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Los niños que están creciendo ahora son los primeros en la historia humana que van a desarrollar su cerebro en presencia de entidades con una capacidad de procesamiento y de producción de lenguaje superior a la humana
La pregunta llegó en la mitad de la cena, sin anuncio. Mi hija menor, Julia, que tiene cuatro años, le preguntó a su mamá: “¿Por qué los adultos pueden mirar pantallas de noche?”. Su mamá le respondió que los adultos ya tienen el cerebro completamente desarrollado.
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Después de un rato, se dio vuelta hacia su hermana mayor, Ema, de siete años, y le dijo con total convicción: “Ema, nosotras tenemos el cerebro arrollado”.
Me reí. Me emocioné un poco también. Y después no pude dejar de pensar en eso.
Porque Julia no se equivocó en el razonamiento. Se equivocó en la palabra. Escuchó “desarrollado”, una palabra que todavía no es del todo suya, y construyó la versión más cercana que tenía disponible: “arrollado”. Y desde esa palabra imperfecta razonó impecablemente. Si los adultos tienen el cerebro desarrollado y los niños no lo tienen desarrollado, entonces los niños tienen el cerebro arrollado. La lógica se sostiene. La conclusión cerró. Le alcanzó.
Eso es aprender. No una versión simplificada o infantil de aprender. El mecanismo de actualizar nuestros esquemas mentales.
Todos hacemos eso. Escuchamos algo que no entendemos del todo, construimos la versión más cercana que tenemos disponible y seguimos desde ahí. La diferencia entre Julia y nosotros es de vocabulario y de la vergüenza que ya aprendimos a sentir cuando no sabemos algo. Julia no tuvo vergüenza. Explicó. Y le alcanzó.
Pero hay algo más en esa palabra equivocada que me dejó rumiando.
En el español que hablamos en el Río de la Plata, arrollado tiene un sentido particular. Algo arrollado es algo hecho un ovillo, apretado, comprimido, todavía sin desplegar. La ropa arrollada en un cajón. Un papel arrollado antes de abrirse. Y desarrollar viene exactamente de ahí: des-arrollar. Quitarle el arrollo. El desarrollo es el despliegue, el desenrollamiento.
Lo que Julia dijo, sin saberlo, es que ella tiene el cerebro todavía enrollado. Apretado. Comprimido.
Y durante mucho tiempo se leyó eso como déficit.
Un resorte apretado tiene más energía que uno extendido. Un cerebro que todavía no hizo todas sus conexiones es un cerebro que todavía puede hacerlas en cualquier dirección. La neuroplasticidad no es una cualidad del cerebro infantil a pesar de estar “arrollado”, es una cualidad porque está arrollado. Porque todavía no se cerró. Porque todavía puede ir a cualquier lado.
Lo que llamamos “cerebro en desarrollo” podría leerse diferente. Podría ser que el cerebro todavía no perdió opciones. Eso no significa que el despliegue sea indiferente a lo que ocurre mientras tanto. Todo lo contrario, sabemos que la calidad y la cantidad de las interacciones en los primeros años de vida inciden profundamente en cómo ese cerebro termina desplegándose, en qué capacidades se afianzan, en qué recursos lleva ese niño el resto de su vida.
Y sin embargo, construimos sistemas enteros, en educación, en crianza, en política, orientados a acelerar ese despliegue. Como si el objetivo fuera que el cerebro termine de desenrollarse lo antes posible. Como si la potencialidad fuera un estado transitorio a superar, y no la condición más valiosa que ese cerebro va a tener en toda su vida.
El debate sobre pantallas, sobre inteligencia artificial, sobre lo que les estamos haciendo o dejando de hacer a los niños de hoy, gira casi siempre alrededor de la protección. Cómo preservar ese cerebro frágil de estímulos que no puede procesar, de velocidades que no le corresponden, de contenidos que llegan antes de que esté listo. La lógica es comprensible. Pero hay algo que esa lógica asume sin decirlo y es que sabemos lo que “estar listo” significa. Que tenemos el mapa del territorio.
No lo tenemos.
Los niños que están creciendo ahora son los primeros en la historia humana que van a desarrollar su cerebro en presencia de entidades con una capacidad de procesamiento y de producción de lenguaje superior a la humana. No superiores en todo, no conscientes, no equivalentes en ningún sentido profundo. Pero capaces de conversar, de razonar, de producir texto y argumento a una velocidad y escala que ningún humano puede igualar. Eso es nuevo. No sabemos qué conexiones va a hacer Julia con ese contexto. No sabemos qué va a significar “aprender a escribir“ o “aprender a argumentar” o “aprender a dudar” para alguien que crece con eso al lado. No sabemos si las categorías que usamos para pensar el aprendizaje van a seguir siendo útiles.
No tenemos el mapa porque el territorio no existía.
Y sin embargo, discutimos como si lo tuviéramos. Como si la pregunta fuera simplemente de dosis y de horario.
Yo tampoco lo sé. Soy de los adultos que tienen el cerebro “desarrollado”, que lleva años pensando en educación y en tecnología, y que se para frente a este momento con más preguntas que certezas. La diferencia es que aprendí a sentir incomodidad con eso. Julia todavía no. Para ella, una explicación que cierra es suficiente. Después de la cena siguió con su vida.
Quizás eso también sea algo que perdemos cuando el cerebro se termina de des-arrollar. La capacidad de quedarnos tranquilos con una comprensión provisoria. De construir la versión más cercana disponible y seguir.
El cerebro arrollado de Julia no es un cerebro que todavía no llegó. Es un cerebro que todavía puede ir a cualquier lado. Y mientras los adultos discutimos qué pantallas le mostramos, ella está haciendo conexiones que ninguno de nosotros puede predecir, con herramientas que ninguno de nosotros tuvo, hacia lugares que ninguno de nosotros puede imaginar.
Eso no me da miedo. Me parece fascinante. Y me da ganas de algo más difícil de controlar. Crear las estructuras que le den la bienvenida a esa curiosidad y potencialidad, sin coartarlas con nuestros miedos, mientras hacemos los adultos lo mejor que podamos. Que no es poco.
Julia, mientras tanto, ya había seguido con su vida. Nosotros todavía estamos en la cena.