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    El tiempo hace el ‘check out’

    Entre Solís y San Francisco, en apenas 20 kilómetros de costa, hay un collar de hoteles en desuso que alguna vez prometieron el paraíso

    Columnista de Búsqueda

    Los hoteles sin uso de la costa —muchos ya convertidos en ruinas pese a las pomposas declaratorias de monumentalidad— reciben cada verano las vejaciones de temporada alta. El paisaje del abandono se anima con grafitis recientes, vidrios rotos, plásticos errantes y restos de noches bizarras revelados a la luz del día siguiente. Esos hoteles envejecidos se parecen a señores muy aseñorados que conservan la compostura mientras alguien les arroja tomates a la cara. De ese maltrato persistente nació una especie autóctona de vestigio arqueológico, todavía sin catalogar por los científicos, que bien podría aprovecharse para diseñar circuitos turísticos. ¿Por qué no un encantador sendero de promesas inmobiliarias incumplidas, una galería al aire libre de obras fallidas del espíritu capitalista?

    Entre los balnearios Solís y San Francisco, en el departamento de Maldonado, en apenas 20 kilómetros de costa, hay un collar de hoteles en desuso que alguna vez prometieron el paraíso. Son fantasmas cuyas glorias pasadas se vuelven más gloriosas con el desliz de cada capa de revoque... Por cierto, no son un fenómeno exclusivo de Maldonado. Los hay en Montevideo —basta pensar en el hotel Pajas Blancas—; en Colonia, el Casino Hotel de Carmelo; en Canelones, el Rex de Atlántida, y muchos más. Cada departamento parece tener el suyo, por no decir cada rincón con vista al mar o al río. El itinerario ruinoso podría comenzar en Salto, acompañado por un coro de lamentos, y terminar en La Coronilla, punto culminante y cementerio de hoteles.

    Silvia Soler 2

    En Piriápolis, al comienzo de la subida al cerro San Antonio —o cerro del Inglés—, se recorta el contorno del Hotel Suizo. Lo de contorno no es una licencia poética: el edificio perdió la mitad del techo y la galería. En la otra mitad, la chimenea acróbata se inclina sobre la chapa. Pero son ruinas suizas, al fin y al cabo, y Google Maps las señala como atractivo turístico. Lo suizo cotiza bien en estas tierras. Según historiadores locales, el hotel perteneció al futbolista Alfred Bosshard, nacido en Suiza, lo que en este caso justifica plenamente el nombre. Bosshard jugó en el Lugano y en el Milan, y con este último fue campeón de Italia en 1907. Más tarde se instaló en Uruguay con dinero suficiente para fundar este hotelito de corte europeo. Algo, sin embargo, salió mal. De acuerdo con el historiador Pablo Reborido, ciertas políticas peronistas interrumpieron el flujo de visitantes argentinos y el negocio se marchitó. Desde hace años, el predio está en venta, sin éxito. Hoy, un aviso inmobiliario lo anuncia como una “¡Oportunidad de inversión!”, con signos de exclamación incluidos. El precio supera el millón de dólares, una cifra que seguramente incluye el valor intangible de la nostalgia uruguaya.

    Una de las incorporaciones más recientes al club del olvido es la hostería Bellavista. El cartel de cerrado quedó colgado de manera definitiva el año pasado, aunque el deterioro había comenzado mucho antes. La hostería nació como parador La Boya, en la parte más vistosa de un balneario, al principio exclusivo y vinculado a la familia Aznárez. Como en tantos hoteles antiguos, las ventanas de las habitaciones son pequeñas —aunque miran al Río de la Plata— y los corredores se extienden largos y umbríos. Tal vez a mediados del siglo pasado la intimidad se valorara más que el espectáculo del atardecer, y los niños, bien peinados y sin arena en los pies, necesitaran subirse a un banquito para contemplar la puesta del sol desde la ventana. El paisaje sigue siendo excepcional, incluso hoy, por encima del cemento de la ruta 10 y del rumor constante de los motores. Gustavo Núñez, dueño de una inmobiliaria que la ofrece a la venta, dice que en el predio podrían construirse hasta 98 casas. Si ese extremo llegara a cumplirse, los aplausos al sol en los atardeceres de enero serían dignos de una estrella de rock.

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    A la lista se suman el hotel Alción, en balneario Solís; el Morgan Bay, en el límite entre Punta Fría y San Francisco —más moderno, con cuatro pisos y 36 habitaciones—; el España; y, en plena rambla, el Piriápolis, antiguo hotel de baños marinos convertido en referencia literaria por Juan Grompone. El último caso es singular porque el edificio, transformado en colonia escolar, sigue en funcionamiento y ha sido declarado Monumento Histórico Nacional. Aun así, pese a los homenajes y la alegría de los parlantes en la rambla, o quizás precisamente por eso, el edificio parece hundirse en la tristeza. La terraza se sostiene sospechosamente con puntales metálicos, y una cinta amarilla impide el paso por la escalinata principal.

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    Hay en nuestros hoteles en ruinas una vocación obstinada de permanencia. No importa cuántos proyectos de recuperación se anuncien cada tanto: al verano siguiente reaparecen, fieles a su deterioro, en esos días grises en los que el tedio empuja a caminar sin rumbo por las callecitas del balneario. Dicen que edificar es construir las ruinas del futuro. El tiempo, paciente, se encarga de ello. La desidia, del resto.