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Se está desarrollando todo un mundo paralelo de contactos y negociaciones, por ahora casi en silencio, aunque con resultados concretos en algunas de las últimas votaciones en el Parlamento
Noviembre del año pasado fue un mes muy largo. No por la cantidad de días, esos nunca cambian en el calendario. Pero sí por la intensidad política, ante una segunda vuelta electoral entre dos fórmulas presidenciales con un supuesto final abierto. “Empate técnico” era lo que surgía de todas las encuestas. Los especialistas en opinión pública a cargo de esos sondeos se referían a una larga espera luego de que fueran abiertas las urnas la noche del domingo 24 para conocer los resultados. Todo era incertidumbre.
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Lo que había ocurrido en las elecciones nacionales celebradas el último domingo de octubre motivaba ese clima de indefinición y falta de certezas. Por más que los partidos sumados de la coalición republicana eran los que habían obtenido la mayor cantidad de votos, el Frente Amplio había logrado la mayoría en la Cámara de Senadores, aunque no en la de Diputados. El país había quedado partido al medio políticamente, sin mayorías para ninguno de los lados, por primera vez en dos décadas.
Por eso, el entonces candidato presidencial opositor, Yamandú Orsi, y el oficialista, Álvaro Delgado, ocuparon gran parte de sus discursos públicos durante ese mes tan trascendente en hablar sobre la necesidad de buscar acuerdos entre los dos bloques políticos. Se mostraban como dialoguistas y conciliadores —algo que son y que los distingue de muchos otros dirigentes políticos—, y desarrollaban la teoría de “cambiar el chip” y contemplar mucho más a los adversarios.
No solo ellos. Se generó todo un movimiento a la sombra, apenas visible. Los más veteranos, esos que fueron constructores de la estabilidad política que Uruguay ostenta como un activo y una ventaja comparativa con respecto a la región hasta el día de hoy, también hicieron lo suyo. Empezaron las llamadas telefónicas, las reuniones entre representantes de los distintos partidos, los intercambios de ideas con el objetivo de blindar al gobierno que saliera electo de las urnas, fuera cual fuera. Había amenaza de tormenta política, que podía desestabilizar a la futura administración y era necesario disiparla o al menos prepararse.
El hilo invisible que sostiene a la democracia uruguaya a través de la seguridad jurídica, el respeto a las reglas de juego y la estabilidad básica se tensó para hacer su trabajo, sostenido por viejos dirigentes políticos, como los expresidentes José Mujica y Julio Sanguinetti y el extitular del directorio blanco Alberto Volonté, para poner solo algunos ejemplos.
Al final, la segunda vuelta electoral no fue tan pareja como se pronosticaba. Orsi le ganó a Delgado por casi 100.000 votos y a menos de una hora de abiertas las urnas ya se sabía que ese sería el resultado. Fue contundente, mucho más de lo previsto, pero el Parlamento ya había sido elegido y nadie tenía las mayorías necesarias. Parecía como si los uruguayos hubieran hecho una apuesta al diálogo y a la conciliación y le hubieran transmitido al sistema político que es hora de ponerse un poco más de acuerdo.
Cuesta mucho ese cambio de paradigma. Los últimos cuatro gobiernos contaron con mayoría parlamentaria, tres del Frente Amplio y uno de la coalición republicana. Todos se fueron mal acostumbrando. El diálogo se hizo algo poco necesario, aunque nunca dejó de estar presente. Así, y al impulso de las redes sociales, fueron ocupando cada vez más espacio los fanáticos, los especialistas en volar todos los puentes, desde los dos lados.
A pocos meses de comenzado el gobierno, no parece que haya grandes modificaciones en ese sentido. El cambio de chip tan evocado en la campaña electoral parece haber quedado en el pasado. Al menos a simple vista, porque las apariencias suelen engañar. Y los que más se muestran son los que más ruido hacen, en un mundo dominado por la inmediatez.
Por eso hay que tratar de ampliar un poco el campo de visión y detenerse en esos lugares que a veces quedan fuera de los focos. Porque se está desarrollando todo un mundo paralelo de contactos y negociaciones, por ahora casi en silencio, aunque con resultados concretos en algunas de las últimas votaciones en el Parlamento.
Tiene una explicación posible. Lo que está pasando es que todos los partidos políticos atraviesan un período de renovación o confirmación de liderazgos y cuentan dentro de sus filas con perfiles distintos, que poco a poco van ocupando sus espacios. Algunos recurren a la confrontación para posicionarse, especialmente en filas opositoras, pero otros están empezando a transitar el camino contrario.
Así es como en el Partido Colorado hay algunos legisladores que han sido más propositivos y mantienen intercambios frecuentes con representantes del gobierno, con propuestas concretas como para tratar de avanzar en temas claves. Ese ha sido el caso, por ejemplo, del senador Pedro Bordaberry y de algunos otros dirigentes de su grupo, Vamos Uruguay. En el Partido Nacional esa ha sido la actitud asumida por algunos intendentes, en especial los que ya tenían una relación previa con Orsi, pero también por otros dirigentes de primera línea.
Así que el terreno está arado, aunque no se vea. El escenario es menos confrontativo de lo que parece. A Orsi, además, le gusta mucho el camino de insistir e insistir con el intercambio y la negociación política hasta llegar a algún tipo de resultado. Lo está haciendo, inspirado en gran medida en los pasos de Mujica, uno de sus mentores, que logró varios acuerdos con intendentes de otros partidos, entre los que se destacan la patente única y la creación de la Universidad Tecnológica (Utec).
También varios de los otros expresidentes recurrían a las conversaciones reservadas para destrabar algunos conflictos o aprobar medidas importantes. Es la historia reciente de Uruguay; en especial, la de fines del siglo pasado y principios del actual. Pero estaba un tanto descuidada.
Las semillas están esparcidas en distintos lados. Es momento de ver si empiezan a germinar. Para lograrlo, se necesitan al menos dos condiciones. En primer lugar, el clima propicio por un tiempo prolongado. Da la sensación de que eso es lo que está ocurriendo, aunque todavía permanezca a la sombra. Y lo segundo es que esa acumulación positiva de diálogo a la que apuesta Orsi, y que parece estar creciendo, comience a traducirse en resultados concretos.
Si eso ocurre, el resto del camino debería ser en bajada y directo hacia una nueva realidad política, de la que muchos quedarán afuera.