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    El espectáculo de los hombres

    El problema no es solo el hecho de “poner a una mujer en bikini” sin su consentimiento en una red social utilizando la IA, sino el rapidísimo espiral de violencia que lleva a muchos hombres a pedir a la herramienta que agregue “sangre, moretones, sonrisa forzada, posiciones sexualizadas”

    Columnista de Búsqueda

    El revuelo es porque apareció una inteligencia artificial (IA) que genera imágenes de personas sin ropa, a partir de fotos de personas vestidas. Lo que repugna, pero no sorprende, es el uso que se le da a una tecnología con estas características. El resultado es prácticamente el mismo de siempre: miles de hombres de todo el mundo con unas ganas infinitas de violentar a las mujeres. Así de básico, así de real, así de triste.

    Según explica el periódico británico The Guardian, las primeras solicitudes a la IA para que creara imágenes de mujeres “en bikini” fueron realizadas a principios de diciembre por apenas “un puñado de cuentas”. Ya hacia el 13 de diciembre, las solicitudes de “bikinis” habían subido a un promedio de entre 10 y 20 por día. El 29 de diciembre llegaron a 7.123 solicitudes, y el 30 de diciembre a 43.831. Para Año Nuevo, ya se había vuelto viral a escala mundial, y el 2 de enero llegó a 199.612 solicitudes individuales, según un análisis realizado por la empresa británica Peryton Intelligence, especializada en amenazas digitales. El 8 de enero, las cifras alcanzaban las 6.000 solicitudes por hora.

    El problema no es solamente el hecho de “poner a una mujer en bikini” sin su consentimiento en una red social (que ya es suficientemente violento y desagradable), sino el rapidísimo espiral de violencia que lleva a muchos hombres a asociar inmediatamente una imagen de una mujer semidesnuda con una de golpes y abuso, pidiendo a la IA que agregue “sangre, moretones, sonrisa forzada, posiciones sexualizadas”. Además, la IA fue también usada para alterar fotos de adolescentes y niñas, transformándolas en imágenes sexuales explícitas.

    Las voces se alzaron en todo el mundo para pedir control ante esta situación y evitar que la IA siguiera viabilizando estos abusos. Así, el 9 de enero, la empresa desactivó el generador de imágenes para la mayoría de los usuarios, pero mantuvo la función disponible para los suscriptores de pago, decisión que parece más una tomada de pelo que una respuesta seria al problema. Pero lo verdaderamente preocupante, más allá de las acciones legales contra una empresa de IA, es cómo se desactiva eso que hace que tantos hombres en el mundo sigan precisando afirmar su masculinidad a través de la violencia sexual hacia las mujeres.

    Se trata, como diría la antropóloga argentina Rita Segato, de un “espectáculo de impunidad”, en el que la manera que tienen estos hombres de expresar su poder “es en los cuerpos de las mujeres”. Segato, que entrevistó durante años a hombres condenados por violación en cárceles brasileras, desarrolló el concepto de pedagogías de la crueldad, entendido como todos esos actos y prácticas que “enseñan, habitúan y programan” a los sujetos en la insensibilidad y la deshumanización, transformando a las personas y sus cuerpos (especialmente los femeninos) en objetos de consumo desechables. Segato afirma que el violador (y, en general, aquellos que violentan los cuerpos de las mujeres) busca, por un lado, “disciplinar a la víctima” y, por otro, “enviar un mensaje a sus pares”, donde la dominación sexual sobre el cuerpo de la víctima es una forma de “recibir el título” de hombre.

    Esta línea de razonamiento me resulta útil para imaginar a todos esos usuarios de la IA tecleando detrás de las pantallas, pidiéndole que humille públicamente a niñas y mujeres: “jajaja, ponela así, con la cola asá, la cabeza allá”. Sabiendo que cuanto más ingenioso y más humillante mejor quedará frente a los demás, sus cómplices. Esa necesidad de dar cuentas a otro de que se es lo suficientemente potente como para cumplir a la perfección con el “mandato de masculinidad”. Esa necesidad de demostrar que son capaces “de un acto de dominación, de vandalismo, de ‘tumbarse una mina’, de contar que se desafió un peligro; en fin, esos delitos pequeños que hacen a la formación de un hombre”, como dice Segato. Una “formación” que lamentablemente los conduce a una “estructura de la personalidad de tipo psicopático”, que precisa mostrar y demostrar que “se tiene ‘la piel gruesa’, encallecida, desensitizada, que se ha sido capaz de abolir dentro de sí la vulnerabilidad que llamamos compasión y, por lo tanto, que se es capaz de cometer actos crueles con muy baja sensibilidad a sus efectos”.

    Esta es apenas una cuenta más de un collar que se hace urgente romper, puesta al lado de otras miles de cuentitas, como el grupo de hombres en Italia que compartían en redes fotos íntimas de sus parejas sin su consentimiento, o el otro grupito de hombres que accedía a abusar de la esposa de uno de ellos en Francia mientras ella estaba inconsciente porque el marido la drogaba y otros tantos grupos de hombres a la vuelta de la esquina que afirman su masculinidad a través del abuso, mientras todos los que no están tan de acuerdo se quedan callados sin decir nada. Tengo fe en que esos callados algún día empiecen a levantar la voz contra un mandato de masculinidad que ya no los representa hace rato.

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