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    El sueño del debate oriental

    Si hablamos de debates, Brasil y Argentina nos pasan el trapo con holgura; ¿será tan difícil esperar para dentro de tres años un encuentro entre candidatos que se animen a confrontar ideas y modelos, se miren a la cara, se exijan respuestas y no tengan terror a pifiar?

    Columnista de Búsqueda

    Tan solo un sueño. Un debate presidencial en el que los candidatos efectivamente debatan. Que se miren, se hablen, se pregunten y se contesten. Que se cuestionen y contrasten sus propuestas. ¿Se imaginan?

    Recuerdo el último antes de las elecciones de 2024. Aburridísimo. Los candidatos mirando a cámara permanentemente, sin casi contestarse las alusiones, sin marcarle al otro cuando estaba acomodando la realidad a su favor. Qué siesta. Quizás lo único que dejó como aprendizaje este encuentro de candidatos es que es mejor no prometer que no se aumentarán los impuestos cuando es imposible preverlo. No solo porque es realmente imposible, sino porque es pan para hoy y hambre para mañana. Al primer impuesto que sube o se agrega a la lista tributaria aparece la lógica factura de quienes no olvidan la promesa. Y esa promesa podríamos decir que es prácticamente lo único que podemos recordar con certeza de esa instancia. Después, el mismo discurso que cualquiera de los aspirantes a la presidencia da en una rueda de prensa, en un acto, en una entrevista no muy exigente, en un almuerzo con empresarios. Ni una sola exigencia al otro para que conteste una pregunta, un “no me está respondiendo lo que dije en mi participación anterior”, un “el candidato está evitando contestar”, un “le pedimos explicaciones sobre las cifras de pobreza/delitos/empleo y no las está brindando”. Sobran ejemplos posibles para que la persona a la que le querés ganar las elecciones te conteste. Sin embargo, en Uruguay eso parece una utopía.

    Pero pensemos si a esos dos mismos candidatos, Yamandú Orsi y Álvaro Delgado, los llevamos al formato brasileño. Un estudio en el que pueden caminar, hablarse, incluso interrumpirse si el otro miente. Debatir, discutir. Eso sí, yo le sacaría la posibilidad de hacer morisquetas atrás cuando el contrincante está hablando. Primera morisqueta, tarjeta amarilla. Segunda, pierde minutos de exposición, y así. Faltas de respeto sobran como para agregar pases de comedia cuando se juega el futuro de un país.

    Y no es que esté planteando que aquí, dentro de tres años, ocurra un debate como el del pasado domingo entre el presidente Lula da Silva y el senador Flávio Bolsonaro. Allí hubo insultos, acusaciones groseras. No queremos más de eso en Uruguay, bastante tenemos con el Parlamento. Confrontación y discusión sí, insultos no. Debería ser un mantra.

    Pero volvamos al formato. Imaginen incluso si los moderadores, idealmente periodistas, pudieran preguntar, chequear datos en el momento y no solo marcar los tiempos y dar el pase al que le toque hablar. Si no, sinceramente, no es necesario un periodista. Alcanza con alguien que tenga un buen manejo del lenguaje y hable de corrido, preferentemente, sin furcios. Insisto, tan solo un sueño.

    Si hacemos el ejercicio de revisar también el último debate en Argentina en 2023 entre el hoy presidente Javier Milei y el candidato Sergio Massa, vamos a tener otro ejemplo. La memoria a veces juega malas pasadas y el archivo es el mejor aliado. Otra vez. Candidatos que le hablan al televidente y que, a la vez, se exigen respuestas. El inolvidable y reiterado “decime sí o no, Javier” de Massa hacia Milei que luego se convirtió en sticker de WhatsApp. Las salidas de tono del hoy presidente, que también ya mostraban el tipo de líder que luego sería, y la estrategia de Massa —y los años de gobiernos kirchneristas que millones de argentinos rechazaban—, que no le alcanzó para ganar la elección. Ambos se trataron permanentemente de mentirosos, un recurso que, por momentos, resultó agotador. No faltó la calificación de “ladrones”. Hubo “chorros”, “parásitos”. Todos adjetivos que, al menos por estos lados, no necesitamos. Pero se hablaron, se miraron a la cara, se trataron por el nombre. Recordaron sus fracasos, contrastaron modelos ideológicos y se tiraron con todo con el estilo argentino tan característico. No rescato el insulto ni el agravio. Sí el intercambio tan necesario.

    Es verdad que en general los debates presidenciales no suelen modificar lo que las personas ya piensan de los candidatos, lo que ya tienen decidido hacer en el cuarto secreto, y tampoco suelen convencer a los indecisos. Al menos en Uruguay es algo que los analistas miden y tienen claro. Pero, más allá de eso, la herramienta es valiosa. A mi modo de ver, incluso, saludable para la democracia. Dos personas que pretenden dirigir el país contrastando sus modelos y discutiéndolos cara a cara.

    Pero, claro, para eso los comandos de campaña de los candidatos deben aceptar otras reglas y no suele ser el caso. El que va ganando en las encuestas intenta evitar las patinadas y el que va atrás intenta picarla un poco más. Pero, ojo, no tanto, no sea cosa que nos salgamos del cartón preestablecido. Y el acuerdo entre las partes terminó con lo que vimos. Un “debate” manso, con el discurso armado para no errar y no hacer referencia a lo dicho por el competidor. Triste como uruguayo contento.

    En fin, mientras reflexiono sobre cómo podríamos hacer para que en Uruguay pudiéramos ver un debate firme, serio, sin insultos, pero con confrontación de ideas, me voy preparando para el viernes, que, si nada cambia en estos días, Lula y Bolsonaro volverán a enfrentarse en una discusión mano a mano que tendrá, seguramente, mucho teatro y poca propuesta, pero que no invitará al televidente al cabeceo incesante.