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    El futuro de la democracia global también se juega en América Latina

    Los populismos no inventan las frustraciones; suelen interpretarlas mejor que los partidos tradicionales; ofrecen explicaciones simples y prometen recuperar el control, pero pueden erosionar el pluralismo y convertir al adversario en enemigo

    ¿Por qué la democracia pierde terreno pese a tantos instrumentos para defenderla? ¿Cómo enfrentar la desconfianza, el autoritarismo, la inteligencia artificial y el desorden internacional? ¿Qué papel le corresponde a América Latina?

    Estas preguntas atravesaron la trigésima edición de Forum 2000, celebrada en Praga. Fundado en 1997 por Václav Havel, líder de la resistencia al comunismo, y Elie Wiesel, nobel de la Paz, se ha convertido en una suerte de Davos de la democracia: un encuentro de defensores de la libertad.

    Participé en varias discusiones, como con Yuval Noah Harari, historiador y autor de Sapiens; Larry Diamond, politólogo de Stanford especializado en democracia; Carl Gershman, presidente fundador de la National Endowment for Democracy; Lech Wasa, expresidente de Polonia y nobel de la Paz, y Tawakkol Karman, activista yemení y nobel de la Paz. Comparto siete reflexiones para nuestra región.

    1. La democracia retrocede, pero el autoritarismo no es invencible. El mundo atraviesa dos décadas de deterioro democrático. Gobernantes elegidos en las urnas capturan instituciones, restringen libertades y alteran las reglas electorales.

    Dos elecciones recientes ofrecen un contrapunto. En abril, después de 16 años de gobierno de Viktor Orbán, el movimiento convertido en partido Tisza, liderado por Péter Magyar, ganó en Hungría. Y en octubre, en Serbia, una lista impulsada por un movimiento estudiantil derrotó electoralmente al bloque de Aleksandar Vui, tras numerosas protestas. En ambos, nuevos actores transformaron el descontento en alternativas.

    En Budapest exploré las razones del cambio: presencia territorial, narrativa de esperanza y atención a problemas cotidianos como salud, educación y costo de vida. La alternancia no garantiza la recuperación democrática: deberán reconstruir instituciones sin repetir viejas prácticas.

    2. El populismo crece donde la democracia deja de responder. Larry Diamond e Iveta Radiová, ex primera ministra de Eslovaquia, analizaron el auge populista. Inseguridad económica, desigualdad, migración, disputas identitarias y sensación de abandono alimentan la política emocional.

    Los populismos no inventan las frustraciones; suelen interpretarlas mejor que los partidos tradicionales. Ofrecen explicaciones simples y prometen recuperar el control, pero pueden erosionar el pluralismo y convertir al adversario en enemigo.

    Quizás los defensores de la democracia nos hemos enamorado demasiado de conceptos como Estado de derecho, institucionalidad y separación de poderes, indispensables para limitar abusos, descuidando otra dimensión: la capacidad del Estado para ejercer el poder, transformar realidades y mejorar la vida de las personas. Una democracia que controla el poder pero no lo utiliza para resolver problemas debilita su legitimidad.

    La respuesta democrática no puede limitarse a denunciar al populismo ni a defender instituciones abstractas. Debe demostrar que libertad y pluralismo pueden convivir con seguridad, prosperidad y servicios públicos efectivos. Necesita escuchar e inspirar. La democracia no solo debe ser defendida: debe volver a ser deseada.

    3. La inteligencia artificial inaugura una nueva disputa por el poder. Una de las intervenciones más provocadoras fue la de Yuval Noah Harari. Su advertencia fue más allá de las noticias falsas: la inteligencia artificial podría permitir una influencia política basada en la “intimidad masiva”. Estos sistemas pueden aprender emociones y persuadir individualmente.

    También puede fiscalizar gobiernos, detectar corrupción, mejorar servicios y ampliar la participación. ¿Quién controlará estas tecnologías? Harari advirtió que Estados Unidos y China lideran la carrera, y los demás pueden quedar fuera de las decisiones.

    América Latina necesita capacidades propias, cooperación y reglas que protejan la autonomía humana. La tecnología puede democratizar el poder o concentrarlo como nunca antes.

    4. El orden internacional cambia y América Latina necesita una voz propia. El debilitamiento del multilateralismo, la rivalidad entre Estados Unidos y China, la guerra en Ucrania y el repliegue de parte de la cooperación internacional están modificando las condiciones de defensa de la democracia.

