Llega el último refugio del tiempo lento antes de que el año “arranque” en serio después del verano. Llega la Semana de Turismo y, con ella, se produce ese fenómeno tan nuestro: el país suspira, baja las revoluciones y se vuelca a la ruta.
En una era en la que la conectividad es una exigencia y el scroll infinito nuestra principal distracción, el verdadero privilegio ya no se mide en kilómetros recorridos ni en destinos exóticos, sino en estar presentes
Llega el último refugio del tiempo lento antes de que el año “arranque” en serio después del verano. Llega la Semana de Turismo y, con ella, se produce ese fenómeno tan nuestro: el país suspira, baja las revoluciones y se vuelca a la ruta.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUruguay, con su amplio abanico paisajístico, parece vivir en otoño su mejor momento, siguiendo su línea moderada de clima templado y territorio suavemente ondulado. En media estación es cuando despliega su perfil más favorecedor. Tal vez esto tenga que ver con su luz.
Fotógrafos de otras partes del mundo que han llegado hasta aquí se han quedado deslumbrados por la luz que ilumina esta parte del planeta. No tengo muy estudiado a qué corresponde ese fenómeno, pero es seguro que le da un encanto único. Nosotros estamos acostumbrados y casi no lo notamos, pero si prestamos atención cuando contemplamos un paisaje que nos encanta, seguramente la luz tenga su incidencia.
Esa luz es la que proyecta los colores intensos del otoño. Verdes en toda su gama, potentes, omnipresentes. Marrones, ocres, amarillos, y algún toque extraordinario de rojo. Las luces del cielo también nos maravillan. El poderoso celeste salpicado de nubes con formas, texturas y colores increíbles. Si miramos desde lo alto de un cerro, las postales frente a nosotros se definen por los juegos de la luz. La inmensidad y la belleza nos conmueven. Y si lo permitimos, nos regalan un momento de conexión plena con la naturaleza, con el mundo, con el presente.
En una era en la que la conectividad es una exigencia y el scroll infinito nuestra principal distracción, el verdadero privilegio ya no se mide en kilómetros recorridos ni en destinos exóticos, sino en estar presentes. Es esa capacidad de apagar las notificaciones para encender los sentidos; de cambiar la luz azul de la pantalla por las infinitas variantes de los rayos del sol sobre el mundo real.
No importa si es en una estancia en Tacuarembó o en un balneario de Rocha o incluso en un parque en los bordes de Montevideo; el lujo hoy es el silencio y la disponibilidad total para los nuestros.
No importa si es en una estancia en Tacuarembó o en un balneario de Rocha o incluso en un parque en los bordes de Montevideo; el lujo hoy es el silencio y la disponibilidad total para los nuestros. Da la sensación de que son dos cosas casi inalcanzables, y, sin embargo, es solo dejar el teléfono a un costado, “olvidarlo” en algún rincón. Si estamos con los nuestros, no necesitamos estar en contacto con nadie más en estos días de descanso.
Esta edición de nuestra revista es una invitación a habitar ese paréntesis. Uruguay nos ofrece el escenario perfecto para el slow living: una charla sin mirar el reloj, el ritual del mate frente a un paisaje que no necesita filtros, o el simple placer de leer un libro hasta que la luz natural nos lo permita.
Las cabalgatas, para los que no le temen al caballo, son una excelente manera de conectarse con la naturaleza, visitar lugares agrestes, con vegetación frondosa, mientras se dejan llevar por el movimiento cadencioso que impone el paso del animal. Quienes saben dicen que es una excelente actividad para regular la ansiedad y el estrés, pues lleva a las personas a un estado de relajación profunda, y alcanzarlo es esencial para forjar un vínculo con el caballo, por más breve que sea. Esta semana, María Inés Fiordelmondo les presenta cinco lugares bien distintos donde hacer cabalgatas, desde las dunas de Valizas o la laguna de Rocha, hasta las sierras de Minas, pasando por las playas del oeste de Montevideo. “Llevá la energía del caballo hacia vos. Ellos se sincronizan con tu ritmo cardíaco”, le dice una guía a una joven que no montaba desde niña, según cuenta en la nota. Fascinante.
No se trata solo de hacer turismo interno, sino de hacer un viaje hacia adentro. De permitirnos estar “fuera de servicio” para el mundo digital y plenamente disponibles para lo que importa: la familia, el entorno y nosotros mismos. Porque, al final del día, las mejores historias no son las que se suben a una red social, sino las que se quedan grabadas en la memoria de una tarde de otoño. Simplemente porque conectamos con el presente.
Disfruten del silencio, de la calma y, sobre todo, de la bendita desconexión.