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Bienvenidos al fascinante mundo de los thanabots, griefbots o deathbots, distintos nombres para una misma criatura: programas capaces de recrear digitalmente a personas fallecidas y de permitir que nosotros, sus deudos, sigamos conversando con ellas
Papá podría estar sentado frente a mí en su butaca de siempre, las piernas ligeramente extendidas y los pies cruzados, el vaso de whisky sobre el brazo del sillón y su aire de estar a punto de pronunciar una verdad definitiva sobre la situación del país. Hasta podría llevar puesto el traje azul con el que lo enterramos. Y no, no haría falta recurrir a una médium con turbante para invocar al muerto, no necesitaría una mesa de tres patas ni los servicios de una señora que asegura tener línea directa con el más allá, no sería necesario pronunciar tres veces su nombre delante del espejo ni esperar a que una cortina se moviera misteriosamente.
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Él estaría allí sentado, de regreso a la vida y tan campante, dispuesto a discutir conmigo sobre el gobierno y la oposición, la corrupción y, por supuesto, sobre lo mal que está el mundo desde que él no está entre nosotros para poner un poco de orden.
Porque si querés tener a tus muertos de regreso basta con contratar los servicios de una empresa tecnológica. Después habrá que facilitarle fotos y videos, grabaciones de voz, mensajes de texto, toda la información posible sobre el difunto. Y dejar trabajar a la inteligencia artificial (IA).
Bienvenidos al fascinante mundo de los thanabots, griefbots o deathbots, distintos nombres para una misma criatura: programas capaces de recrear digitalmente a personas fallecidas y de permitir que nosotros, sus deudos, sigamos conversando con ellas. Muertos interactivos o difuntos con conexión a través de una aplicación.
Y no, no estamos hablando del futuro, de un episodio de Black Mirror ni de un proyecto secreto que desarrolla un científico de Silicon Valley; es una realidad comercial y hay empresas que hoy ofrecen estos servicios con distintas modalidades y grados de sofisticación. Desde un sencillo intercambio de mensajes de texto hasta recreaciones de voz y presencia en realidad virtual, en realidad aumentada y hasta proyecciones holográficas capaces de mantener conversaciones mediante avatares. El catálogo de posibilidades depende del dinero que estés dispuesto a invertir, porque incluso para resucitar hay tarifas, planes y condiciones de contratación.
Pero volvamos a la instrumentalización. La IA hará su trabajo y reunirá los fragmentos desperdigados en la vida digital del fallecido: fotos, videos domésticos, correos electrónicos, conversaciones, mensajes de voz, publicaciones en redes sociales. Todo ese material que antes guardábamos en carpetas, discos duros y teléfonos viejos sin sospechar que algún día podría convertirse en materia prima para fabricar una especie de doble digital del que ya no está entre nosotros.
Imaginemos la escena. Es domingo por la tarde y uno se prepara un café, abre el teléfono y escribe: “Papá, ¿leíste lo del choque de trenes en Urda?”. Y del otro lado aparece la respuesta del muerto construida en base a sus antiguas opiniones, a su registro lingüístico y patrones de conversación, a sus opiniones políticas. Tal vez incluso reproduzca aquella ironía tan suya y aquella irritante costumbre de considerar que la última palabra le correspondía por derecho.
El mercado ha encontrado un nuevo nicho (nunca mejor empleada la palabra) de oportunidades donde hasta ahora solo había existido una experiencia humana: la pérdida. ¿Y quién no tiene un fallecido al que amó? Si durante siglos nos vendieron flores, ataúdes, lápidas y servicios funerarios, ¿por qué no vender una segunda vida digital? El negocio tiene hasta ventajas logísticas porque no necesita cementerio, no ocupa espacio, no exige mantenimiento. Alcanza con tener la factura al día.
No pretendo subirme al poni y despachar el asunto con una condena moral, sería demasiado fácil y probablemente injusto. El recurso de traer al fallecido ya se estudia en psicología y, como es de suponer, presenta pros y contras. Si escuchar otra vez la voz de un ser querido puede resultar un consuelo, un recurso transitorio para elaborar la pérdida, una manera de conservar recuerdos o de afrontar una despedida que quedó incompleta, también existe un riesgo de dependencia emocional o de confundir la simulación con la realidad. Me imagino que si uno contrata el servicio, en algún punto convendrá detenerse y plantearse con quién está hablando realmente, o sea, reconocer que es un algoritmo que ha aprendido a imitar a nuestro muerto, que estamos conversando con el recuerdo que conservamos, con una versión estadística de la que fue su personalidad.
Confieso que me perturba un poco imaginar que un día podría recibir un mensaje con la voz de mi padre comunicándome que el servicio ha caducado por falta de pago. “Lo sentimos, su ser querido ha dejado de estar disponible. Renueve la suscripción para continuar disfrutando de sus conversaciones”. Así la muerte, hasta ahora tan definitiva y gratuita, podría convertirse en un servicio premium.
También pienso si el resultado que arrojaría la IA no sería un padre artificial, alguien que nunca se enoja ni discute, que siempre tiene tiempo para escucharnos, si la reproducción no acabaría siendo un padre bastante mejor que el original. Un santo sin malos humores, sin discusiones incómodas, sin enfermedades y, sobre todo, sin la pésima costumbre de morirse.
Sí, hoy papá podría estar sentado frente a mí con su whisky, su traje azul y sus opiniones políticas intactas. Podría preguntarle qué piensa del choque de trenes en Urda, discutir con él y escuchar otra vez sus argumentos. Pero cuando apagara el programa el whisky seguiría intacto en el brazo del sillón, el traje azul sería un conjunto de píxeles que se disolvería y él seguiría tan muerto como está desde hace años. Habrá que tener muy claro que eso es una especie de juego, que ese avatar no es padre, que la tecnología podrá copiar su voz o imitar un gesto, podrá reproducir una forma de pensar y hasta de reconstruir su lenguaje, pero nunca podrá darnos los momentos que no tuvimos, el abrazo que no nos dimos, las palabras que dejamos para otro día.