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Adaptarse es ganar

Con el auge de la IA, los oficios más antiguos se han convertido, al menos de momento, en los más resilientes. ¿No será tiempo entonces de que esos menesteres considerados menores y por tanto desdeñables pierdan su estigma?

Columnista

“Llevaba lo menos tres meses persiguiendo a un carpintero para que viniera a arreglarme los muebles de cocina, así que, cuando por fin apareció, casi lo recibo con un beso de tornillo”. Eso me contó hace poco una amiga. Y no, no es que Tere sea de las que se enamoran del butanero que le trae la bombona. Sus efusiones van por otro lado.

Hoy en día encontrar un ebanista, un pintor, un constructor o un fontanero que venga por menos de un pastizal a hacer una reparación doméstica es como encontrar un unicornio.

Tradicionalmente, los padres hacían —y hacen— todo tipo de sacrificios para dar a sus hijos una carrera universitaria. Sin embargo, hay abogados que ganan de 12.000 a 18.000 euros en sus comienzos mientras que, en carreras como arquitectura o ingeniería, el mileurismo (trabajadores que perciben un salario de unos 1.000 euros al mes) está a la orden del día, y no solo en recién graduados.

En las antes tan denostadas carreras de FP (formación profesional), en cambio, la situación es otra. Incluso un carpintero joven, de esos a los que mi amiga Tere estaba dispuesta a dar un beso de tornillo, puede llegar a los 30.000 anuales, mientras que un buen ebanista o un restaurador facturan fácilmente 60.000.

Incluso hay oficios como el de cocinero, por ejemplo, para los que el cielo es el límite, si se trata de un profesional de prestigio. Tanto es así que antes unos padres a los que su hijo o hija les decía que quería dedicarse a los fogones se llevaban un disgusto de muerte. Ahora en cambio es como si les dijera que quiere ser físico nuclear o embajador.

Dicen los que saben que, con el auge de la inteligencia artificial (IA), los oficios más antiguos se han convertido, al menos de momento, en los más resilientes. ¿No será tiempo entonces de que esos menesteres considerados menores y por tanto desdeñables pierdan su estigma? Si ya ha ocurrido con los cocineros, ¿por qué no puede ocurrir otro tanto con pintores, ebanistas, fontaneros o maestros constructores, etcétera? Al fin y al cabo, todo depende en último término de lo que la sociedad demanda y por tanto valora.

Se producirá entonces una distinción drástica entre una pequeña élite riquísima que posee y maneja la IA y, luego, una enorme clase subordinada e inoperante. Se producirá entonces una distinción drástica entre una pequeña élite riquísima que posee y maneja la IA y, luego, una enorme clase subordinada e inoperante.

Decía Yuval Noah Harari, autor del exitosísimo libro Sapiens, que el mayor peligro en un mundo en el que la IA jugará un papel cada vez más preponderante es no saber adelantarse a los cambios que se avecinan. Y uno de sus cambios más evidentes atañe al mundo laboral. ¿Qué profesiones van a ser las más demandadas? ¿Cuáles serán las insustituibles? ¿Cuáles las mejor pagadas?

La IA, al menos hasta el momento, es capaz de hacer el trabajo de un arquitecto, pero no sabe levantar una pared. Hay quien piensa que llegará el día en que las máquinas nos sustituirán en todo y entonces los Estados (y los tecnomagnates) que nos gobiernan nos pagarán un sueldito por el mero hecho de existir (y de consumir). Esta al menos es la teoría de los que abogan por la implantación de una RBU, una renta básica universal.

Pero, para esos optimistas que creen que podremos dedicarnos a hacer crucigramas y a viajar por el mundo mientras nos pagan por no hacer nada, Harari tiene una reflexión. Según él, la IA no solo eliminará empleos, sino que amenaza con generar una “clase inútil” a la que los Estados tendrán que mantener. Se producirá entonces una distinción drástica entre una pequeña élite riquísima que posee y maneja la IA y, luego, una enorme clase subordinada e inoperante.

En el pasado, los sectores menos favorecidos de la sociedad eran esenciales (para la producción, para trabajar para las clases dirigentes, para pagarles tributos o, incluso, para servir de carne de cañón en caso de una guerra). En cambio, esa nueva clase pasiva —o, dicho con la terminología Harari, clase inútil— que se vislumbra no tendrá nada que aportar. Y cuando uno no tiene nada que aportar a la sociedad se convierte en irrelevante y prescindible.

Por eso, él insiste en que las nuevas generaciones a la hora de elegir su futuro deben preguntarse qué tipo de empleos requerirá ese mundo nuevo e inédito que está por venir. Y hacerlo con pragmatismo, sin prejuicios ni esnobismos. Si conviene optar por una FP, ¿qué problema hay? Al fin y al cabo, la necesidad crea las modas y saber adaptarse es anticiparse al futuro.

De momento los datos son elocuentes: profesiones antes muy demandadas y cotizadas pasan dificultades mientras los viejos oficios están en alza. Y cuando algo está en alza el prestigio no tarda en llegar. Que se lo digan si no a Ferran Adrià, o a tantos otros cocineros que en su momento optaron por un oficio sin mayor relevancia social o económica y ahora son referentes mundiales.

Los tiempos cambian, las profesiones también, y adaptarse es ganar. Puro darwinismo