En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
La pertenencia política no pasa por la identidad, sino por un proceso autónomo (tanto como se pueda) en donde uno decide caminar con otros sin dejar de ser uno mismo
Hace unos cuantos años, allá por 2001, recién llegado a Barcelona, tuve la oportunidad de entrevistar a Geno Lenardo, guitarrista de la banda de rock gringa Filter. El hombre era articulado, decía cosas interesantes sobre la música y sobre la escena, y en cierto momento dejó caer un comentario que me pareció especialmente bueno. Fue algo así como “nosotros somos de Chicago y eso nos da una gran autonomía. No venimos de Seattle o de Los Ángeles, nadie espera que sonemos de una forma determinada. Y eso, si bien te puede complicar en términos de no ser parte clara de una escena, te da una gran libertad en términos artísticos. Podemos ir a donde nos dé la gana, ya que nadie tiene una idea preconcebida sobre nuestra música”.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Me pareció interesante entre otras razones porque algo de eso había vivido en primera persona con Peyote Asesino en Uruguay unos años antes. Y es que, en efecto, una de las cosas que se aprenden con mucha rapidez en el mundo de la música, al menos en Uruguay, es que siempre es complicado labrar un camino propio. Más allá de que en un mercado tan acotado como el uruguayo siempre es difícil crecer hasta ser realmente visible, si encima uno intenta marcar un perfil personal en su música, sabe que se está agregando problemas. En general, aunque no siempre, es más sencillo ser parte de un movimiento, de un grupo, de una escena.
Si bien la música popular es un proceso acumulativo, en donde necesariamente uno se nutre de lo creado por otros para construir la obra propia, también es claro que esa acumulación puede ser más o menos personal, dependiendo de nuestras intenciones. Para poder hacer “propio” lo que es “ajeno” no alcanza con repetir, y es necesario construir un filtro personal. En ese sentido la música y más en general la cultura funcionan como un diálogo en el que quienes van llegando se van sumando a esa conversación a la vez que, con su lectura, se apropian y transforman lo que ya estaba hecho. En ese sentido, esta idea de cultura rompe de manera bastante clara con la del genio que crea en soledad, aislado. Todos estamos inscritos en una tradición (o en varias) y dialogamos con esta (o estas). A veces para hacerle mimos, a veces para darle una patada y romperla.
La premisa fundamental de esta mirada es que sin apropiación no hay cultura. Sin el “robo” creativo, sin ese diálogo, la cultura se estanca y desaparece. O se convierte en un museo, que es también una forma de morir. Sin la apropiación de los que llegan, lo creado queda pegado al instante de su creación y dejaría de decirles cosas a las nuevas generaciones. La forma de que esas “obras maestras” sobrevivan es que alguien quiera verlas, quiera escucharlas y apreciarlas. Pero al ser vistas, escuchadas y apreciadas desde un nuevo contexto adquieren nuevos sentidos. Así, el sampleo de canciones viejas está lejos de ser un robo o una copia. Esa canción que Zitarrosa grabó en 1968 adquiere un sentido distinto al ser sampleada por Bajofondo 40 años después. De alguna forma, distinta vuelve a la vida.
Si el arte tuviera alguna función (y eso es discutible), seguro sería esa: lo relevante de la creación no es si es capaz de producir “obras maestras”, en el sentido que definimos a comienzos del siglo XX, o si nos apoya en la tarea de apropiarnos de nuestro propio destino, con las herramientas que tenemos a mano. En tanto esencia de lo humano, el sentido final del proceso artístico no debería ser responder al mercado (como en efecto lo es), sino a la emancipación del sujeto. De alguna forma, la experiencia artística es una especie de entrenamiento para la libertad personal. Y la modernidad, ese instante en que la creación se separa de su patrocinador religioso, nos proporciona un espacio de autonomía que funciona a la vez como “caja de herramientas”: podemos usar los materiales que tenemos alrededor para ser más libres. De alguna forma, esto sirve para llevarle la contraria al algoritmo, que nos va encerrando en su predicción de lo que se supone nos gusta, siempre con un criterio mercantil. Establecer un criterio propio, no solo en el mundo de arte sino en la vida en general, es la forma de construir la libertad propia.
De hecho, trasladar esta lógica de la autonomía y la apropiación al mundo de la política ya es una forma de ser más libre. Por supuesto, aquellas organizaciones que tratan de predecir y orientar nuestras preferencias políticas (y por ende nuestro voto) se sienten incómodas con esta clase de reivindicaciones, tan poco gregarias. Su negocio es, justamente, predecir qué nos puede llegar a gustar el mes que viene y así vendernos los championes o el candidato justo. De esta manera, ya no se trata de pertenecer, sino de lograr ocupar los espacios de libertad que construimos dentro de la estructura social que habitamos. Obviamente, nada de esto es nuevo, este debate es tan viejo como la propia modernidad. Sin embargo, conviene recordarlo, seguimos viviendo como vivimos, en un mundo cada vez más radicalizado, en donde además de tener que fumarse cualquier porquería que nos tira el algoritmo hay que fumarse la retórica de los radicales políticos de todos los colores, que, paradoja, ansían vivir en un mundo monocromático.
En ese sentido, las sociedades democráticas, tan desvalorizadas en los últimos tiempos, son un buen experimento (el mejor que conocemos) para intentar caminar juntos, de manera pacífica, respetando la autonomía de cada uno de sus miembros. Así, la pertenencia política no pasaría por la identidad, sino por un proceso autónomo (tanto como se pueda) en donde uno decide caminar con otros sin dejar de ser uno mismo. La fuente de ese caminar con otros no sería ni la mímesis, ni la religión ni la etnia. Apenas sería la ciudadanía, esa que nos otorga derechos y obligaciones. Y que nos da espacio para intentar crear y apropiarnos de nuestro propio destino, en esa especie de “acuerdo entre autonomías” que es la democracia. Y esa autonomía, ese tejido acumulativo de “apropiaciones” que se procesan de manera individual, es justo lo que incomoda a los profesionales de la política (que suelen estar en los partidos, pero también en las organizaciones de la sociedad civil y la academia). No hay nada que ponga más nervioso a quien quiere conducir nuestras preferencias que toparse con personas capaces de producir su propia posición en una negociación constante con su entorno y sus tradiciones. Las organizaciones no quieren ciudadanos con identidad propia, quieren fidelizar clientes, tal como hace el algoritmo con las canciones que nos ofrece.
Nuestra construcción ciudadana y personal necesita de unos acuerdos básicos para sostener ese “caminar juntos”. En ese sentido, la sociedad democrática debería ser más una alianza, un pacto entre iguales, que una identidad heredada. De hecho, la mirada identitaria es mucho más pasiva: uno es, pero no tiene agenda propia. La alianza es más exigente: uno está obligado a construir el vínculo de manera voluntaria y consciente. Sin autonomía personal (que no tiene nada que ver con el individualismo) no hay forma de saber qué queremos construir junto con los demás. Por eso, conviene seguir buscando aquella música que nos fascina por nuestra cuenta y darle cero bola al algoritmo.