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Asesinos de finde

Ezio Gavazzeni, escritor y periodista italiano, lleva años dedicado a recopilar información sobre los “Viajes de la muerte”. Es decir, sobre los safaris asesinos para cazar humanos que se organizaban durante la guerra de Bosnia en los años 90

Columnista

La vez pasada, después de hablarles del creciente interés por las pelis de terror, les prometí que hoy comentaríamos otro fenómeno relacionado con lo anterior: la fascinación que ejerce el mal. Algo que, en mayor o menor medida, todos experimentamos, pero que a veces se lleva a extremos delirantes. Como en el caso de esas personas que se enamoran de asesinos convictos, les escriben a la cárcel, les proponen matrimonio e incluso, no en pocas ocasiones, llegan a casarse con ellos.

De todo esto quería hablarles, pero se me ha cruzado otra noticia mucho más incomprensible­ y brutal. Ezio Gavazzeni, escritor y periodista italiano, lleva años dedicado a recopilar información sobre los “Viajes de la muerte”. Es decir, sobre los safaris asesinos para cazar humanos que se organizaban durante la guerra de Bosnia en los años 90. Unas batidas “deportivas” en las que cazadores de países como Italia, Estados Unidos, Canadá, Inglaterra y también España llegaban a pagar hasta 100.000 dólares por matar con sus rifles de largo alcance a ciudadanos de Sarajevo. Hombres, mujeres, ancianos, niños, también mujeres embarazadas (estas eran las más cotizadas).

Así, apostados en zonas altas y a distancia considerable (cuanta más distancia, más dificultad y por tanto más divertimento) el multimillonario aburrido de turno se divertía en abatirlos. No por ideología ni por motivos políticos, raciales o religiosos, ni siquiera por venganza u odio. Solo por deporte. Un “placer” cinegético del que ni siquiera podría presumir con sus allegados. ¿Porque cómo podría explicar este probo e intachable médico/abogado/arquitecto/empresario/político o lo que quiera que fuese a su mujer o a su familia que el fin de semana había estado matando personas cuyo único pecado había sido ir a comprar el pan o correr tras un balón?

Uno se pregunta si aquellos rostros inocentes que tuvo en su mira antes de disparar no atormentarán su sueño. ¿Acudirán a su mente como fantasmas al ver los de su hijo o hija, de su mujer o de sus padres? Seguramente no, porque uno de los mecanismos más inquietantes de nosotros los humanos, como especie, es que encontramos el modo de justificar nuestras conductas más atroces. “Esas personas iban a morir de todos modos y les ahorré sufrimiento”, se dirán quizá estos miserables; “en aquel entonces andaba yo superestresado, no lo habría hecho de no estarlo”; “bah, mejor no pensarlo, solo hago lo que otros harían si se atreviesen”.

A la pregunta de cómo se explica que gente aparentemente normal sea capaz de semejantes atrocidades, Gavazzeni responde que hay un error en la apreciación general. Se suele dar por sentado que para actuar mal hay que tener un motivo.

Según Gavazzeni, es sorprendente que nadie en los últimos 30 años se haya interesado por investigar lo que muchos comentaban sotto voce. Incluso en 2022 la cadena televisiva Al Jazeera­ estrenó el documental Sarajevo Safari, pero ningún canal de Occidente lo compró para emitirlo. Aterrador el fenómeno del mal. Uno que casi siempre cuenta con el silencio por cómplice.

A la pregunta de cómo se explica que gente aparentemente normal sea capaz de semejantes atrocidades, Gavazzeni responde que hay un error en la apreciación general. Se suele dar por sentado que para actuar mal hay que tener un motivo. Sin embargo, no siempre es así. “Ni siquiera”, explica Gavazzeni, “estamos ante la ‘banalidad del mal’ de la que hablaba Hannah Arendt, según la cual la gente corriente puede cometer actos terribles sin reflexionar, solo por obedecer órdenes, como hicieron, por ejemplo, los mandos intermedios durante el nazismo”.

Esta definición no encaja con los individuos de los que estamos hablando. En su caso se trata más bien de una “indiferencia ante el mal”. ¿Y cómo se cae en ella? —me pregunto yo—. La explicación de sentido común es que, contrariamente a lo que creen los buenistas, nosotros como especie no somos seres miríficos y a poco que se escarbe nos sale la barbarie.

Porque es evidente que hay buenos y malos, y entre los malos existe generosa variedad. Hay malos egoístas, aprovechados, existen los sádicos, los masoquistas, los retorcidos, los iluminados, los trastornados, los muy inteligentes y también otros que son perfectos idiotas y precisamente por eso causan tanto daño. Pero, como dijo una vez Pérez Reverte, no existe nada más despreciable ni peligroso que un malo que cada noche se va a dormir con la conciencia tranquila. Como estos individuos que pagaban 100.000 dólares por volarle los sesos a una embarazada y ahora, treinta años más tarde, sestean impunes como los irreprochables ciudadanos que fingen ser en su vida diaria.

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