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Esta es la travesía imaginaria de una rosa importada de Ecuador y su encuentro con un poema de Góngora en un florero montevideano; en Uruguay ya no se cultivan rosas
Cuando me regalaron la rosa, la rosa amarilla, busqué un lugar especial en la cocina para que reposara en su breve y última morada. La coloqué junto a la ventana, cerca de la tibieza de los vapores de las ollas y la caldera para el mate, con la idea de recrear el invernadero, el microclima de su nacimiento. Había leído que, así como las cigüeñas en una época volaban desde París, las rosas desde hace tiempo vienen desde el trópico.
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¿Habría crecido en Ecuador o en Colombia? Imaginé que la rosa amarilla era originaria de Tabacundo, un pueblo de 21.000 habitantes conocido como la Capital Mundial de la Rosa, y que, luego de un larguísimo viaje, había encontrado la paz en mi cocina. De Tabacundo a Quito, de Quito a Carrasco, de Carrasco a las cámaras de frío del importador, de las cámaras de frío al Mercado de las Flores en la Aguada, y de la Aguada al vendedor ambulante parado en el semáforo de la rambla y bulevar España el 14 de febrero. Fue un largo viaje. Y de allí, por fin, al florero.
Unas 39.000 toneladas de flores, casi un tercio del total de la producción anual de rosas de Ecuador, salen de ese país desde fines de enero hasta el 11 de febrero, en los días previos a San Valentín. Una de esas, una gota en el mar, relucía como un sol diminuto en mi cocina.
Ayer naciste y morirás mañana./ Para tan breve ser, ¿quién te dio vida?, escribió don Luis de Góngora en el siglo XVII. Yo no conocía estos versos. Fue el ChatGPT quien me contó, con amabilidad robótica, que don Luis le había dedicado un soneto a una rosa. Incluso, muy expeditivo, me facilitó la interpretación:
“La rosa (en el poema) es una criatura hermosa cuya existencia está atravesada por la paradoja. Nace espléndida sabiendo que su destino es inmediato”. El ChatGPT hubiera seguido, pero me pareció suficiente, además de acertado.
Don Luis de Góngora no habría dado crédito. No me refiero a la interpretación robótica de sus versos, sino a la permanencia en el tiempo. Al tercer día, el florero comenzó a incomodar en la mesada. Cuando apoyaba el termo, corría la rosa; cuando sacaba el termo, volvía la rosa a su lugar. El espacio nunca sobra en una cocina. Pese al bamboleo, ella seguía firme, casi tan intacta como un reproche. Si había salido de Quito el 11 de febrero, ya llevaba cerca de una semana dando vueltas por este mundo, lo que ponía en cuestión los versos de Góngora. Lo de “naciste ayer y morirás mañana” era, sin dudas, una licencia poética.
Con la curiosidad de saber cuánto tiempo más tendría que hospedar a aquel ser de luz, probé con una nueva pesquisa. En plan de procrastinar, me crucé con páginas ambientalistas que advertían sobre la peligrosidad de los fertilizantes e insecticidas usados en cantidades suculentas en la producción de rosas, mientras otras hablaban de las dudosas condiciones laborales de los trabajadores —en su gran mayoría mujeres indígenas—, además de otras miserias. De a poco me fui metiendo en la jerga de las llamadas “flores de corte”, en las numerosas tareas de la poscosecha, que incluyen seleccionar las aptas para la exportación, sacar hojas y espinas, eliminar algún insecto sobreviviente y darles de beber una buena dosis de conservantes. ¡Eureka! Ese era el secreto de la longevidad.
Después del delicado corte, la habían metido en una solución con ácido cítrico, citrato de sodio, azúcares y bactericidas, entre otras sustancias. Por suerte se había salvado de las tinturas azules o multicolores: ella era orgullosamente amarilla.
Mi madre aconsejaba disolver una aspirina en el agua para la mejor conservación de las flores. Eso —me doy cuenta ahora— era un enfoque centrado en la enfermedad o en la prevención. Mi rosa, en cambio, había recibido una suerte de Monster Energy, lo que interpreté como un estímulo a disfrutar de los placeres de la vida. Era otra mirada.
Al cuarto día en el florero le puse nombre. Emily. Con algunas arrugas, Emily mantenía su dignidad de formas curvilíneas tan cercanas a la silueta de una mujer. Era, en verdad, una flor de estirpe cuya propiedad intelectual —lo que se llama el derecho de obtentor— seguramente correspondía a una de las empresas holandesas que controlan variedades y semillas (y cobran regalías por ello).
rosa-amarilla
Que Emily estuviera patentada me generaba una molestia difusa en relación con el derecho de propiedad. You belong to me. Pero ya había absorbido suficientes químicos para embarcarla ahora en una relación tóxica. Simplemente, seguí hablándole y recitándole fragmentos de Góngora. Esa experiencia sensorial única ningún “obtentor” se la habría ofrecido jamás, ni siquiera para mejorar la genética.
¿Para vivir tan poco estás lucida,/y para no ser nada estás lozana?
Finalmente, Emily me acercó a la jardinería, uno de los oficios más felices del planeta. Jardinería no es lo mismo que floricultura. En Uruguay, floricultores quedan pocos; jardineros sobran. Y si bien el oficio tuvo en Pepe Mujica una oportunidad única de difusión —“el florista que una vez supo desparramar aromas”, lo llama la murga Falta y Resto en la retirada—, ni aun así el oficio despegó. Imposible competir con la eterna primavera ecuatoriana. La cooperativa de flores Cofloral hoy reúne a una veintena de socios sacrificados y vocacionales (llegó a tener más de 200). En cuanto a rosas, Gastón Mizuki, hijo de japoneses y presidente de Cofloral, fue el último productor nacional en el rubro. Ya no las cultiva.
Emily se mantuvo cerca de 10 días en el florero. Con lentitud perdió el esplendor, sin dejar de ser una Barbie de las rosas, una muestra de las medidas perfectas. Antes de que se inclinara del todo, preferí ponerle punto final. Es difícil decidir cuándo muere una flor que ya ha muerto. Al atardecer la dejé en la compostera, envuelta en un abrazo de lombrices. Ya se iba el sol cuando repetí los últimos versos del soneto: