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Cuando Renato Opertti me invitó a la presentación de su libro Redoblar las esperanzas en la educación, mi reacción inicial fue agradecerle y rechazar la propuesta. Le dije, con toda sinceridad, que no estaba calificado para ofrecer una mirada analítica sobre el material y que carezco de formación específica sobre educación. Soy apenas un ciudadano interesado en los temas educativos porque tengo la convicción, vivida en primera persona, de que educarse es el acto más revolucionario para quien no posee capital económico. Construir el capital cultural propio es un acto de rebeldía constante y es, además, el mejor ascensor social que conocemos. Finalmente, Renato me convenció de que esa perspectiva, la del tipo de a pie preocupado por los impactos sociales de los problemas educativos, era una que le interesaba sumar, así que acepté. Tuve el honor de compartir mesa con Denise Vaillant, experta en la materia, con Pablo Caggiani, director de la ANEP (Administración Nacional de Educación Pública), y con el dos veces presidente de la República Julio María Sanguinetti. Es decir, fui el último orejón del tarro y a conciencia.
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Las intenciones de la propuesta de Opertti están explicitadas en la propia introducción del libro: “Ya no se trata solo de transformar, reformar o ajustar la educación, sino esencialmente de visualizarla como una de las vías más potentes, confiables y sustantivas de sembrar futuros alternativos a un planeta y mundo actual que reproduce a pasos agigantados su propia insostenibilidad en lo político, social, cultural, afiliatorio, económico, territorial, ambiental y relacionado al cambio climático”. Esa declaración implica un desafío enorme, uno tan grande que veo muy difícil que en Uruguay, en la actual coyuntura (y no tan actual, ya que llevamos décadas casi en el mismo lugar) se pueda lograr esa clase de acuerdos entre quienes tienen la sartén por el mango. ¿Quiénes son esos que tienen el mango en la mano?: políticos, técnicos y autoridades educativas.
Por eso prefiero concentrarme en un par de problemas que se mencionan en el libro y que conectan con trabas recurrentes en el debate educativo. Opertti detecta dos problemáticas actuales en la educación o, mejor dicho, en los cometidos y objetivos de la educación. Una es la creación de “bandos” a la hora de enfrentar los problemas; otra es la fragmentación de las respuestas y las soluciones que se proponen a lo largo de todos los subsistemas. Ambas resultan perfectamente visibles en Uruguay, en donde se ha producido, además (y esto lo agrego yo), un desplazamiento del sujeto de la educación. Si uno se guía por lo que se publica en prensa, por lo que se propone en la charla pública, pareciera que el problema de la educación no son los estudiantes y la enorme proporción de trayectorias educativas truncas, sino la polémica entre elites: de un lado (algunos) partidos políticos y de otro los (sindicatos) docentes, que debaten acaloradamente durante años para terminar casi siempre cerca del cero absoluto. Visto desde el llano, ese enquistamiento del debate en términos que podemos llamar “ideológicos” y, con un poco más de barro, “chacreros”, ha logrado que los estudiantes solo aparezcan como coartada a la hora de tirarle los platos a la cabeza al rival político. Y casi nunca como sujetos activos de esos cambios que se necesitan para poder tener alguna clase de futuro.
Parecemos olvidar que todo el tinglado, docentes, administrativos, investigadores, inspectores, autoridades de todo tipo, carece de sentido si el estudiante, incluida la adquisición efectiva de conocimientos y su egreso del ciclo correspondiente, no está en el centro de cualquier medida que se tome. Por supuesto, todos y cada uno de quienes intervienen en la charla aseguran siempre hablar en nombre del mejor interés del estudiante. Pero pareciera que ese estudiante es más bien teórico. Porque pasan los meses, los años, las generaciones, y los datos del egreso en secundaria no mejoran. Estamos hablando de que casi la mitad de los estudiantes no termina el ciclo en tiempo y forma. Y que, entre los más pobres, es decir, entre quienes más necesitan ese egreso y esos conocimientos, por carecer de capital social y económico previo, son ocho de cada 10 los que no terminan. Y ojo que nos estamos refiriendo a la educación que es obligatoria.
Hablando de la no obligatoria, esto es de la universidad, la proporción de gente que efectivamente termina ese ciclo es una de las más bajas de la región. Y es que el sistema de ingreso libre de la Universidad de la República (Udelar) funciona, en la práctica, como un examen de ingreso masivo que se prolonga a lo largo de los primeros dos años, y que de facto termina generando una alta deserción y un costo económico y social importante. Por un lado, el costo hundido que provoca el abandono a lo largo de los primeros dos años (casi la mitad de los que ingresan). Por otro, la frustración de quienes comienzan la universidad solo para darse cuenta de que la preparación que traen es insuficiente. De esa forma, solo el 27% de los estudiantes de la Universidad de la República (Udelar) logra aprobar al menos una materia al año. Esto significa que el 73% restante o no aprueba exámenes o avanza a un ritmo que hace que obtener el título sea más bien improbable. Así, la tasa de egresados de la Udelar es una de las más bajas de la región, con relación a su matrícula. Mientras que en países con filtros (como Brasil o Chile) el 50%-70% de los que entran terminan, en Uruguay el sistema de ingreso libre, combinado con la mala base de secundaria, hace que la tasa de éxito sea apenas de un tercio de quienes comienzan. Como alguna vez dijo Charly García, la entrada es gratis y la salida, vemos.
El problema no parece ser entonces comenzar los ciclos sino terminarlos, al menos en secundaria y universidad. Por contraste, el debate educativo se presenta casi siempre en términos de gobernanza, como un combate entre los adultos que construyen esos bandos de los que se habla en el comienzo del libro. Esto es, cuánto poder me das, cuánto me quitas, quién toma las decisiones acá, quién las toma allá. O, también, generando falsas dicotomías como la de contenidos y competencias, un debate que si uno se saca el balde que impone el grupo de pertenencia, es perfectamente tasable mirando la evidencia disponible. Es indispensable lograr garantizar, en particular para los que arrancan con más desventaja, una educación pública de calidad en todos los niveles. Sin eso, el ascensor social seguirá roto y la brecha entre incluidos y excluidos será cada vez más amplia. De la misma forma en que Uruguay no puede tener dos políticas de infraestructuras (estamos rezando para que no venga otra sequía), tampoco puede tener dos políticas educativas que se contradigan y se reinicien cada cinco años.
En su libro Opertti habla de “una educación respetada y jerarquizada en el cerno de las políticas públicas, sustentada en la simbiosis entre propósitos, programas, gobernanza, gestión y financiamiento”. Ojalá esa campana encuentre muchos ecos, pero si no somos capaces de consensuar ni siquiera el propósito y, menos aún, el sujeto de la educación, la ecuación seguirá sin resolverse.