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    Era eso o escribir

    Sospecho que en nuestro horizonte habrá buenos y malos libros escritos por IA y buenos y malos libros escritos por humanos, más o menos como sucedió siempre, sin que eso haya hecho peligrar la literatura; porque con inteligencia generativa o sin ella no todos podrán ser Borges

    Columnista de Búsqueda

    El título de la novela de Thélyson Orélien, C’était ça ou mourir, que al español sería literalmente Era eso o morir, terminó resultando una ironía. La historia del hombre que lucha para sobrevivir ha quedado eclipsada por otra, mucho menos épica, que involucra acusaciones de haber usado inteligencia artificial (IA) y que resumida podría llamarse Era eso o escribir.

    Hasta hace algunas semanas Orélien fue de las grandes revelaciones del otoño francés: escritor canadiense nacido en Haití, 38 años, novela publicada por Grasset, elogios de la crítica, premio Fnac y candidato al Goncourt. La literatura francesa adora esas historias de crecimiento personal y cada dos por tres aparecen autores desconocidos que publican novelas sobre el exilio, el sufrimiento y la esperanza, textos llenos de dignidad humana y mensajes de superación, y todo el país descubre que eso era exactamente lo que estaban esperando.

    Esta novela cumple con todas las expectativas. Cuenta el viaje de Jonas Dorléon, un profesor de historia y geografía que abandona un Haití sumido en la miseria y la violencia, atraviesa República Dominicana, donde solo encuentra hambre y humillación, recorre el continente americano en ese camino de la desgracia migrante hasta llegar a Canadá, donde tampoco se le hace fácil. En su recorrido hay hambre, miedo y furia, fronteras, adversidad, muerte, incluso hay un poco de humor. Hay un primer capítulo bien logrado que hace que sea fácil sumergirse en la lectura del texto.

    Y entonces aparece la inteligencia artificial. Pero no nos adelantemos.

    La red social X, que vendría a ser el lugar donde se decide si una obra literaria es genial, mediocre, racista, revolucionaria, plagiaria o escrita por un robot, a través de la cuenta Balance ton Claude (“Denuncia tu Claude”) acusó a Orélien de haber utilizado IA para escribir su novela. La acusación se apoyó en análisis de herramientas de detección, especialmente Pangram, que clasificaron distintos pasajes (muchos) como escritos por una inteligencia artificial. Pero digámoslo desde ya: el problema de los detectores de IA es que no son un polígrafo literario ni un análisis de ADN, son máquinas que intentan decidir si se usó una máquina, robots que detectan a otros robots. ¿Habrá que darles tanto crédito? Y ya dejo planteado lo que me parece fundamental: ¿importa quién o qué escribió el texto?

    El resultado de esta acusación terminó siendo espectacular: el libro, que estaba camino de convertirse en una de las grandes historias literarias del año, alabado por la crítica, se convirtió en cuestión de horas en un caso de detectives de CSI. Y si empezó vendiendo bien, hoy arrasa en ventas.

    Orélien lo negó todo. Dijo que nunca había utilizado IA, explicó que llevaba trabajando en la novela desde 2017, y atribuyó algunas características de su estilo, como la repetición, el ritmo, la musicalidad, a su propia manera de escribir y a cierta tradición caribeña y haitiana.

    Pero la cosa no termina ahí. Puesto el autor bajo la lupa, empezaron a aparecer textos y artículos antiguos, y ya no hubo necesidad de programas que analizaran escrituras. La prensa canadiense y los medios franceses descubrieron que presentan semejanzas, digamos problemáticas, con otras obras de otros autores. Por ejemplo, en una antigua nouvelle de Orélien se detectaron fragmentos prácticamente calcados de Volkswagen Blues, de Jacques Poulin. Entonces el tema cambia radicalmente, y lo que en el peor de los casos podía ser una falta de ética entra en un terreno en el que podían existir consecuencias jurídicas.

    Como un reflejo de la situación, la Academia Goncourt decide retirar C’était ça ou mourir de su selección de nominados.

    La verdad es que, después de leerlo y por la razón que sea, después de disfrutar de un muy buen inicio que me entusiasmó y me hizo querer más, me encontré con un texto de construcciones repetitivas, de estructuras de tres elementos, de frases de longitud similar, neutras, llenas de clichés y obviedades, pero, sobre todo, narrado en un aburrido tono aséptico. Casualmente, casi todos son rasgos que se asocian a la escritura automatizada, aunque bueno es recordar que antes, mucho antes, de la IA existía lo que se llamó “literatura industrial”. No podría afirmar ni negar que ese sea el origen del texto que leí, lo que puedo decir es que apela a lugares comunes, a historias transitadas hasta el cansancio, a relatos que ya leí mil veces.

    Y al final, una novela que pretendió contar la historia de un hombre obligado a cruzar fronteras para sobrevivir se convirtió en un texto sobre la frontera que separa al autor de la herramienta que utiliza.

    Y por fin, el tema que más me interesa. Si el texto es bueno (o si es entretenido o si lo encuentro valioso), ¿debería importarme que haya sido escrito con un programa? No, en la medida en que el texto me guste, me emocione, me divierta, me interese. Sí, en la medida en que quisiera tener la opción de elegir entre un texto humano y otro robotizado. Quizá en poco tiempo la pregunta será todavía más difícil: si lo escribió un humano con ayuda de una máquina, ¿qué porcentaje humano se necesitaría para atribuirlo al escritor? Algunos editores europeos hablan de la creación de un código ético colectivo basado en la concepción del arte como algo único y original, casi sagrado. Creo que me siento partidaria de la solución casera que no necesita detectives: leer el libro, juzgarlo, discutirlo, decidir nosotros mismos qué nos parece. Más o menos como hicimos siempre.

    Sospecho que en nuestro horizonte habrá buenos y malos libros escritos por IA y buenos y malos libros escritos por humanos, más o menos como sucedió siempre, sin que eso haya hecho peligrar la literatura. Porque con inteligencia generativa o sin ella no todos podrán ser Borges.

    Llegado el caso, mi problema no sería determinar si el libro lo escribió un humano o una máquina, sino que una vez leído y terminado no haya quedado nada, absolutamente nada, que merezca ser recordado. Esa sensación de vacío que puede producirse frente al texto de un robot o de un escritor de carne y hueso como tantos que alguna vez leímos y olvidamos.