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    La era de la vetocracia

    Lo que viene pasando en casi todo el continente es que las elecciones las ganan los opositores, sean del color político que sean; da la sensación de que el electorado está siempre desconforme, que ningún gobierno regional logra colmar las expectativas de sus ciudadanos

    Brasil celebró el último domingo sus elecciones nacionales, con un inesperado triunfo del candidato opositor, Flávio Bolsonaro, aunque no con la suficiente diferencia como para obtener la presidencia en primera vuelta. En menos de un mes, Bolsonaro deberá disputar un balotaje con el actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, y ahora corre con ventaja, por más que todos los sondeos de opinión pública vienen coincidiendo en que será una definición muy pareja.

    Con dos puntos porcentuales a su favor en la primera vuelta, hay una probabilidad importante de que, al igual que ocurrió en varios países de la región, quien se termine imponiendo sea el desafiante Bolsonaro, de derecha, y de esa forma logre desplazar al izquierdista Partido de los Trabajadores del poder en el país norteño. Era previsible. Así ocurrió hace muy poco en Colombia, en Chile, en Bolivia, en Perú y hace más tiempo en Argentina, en Uruguay y en algunos países de Centroamérica. Lo que viene pasando en casi todo el continente es que las elecciones las ganan los opositores, sean del color político que sean. Da la sensación de que el electorado está siempre desconforme, que ningún gobierno regional logra colmar las expectativas de sus ciudadanos.

    Algunos analistas políticos se refieren a las “olas” que dominan América Latina y que marcan el compás. Así como en los 70 hubo dictaduras militares en casi todos los países, en los 90 gobiernos definidos como “neoliberales” y a comienzos del siglo XXI administraciones de izquierda, ahora se está registrando un retorno de la derecha al poder y, en algunos lugares, están liderando presidentes surgidos por fuera del sistema político, con discursos muy combativos contra las ideas socialistas.

    Otros analistas, como Jaime Durán Barba por ejemplo, atribuyen esos cambios a que “ahora la gente vota en negativo”, sin tener en cuenta las diferencias entre derecha e izquierda. La idea que prevalece es “estar en contra de”, sin analizar demasiado si un gobierno fue más o menos exitoso, dicen, y por eso consideran que es muy difícil que cualquier oficialismo logre una reelección.

    Sea por lo que sea, es evidente que hay un cambio en América Latina y que está ocurriendo de un forma acelerada. La paciencia se está agotando rápido entre los ciudadanos de los distintos países. El inconformismo es el que reina y casi ningún gobierno se puede salvar de esa ola de fastidio que crece como el verde después de la lluvia.

    Quizás sea porque hay una demanda desmedida, provocada principalmente por la inmediatez que genera el mundo digital y de las redes sociales. La gente no puede esperar más allá de un clic para lograr lo que quiere y ese no es el ritmo con el que funciona la democracia. También puede ser, como dijo recientemente el expresidente Luis Lacalle Pou, debido a que la política va demasiado despacio y no se ha logrado adaptar a los tiempos actuales.

    Las interpretaciones son muchas, pero los votos están a la vista de todos. Por más que Lula logre ganar en segunda vuelta y retener el mando, los desafiantes de turno siempre son fuertes, a diferencia de lo que ocurría hace unos años, cuando los gobiernos se mantenían por varios períodos. Ahora el recambio es la norma y así lo muestran las evidencias. Estamos en la “era de la vetocracia”, como muy bien lo definió una periodista española especializada en América Latina.

    Esta nueva realidad debería dejar lecciones tanto para afuera como para adentro de nuestro país. Si Brasil cambia de signo político, el gobierno uruguayo de Yamandú Orsi será el único de izquierda en toda América del Sur. Muchos de los análisis de los últimos días se centraron en ese punto, que no es menor. Será una nueva realidad y un mayor desafío para el oficialismo local.

    Pero más allá de eso, hay otro aprendizaje que trasciende ampliamente lo de Brasil. Lo único permanente en la política de estas épocas parece ser el cambio, especialmente en esta región. Entonces, habría que terminar de una buena vez por todas con esa obsesión generalizada a escala local por las próximas elecciones y trasladarla a las acciones, que tanta falta están haciendo. Empezar a pensar menos en las urnas futuras y más en lo que se puede hacer en el presente. Si ese es el impacto que provoca lo ocurrido en Brasil, ¡bienvenido sea!