    En Praga se cuestionó la creciente incertidumbre de la política exterior estadounidense y se señaló que Europa deberá asumir mayores responsabilidades. Pero surgió otra idea: los países pequeños y medianos no están condenados a la irrelevancia. Pueden ganar influencia con instituciones sólidas, alianzas y acción colectiva.

    América Latina posee recursos estratégicos, biodiversidad, minerales críticos, potencial energético y una posición geográfica privilegiada. Sin embargo, suele actuar como países aislados. Como planteó Ana Helena Chacón, exvicepresidenta de Costa Rica, nuestra región no debería limitarse a escoger entre grandes potencias, sino fortalecer su propia autonomía.

    Esto exige integración pragmática, diversificación comercial y una política exterior guiada por principios, no por afinidades ideológicas circunstanciales. La soberanía del siglo XXI también depende de nuestra capacidad para cooperar.

    5. El crimen organizado amenaza las bases de la democracia. América Latina enfrenta un desafío particularmente grave: organizaciones criminales que penetran gobiernos, financian campañas, corrompen jueces, controlan territorios y amenazan periodistas.

    Sin seguridad, aumenta la disposición a sacrificar libertades a cambio de protección. En Forum 2000 surgió una coincidencia: seguridad y derechos humanos no deberían presentarse como objetivos incompatibles. Necesitamos policías profesionales, Justicia independiente, cooperación y prevención, no represión sin controles. La seguridad no es enemiga de la democracia: es una condición para que la libertad pueda ejercerse.

    6. Una nueva generación está reinventando la participación política. Rechazar a los partidos no significa rechazar la política. Desde Kenia y Bangladesh hasta Guatemala y Serbia, jóvenes organizados en redes y movimientos están impulsando nuevas formas de acción colectiva.

    Kimberly Barrios, activista guatemalteca, resumió una transformación fundamental: los jóvenes no necesariamente quieren pertenecer a una organización o partido; quieren formar parte del cambio. Serbia lo ilustra: las protestas iniciadas tras el derrumbe mortal de una marquesina ferroviaria en 2024 evolucionaron hacia una lista de ciudadanos de diversas profesiones, seleccionados por asambleas estudiantiles, que obtuvo la mayoría parlamentaria.

    El desafío es pasar de protestar a proponer y de ganar a gobernar. Los movimientos necesitan programas; los partidos, nuevos liderazgos. El futuro democrático requiere conectar la energía de los movimientos con la capacidad de las instituciones.

    7. La solidaridad democrática necesita reinventarse, sin dobles estándares. En Praga debatimos cómo convertir la solidaridad regional en acciones concretas. Surge una pregunta incómoda: ¿de qué sirve tener una buena Carta Democrática Interamericana si su aplicación es irregular y sus consecuencias, tantas veces, insuficientes?

    La OEA ha perdido capacidad de convocatoria e influencia ante crisis regionales. Sus mecanismos dependen de gobiernos que denuncian a adversarios y callan ante aliados. Así, la defensa de la democracia termina subordinada a la geopolítica o a la identidad ideológica. Es hora de explorar nuevas formas de cooperación.

    ¿Por qué no impulsar una red latinoamericana plural de demócratas —con exmandatarios, parlamentarios, líderes sociales, universidades, medios, empresas y organizaciones ciudadanas— independiente de los gobiernos? Una alianza que vigile señales tempranas de concentración del poder, documente abusos, proteja periodistas y defensores, conecte observadores electorales y movilice respuestas rápidas. Que denuncie por igual los abusos y ataques institucionales, vengan de la izquierda o de la derecha.

    No sustituiría a la OEA: la complementaría y exigiría coherencia. Requeriría evidencia, transparencia y crítica a los aliados. La solidaridad democrática solo tiene sentido si deja de ser selectiva.

    En la clausura, Carl Gershman recordó una intuición central de Havel: incluso un acto moral aparentemente pequeño, sin consecuencias políticas inmediatas, puede adquirir con el tiempo enorme trascendencia. Su idea del poder de los sin poder sigue vigente.

    La democracia no se sostendrá únicamente mediante mejores leyes, tecnologías o líderes providenciales. Necesita gobiernos que respondan, partidos que se renueven, instituciones que limiten el poder y ciudadanos que se organicen más allá de sus diferencias. Hungría y Serbia muestran posibilidades, no garantías.

    El futuro de la democracia global también se juega en América Latina. Y nuestro mayor riesgo no es solamente perder libertades, sino acostumbrarnos a creer que nada podemos hacer para defenderlas.