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    ¿Ganó la izquierda?

    Hoy son varios los integrantes del gabinete que definen a Oddone como el “primer ministro”; aseguran que es el que lleva la voz cantante en los Consejos de Ministros y que habla de todos los temas y no solo de economía

    Director Periodístico de Búsqueda

    Otra vez volvieron a los titulares las encuestas. Todos los meses aparecen los sondeos de opinión, de una u otra forma, pero en esta oportunidad generaron mucho más ruido del habitual. Tanto que, una semana después de que se conocieron las últimas mediciones, todavía algunos se refieren a ellas. El motivo es muy sencillo: por primera vez en bastante tiempo mostraron un cambio significativo en la aprobación a la gestión del gobierno encabezado por Yamandú Orsi.

    Con algunas variaciones, tres de las empresas más importantes en la medición de la opinión pública —Cifra, Opción y Factum— registraron una caída en el respaldo de la ciudadanía al desempeño gubernativo. Todas ellas coincidieron, además, en que esa caída responde mayoritariamente a votantes frenteamplistas que están descontentos por lo hecho hasta ahora por el Poder Ejecutivo. Lo ven demasiado de centro y no tan de izquierda, fue una de las conclusiones. Sienten que no está lo suficientemente activo, interpretan otros.

    Por supuesto que esos nuevos porcentajes negativos para el gobierno de Orsi fueron utilizados por la oposición, como forma de cuestionar lo hecho hasta ahora por el oficialismo, y relativizados por algunos de los referentes frenteamplistas, que argumentaron que los partidos opositores tienen peores evaluaciones o que algunos guarismos de esas encuestas son poco creíbles. La misma historia de siempre. La culpa es del mensajero para los que reciben malas noticias. Va y viene.

    Pero la historia reciente de Uruguay muestra que los márgenes de error de las encuestas de opinión pública más importantes no son muy elevados. Suelen lograr una foto bastante en foco del momento. Nunca, durante las últimas décadas, se alejaron demasiado de los resultados electorales. Trabajan con profesionalismo porque esa es la forma que tienen como para seguir siendo creíbles. Y lo son para la mayoría de los uruguayos.

    El tema es otro. La gran pregunta que puede surgir a partir de los nuevos guarismos que muestran las encuestas es quién fue el ganador de las últimas elecciones. ¿Fue realmente la izquierda? O, formulado de otra manera, ¿fue decisivo en el resultado el voto más tradicional de la izquierda? ¿El Frente Amplio hubiera ganado sin poner a un candidato más cercano al centro? ¿Hasta qué punto el actual gobierno no está siendo representativo de los que le dieron la victoria?

    Polémicas y difíciles de digerir esas preguntas para muchos frenteamplistas. Porque ellos votaron un cambio en serio. Ellos querían que se sintiera el golpe de timonel. Que quedara de manifiesto de forma inmediata que la izquierda había vuelto al poder luego de un gobierno que evalúan como de “derecha” o “liberal”.

    Ahora, ¿es así? ¿Fue de derecha el gobierno anterior y es de izquierda este? ¿Hasta qué punto un presidente y su gabinete deben mantener conforme solo a el o los partidos políticos que lo llevaron al gobierno? ¿De qué forma está manejando Orsi ese equilibrio tan difícil de lograr para cualquier gobernante, sea de un lado o del otro del espectro ideológico?

    Una anécdota para dar más credibilidad a esas interrogantes. Unos meses antes de ganar las elecciones, en plena campaña electoral, algunos referentes del Frente Amplio se negaban a catalogar al actual ministro de Economía, Gabriel Oddone, como de izquierda. Lo decían a los cuatro vientos. “No nos representa”, manifestaban algunos de ellos, incluso públicamente.

    Pues hoy son varios los integrantes del gabinete que lo definen como el “primer ministro”. Aseguran que es el que lleva la voz cantante en los Consejos de Ministros y que habla de todos los temas y no solo de economía. Eso molesta a algunos, pero también es un gran alivio para otros. Oddone cumple, aunque desde un lugar muy distinto, el rol que tuvo Danilo Astori durante los tres períodos anteriores de gobierno del Frente Amplio.

    ¿Astori no era de izquierda? ¿Y Oddone lo es? Claramente que para una parte del Frente Amplio no. Para otra, no solo lo son, sino que el rol que ocupó Astori y que hoy asume Oddone es absolutamente imprescindible para asegurar cierta estabilidad y un eventual éxito de cualquier gobierno frenteamplista. Orsi lo sabe. También lo sabían Tabaré Vázquez y José Mujica.

    ¿Y acaso los dos expresidente del Frente Amplio y el actual mandatario no son de izquierda? Parece bastante claro que sí, aunque ese no es el punto. El asunto central es que no ganaron solo por la izquierda. Los votos decisivos fueron los de centro, los que nada quieren saber con algún tipo de aventura más radical. Lo que persigue esa minoría silenciosa pero absolutamente decisoria es que las cosas se hagan medianamente bien, sin saltos bruscos ni improvisaciones.

    Entonces, ¿ganó la izquierda? ¿O ganó el centrismo? ¿Y antes, con Lacalle Pou? ¿Acaso el gobierno de la coalición republicana fue de derecha? ¿Se la puede catalogar como una administración liberal? El propio Lacalle Pou se definió como “tibio” al final de su mandato. ¿Acaso es de derecha eso? ¿Y está mal que no lo sea?

    Muchas preguntas de difícil respuesta. Orsi no ha logrado todavía responder a varias de ellas y es eso lo que están mostrando las encuestas. No se corrió a la izquierda, pero tampoco dobló demasiado a la derecha. Está cuidando tanto —pero tanto— el centro que el partido se está tornando aburrido.

    Por eso, quizás sea el momento de cambiar las preguntas. ¿Importa tanto quién terminó por definir las últimas elecciones? ¿Siempre tienen que estar las urnas por delante?

    Este es un año clave en ese sentido. Ya pasó la transición, ya se votó el Presupuesto quinquenal, ya hubo lugar para la catarsis por la derrota y la algarabía por la victoria, ya ocurrió la adaptación y el reacomodo de las piezas en el tablero. Pero está creciendo la sensación popular de que el gobierno de fondo no empezó y que no está claro que vaya a empezar.

    Quizá sea un buen momento para intentar cambiar la clave en la que suena la música política en Uruguay. En especial del lado de los responsables del Poder Ejecutivo. Quizá lo mejor sea dejar de lado encuestas, equilibrios y el excesivo cuidado a los votantes más fieles o al partido político atrás y hacer lo que hay que hacer, sin medir ningún tipo de costos ni beneficios electorales posteriores.

    No es fácil. Sería totalmente disruptivo. Hacer sin cálculos electorales ni temores a enojos ideologizados. Hacer sin estar midiendo al milímetro cualquier tipo de equivocación que reste votos. Hacer sin pensar en oficialismo y oposición, en derecha e izquierda. Y después que sean los hechos los que puedan ser sometidos a las urnas o a la valoración popular, pero dentro de cuatro años.

    Esa sí que sería la revolución de las cosas simples. El problema es que, de tan simple, hace muchísimo tiempo que no se hace.

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