• Cotizaciones
    jueves 14 de mayo de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    El reloj que se derrite

    Lo que persiste son las decisiones, las relaciones, las personas a las que enseñamos algo y las apuestas que hicimos cuando nadie nos garantizaba el resultado

    Columnista de Búsqueda

    En la sala de espera de mi terapeuta hay colgado un cuadro que nunca me aburro de mirar mientras aguardo por mi sesión. Un reloj de bolsillo derritiéndose sobre la rama seca de un olivo. Dalí lo pintó en 1931 y lo tituló La persistencia de la memoria. La paradoja del cuadro, algo que persiste mientras se desvanece, describe con precisión incómoda nuestra relación con el tiempo, sobre todo la de quienes vivimos rodeados de calendarios.

    Los ejecutivos vivimos en una contradicción curiosa. Por un lado, nadie mide el tiempo con tanta obsesión. Agendas en bloques de 15 minutos, trimestres como jueces de lo bueno y lo malo, años fiscales, deadlines, indicadores. Por el otro, nadie lo siente pasar tan rápido. Le preguntás a un director general cómo fue el último año y te dice que no sabe, que lo vivió entero en aviones. Le preguntás dónde se le fue la década y, si es honesto, baja la mirada.

    Hay una explicación posible y es vieja. Hace casi 2.000 años, Séneca le escribió a un amigo, Paulino, un funcionario imperial absorbido por la administración del trigo de Roma, un ensayo brevísimo titulado De brevitate vitae. La tesis del texto, traducida a lenguaje contemporáneo, es brutal. La vida no es corta. La malgastamos. “No recibimos una vida breve, sino que la hacemos breve”, escribe Séneca. Y diagnostica con asombrosa precisión a su corresponsal. Vive ocupado, pero no vive ocupado en lo suyo. Vive ocupado en lo de todos los demás. Cualquiera que haya cerrado el último día hábil del año mirando una agenda que no recuerda haber decidido entiende exactamente de qué habla. La diferencia entre estar ocupado y estar viviendo es, quizá, la frontera más difícil de defender del oficio, y es una frontera que el calendario corporativo no defiende solo. Hay que defenderla a mano.

    Heráclito lo había dicho antes aún. Nadie se baña dos veces en el mismo río. Solemos leer la frase como una elegía, todo pasa y nada vuelve, pero también puede leerse en clave de negocios. Si el río no es el mismo, vos tampoco. Entonces, cada decisión es, literalmente, irrepetible. La reunión que pospusiste tres veces porque no era urgente no la vas a volver a tener exactamente igual. El cliente al que no llamaste el martes ya no es el mismo cliente el viernes. Lo que en la planilla parece “lo mismo”, comprar la empresa este año o el próximo, abrir la sucursal ahora o en dos trimestres, nunca es del todo lo mismo. Cambia el contexto, cambia la competencia, cambia uno. Esa es la paradoja silenciosa de las decisiones ejecutivas. Las analizamos como si fueran imagenes comparables, cuando, en realidad, cada una ocurre en un río distinto.

    Los griegos tenían dos palabras para lo que nosotros llamamos tiempo, y vale la pena recordarlas. Chronos era el tiempo de los relojes, el que se cuenta y se mide, el de los trimestres y las planillas. Kairós era el tiempo del momento oportuno, el instante decisivo, ese punto exacto en el que una conversación se vuelve transformadora, una decisión cambia el curso de un negocio, un riesgo deja de ser temerario y se vuelve sabio. Toda la sabiduría del oficio podría resumirse en aprender a distinguir uno del otro. Las organizaciones que solo viven en chronos se llenan de actividad y se vacían de sentido. Las que solo persiguen kairós se vuelven imprudentes. La verdadera maestría está en operar el chronos sin dejar que sofoque al kairós cuando aparece, porque el kairós siempre aparece de manera inoportuna, en medio de una agenda ya cerrada.

    Las personas que terminan siendo recordadas en una organización rara vez son las que tuvieron más reuniones. Son las que tomaron decisiones, en algún momento, que iban a sobrevivirles. Un proceso que enseñaron y se quedó después de su renuncia. Una decisión incómoda que pagaron caro, pero que orientó a la empresa 10 años. Un colaborador al que mentorearon cuando nadie miraba. La pregunta del legado no es una pregunta vanidosa. Es la única forma honesta de invertir el tiempo cuando uno entiende que el tiempo no se invierte como el capital. El capital, si lo perdés, podés volver a juntarlo. El tiempo no.

    Jeff Bezos cuenta que tomó la decisión de fundar Amazon mediante lo que llamó el marco de la minimización del arrepentimiento. Se proyectó a los 80 años y se preguntó qué iba a lamentar más, haberlo intentado y fallado, o no haberlo intentado nunca. Es una herramienta sencilla, pero el verdadero hallazgo no es la respuesta. Es la pregunta. Cualquier ejecutivo puede hacérsela el lunes por la mañana, antes de mirar la bandeja de entrada. Dentro de 20 años, qué de lo que voy a hacer hoy voy a recordar como tiempo bien gastado. Casi siempre no es lo que aparece en la agenda.

    Marco Aurelio, que era el hombre más poderoso del mundo cuando escribió sus Meditaciones en los campamentos de la frontera del Danubio, llegó a una conclusión a la vez opuesta y complementaria. No miró hacia los 80. Miró hacia el minuto siguiente. Lo único que un hombre puede perder, anotó, es el presente, porque es lo único que verdaderamente posee. El que vivió 3.000 años y el que vive un solo día, al morir, pierden exactamente lo mismo, ese instante que está ocurriendo ahora y que se va. La idea, leída desde un escritorio del siglo XXI, tiene una utilidad práctica que sorprende. Lo que un ejecutivo está gastando, en cada minuto, no es el tiempo en abstracto. Es este minuto. Y, si lo está gastando en una reunión que podía haber sido un correo, en una conversación que viene posponiendo hace meses por incomodidad, o en una agenda que armó otro, está gastando el único capital verdaderamente irrepetible que tiene. Bezos enseña a no llegar a viejo con arrepentimientos. Marco Aurelio enseña a no llegar a la noche con un día gastado en lo que no era. Las dos lecciones se complementan, y ningún calendario corporativo las pone en conjunto.

    Vuelvo al cuadro de Dalí. El reloj se derrite porque tiene que derretirse. Esa es su definición. La paradoja, sin embargo, está en el título, en esa palabra inesperada que es persistencia. Lo que persiste no es el reloj. Es lo que el reloj midió cuando todavía marcaba. Persiste lo vivido, no el dispositivo que lo cronometró. Quizá esa sea la lección menos cómoda y más útil para alguien que pasa la vida cumpliendo trimestres. Los trimestres terminan. Las semanas se vacían. Las agendas se borran. Lo que persiste son las decisiones, las relaciones, las personas a las que enseñamos algo, las apuestas que hicimos cuando nadie nos garantizaba el resultado. Eso es lo que el tiempo, finalmente, no se lleva. Lo demás, la mayor parte de lo demás, ya se está derritiendo.