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    La hora del depredador

    En apenas 18 meses de gobierno, el presidente Donald Trump le ha propinado a la cultura norteamericana, a sus museos e instituciones culturales y hasta a las normas básicas del decoro un aluvión de decisiones autoritarias, narcisistas y megalómanas que violentan todos los principios republicanos

    Columnista de Búsqueda

    El pasado 4 de julio, Estados Unidos celebró los 250 años de su independencia. Se cumplieron 250 años del nacimiento de la primera república moderna, que, junto con la que nació en Francia poco tiempo después, forjó los fundamentos de las libertades republicanas que nos guían hasta hoy. Por eso creo que, si los padres fundadores resucitaran, tendrían un colapso nervioso, y también por lo que siento que el escritor italiano Giuliano da Empoli tiene razón: ha llegado el tiempo de los depredadores.

    En apenas 18 meses de gobierno, el presidente Donald Trump le ha propinado a la cultura norteamericana, a sus museos e instituciones culturales y hasta a las normas básicas del decoro un aluvión de decisiones autoritarias, narcisistas y megalómanas que violentan todos los principios republicanos. Una andanada que ha provocado situaciones inimaginables, como es el caso del control de las políticas de programación de los museos y hasta de las cartelerías de sala, las que hoy están bajo la fiscalización de las disposiciones del decreto ejecutivo “Restaurando la verdad y la cordura en la historia estadounidense”, firmado por Trump en mayo de 2025. Pensemos que entre los afectados están los 21 museos y centros de investigación del Instituto Smithsoniano, el Fondo Nacional para las Artes (NEA) y la National Gallery de Washington.

    No existe precedente en la historia estadounidense para tal infinidad de desaguisados; por ejemplo, que un presidente en ejercicio haya promovido que un aeropuerto lleve su nombre, como ocurrió con el antiguo Aeropuerto Internacional de Palm Beach en Florida. Tampoco lo hay para que el Tesoro acuñe un dólar de curso legal con su rostro —estará en circulación el próximo otoño— o para que el Departamento de Estado haya designado comisaria del pabellón nacional en la Bienal de Venecia a quien, hasta hace unos meses, se dedicaba a dirigir una tienda de comida para mascotas. Se llama Jenni Parido.

    De todos modos, hay dos episodios que, por su grosería y su falta de respeto, se superan a sí mismos. El primero es el bochornoso espectáculo que hizo de la Casa Blanca el escenario de un show de lucha libre; el segundo es el vergonzoso intento de cambiar el nombre del Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas, uno de los referentes más prestigiosos del teatro, la danza y la música en el mundo y sede de la Sinfónica y de la Ópera Nacional.

    Vayamos por partes. El pasado mes de junio Trump festejó sus 80 años y aprovechó la ocasión para iniciar las celebraciones por la independencia con el espectáculo Freedom 250 (Libertad 250). El jardín de la Casa Blanca se convirtió en un grotesco coliseo, con una jaula en su centro y sus salas ceremoniales transformadas en vestuarios para los luchadores. Cinco horas de golpes, vanidad y testosterona, lo que me recuerda que en esa misma Casa Blanca fue donde el presidente Roosevelt y su esposa, Eleanor, homenajearon a la contralto negra Marian Anderson en un hito histórico contra la segregación; que fue donde Kennedy abrió sus puertas al violoncelista español Pablo Casals, exiliado de la dictadura franquista; y en donde Obama celebró al puertorriqueño Lin-Manuel Miranda, alma mater de Hamilton.

    El segundo episodio comenzó en octubre de 2025 cuando Trump se autodesignó presidente del Kennedy Center, destituyó a la junta directiva e hizo que sus nuevos integrantes votaran el añadido de su nombre a la institución, la que pasó a llamarse Trump-Kennedy.

    La idea de dotar a la capital de un centro para las artes fue del presidente Dwight Eisenhower, mas el proyecto tomó fuerza durante la administración Kennedy. Así, cuando este fue asesinado, en 1963, el Congreso dio al centro su nombre y le otorgó el estatuto legal de monumento nacional, el mismo que protege el Obelisco de Washington o el Lincoln Memorial. Pero Trump atropelló la ley y, de paso, la historia y la memoria, hasta que en mayo de este año un juez federal ordenó revertir la decisión. Pocas semanas después del fallo y tras haberse retirado las noveles letras de bronce, la institución —que sigue presidida por Trump y su junta— mandó cubrir la zona con un andamio y una lona. Algo así como: “Si yo no puedo estar, que tampoco esté Kennedy”. Esta historia aún no termina; el juez dio plazo hasta el 31 de julio para que se retire la lona y la fachada vuelva a quedar visible, tal como manda la ley. Veremos qué sucede…

    Escribo esto y no puedo dejar de pensar en una frase que John Adams pronunció en 1779 cuando redactaba la Constitución de Massachusetts, que no por casualidad sirvió de modelo para la Constitución de Estados Unidos: “La República es el gobierno de la ley y no de los hombres”. No hay dudas, ha llegado la hora de los depredadores.