgos muy consolidados con sus estructuras muy fortalecidas. Es toda una incógnita. No lo conocemos y falta poco.

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