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En recuerdo del escultor Pablo Damiani, fallecido a comienzos de octubre: un artista sensible y sofisticado que elevaba simbólica y metafóricamente la nobleza natural de la madera con sugestivos e intrigantes hallazgos
Hace pocas semanas falleció en Montevideo el escultor Pablo Damiani (Nueva York, 1961). Hacía tiempo que no lo veía ni sabía nada de él y lo imaginaba trabajando, concentrado en sus maderas, en sus gubias y formones, creando, buscando, encontrando. Es por ello que guían estas líneas un profundo sentimiento de tristeza y a un mismo tiempo el genuino deseo de honrar la memoria de quien fuera un gran artista.
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Pablo Damiani fue un creador sensible y sofisticado, un escultor que conseguía hacer trascender la madera y elevar simbólica y metafóricamente su nobleza natural con sugestivos e intrigantes hallazgos. Y lo más sorprendente, las maderas se dejaban hacer.
Vivió por y para su obra, quizá porque pertenecía a esa extraña categoría de artistas que —por exigentes e inflexibles— suelen mantenerse al margen del ruido que el medio artístico acostumbra a producir. Y así navegó su bohemia, rodeado de sus tótems, sus cajones, tablas y teatrillos, todos ellos habitados por pequeños y enigmáticos seres, animales, y objetos, siempre convencido de que sus maderas hablaban por sí mismas.
Venía de una estirpe de artistas y de un hogar en el que se respiraba música, libros y arte; su abuelo Víctor Damiani fue uno de los más insignes barítonos que dio el Uruguay; su madre, Matilde Arocena, una fina tapicista, y su padre, Jorge Damiani, uno de los grandes maestros de la pintura nacional. No deja de ser una curiosa coincidencia que su padre haya nacido en Italia durante una gira internacional de su abuelo, y que él haya nacido en Nueva York durante la beca Guggenheim de su padre. En fin, cosas que pasan cuando hay artistas en la familia y los ritmos de la vida los marcan las exigencias que las vocaciones imponen.
Toda esta atmósfera rica en estímulos y abierta a la motivación, que sin duda fue la que sembró y propició su camino en el arte, tuvo también otra arista en la lógica búsqueda de una senda propia. Y la halló de modo espontáneo y natural, cuando siendo aún poco más que un adolescente se encerraba en el sótano de la casona familiar del Prado para tallar pequeños objetos en madera, que en un principio fueron figurativos y luego, ya decidido a ser escultor, supieron encontrar una veta de cariz simbólico y tenor surrealista.
Su pasión estaba en el contacto directo con la materia, en el duro y exigente trabajo manual que el oficio trae consigo, de allí que su taller estaba siempre repleto de viejas maderas, restos de huesos, tientos de cuero, herramientas y cepillos, y visitarlo era lo más parecido a orbitar alrededor de una galaxia misteriosa y desconocida.
A partir de la década de los años 80, su voz comenzó a pisar fuerte en el medio y se sucedieron exposiciones, premios y distinciones en bienales y salones, hasta que en 2001 llegó el primer premio del Salón Nacional de Artes Visuales. Aún tengo presente en mi memoria el impacto que me causó el montaje escenográfico de su exposición El silencio de los objetos en 2005 en el Aula Magna de la Universidad Católica. En esa ocasión asumió el desafío de adaptar el espacio a sus obras, darles contexto, arroparlas en unidad, y el resultado fue sobrecogedor. Es que Pablo Damiani trabajó la madera en diferentes tamaños y con distintas intenciones; hay obra de grandes dimensiones como sus majestuosos tótems y otras más pequeñas e íntimas, las que nacían de viejos restos de madera, marcos, cajones y ventanas que se abren en huecos geométricos para albergar figuras, formas volumétricas, grafismos y enigmáticas inscripciones. A todas ellas las guía el hallazgo intuitivo de sus potenciales y posibles formas, la búsqueda de las distintas texturas, la sensualidad de la talla con sus hendiduras y rasguños, el encuentro con el color en el que priman los naranjas y los azules.
Damiani fue un escultor que sentía una profunda admiración por la nobleza de la madera, una admiración que ha sido compartida, porque ha dejado huella en la escultura nacional en sus más diversas vertientes, un caleidoscopio que va desde el primer Gonzalo Fonseca a Julio Alpuy, Wifredo Díaz Valdez y Ricardo Pascale. Sin duda, Pablo Damiani integra esa lista de grandes nombres.
No es fácil despedir a un artista que se va, y puede resultar superficial decir que su obra va a sobrevivir a la humana transitoriedad. No obstante, vale el cliché, porque Pablo Damiani era un escultor que creía en las permanencias (no en las novedades), que confiaba en la labor paciente (no en las ambiciones pasajeras). Todo lo cual hace aún más presente esa “eternidad” que es solo privilegio del arte y de los artistas.