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    La Retirada

    Estamos en el Memorial del campo de Argelès-sur-Mer, un espacio consagrado a la divulgación del exilio español o Retirada (así, con mayúsculas), al recuerdo de los desterrados que llegaron a este lugar en el sureste francés, unas 100.000 personas que huían de las tropas franquistas; un pequeñísimo museo que (...) se bate a duelo contra el olvido de la tragedia

    Columnista de Búsqueda

    Pocas cosas más tristes que las fotos de la Retirada, el cruce de los Pirineos, la larga caminata de los vencidos en la guerra civil española. Miradas que no miran a la cámara, ojos que no ven el camino, que parecen dirigirse hacia adentro, al recuerdo de lo que quedó, de lo perdido. Familia, amores, objetos, una patria. Observo las imágenes y me parece escuchar los pasos en el barro, en la nieve, llantos y gritos, órdenes en una lengua que no entienden. Y el viento de la montaña.

    Estamos en Argelès-sur-Mer. Llegamos de casualidad a dormir en este pueblo de Francia, cerca de la frontera con España, como podríamos haber llegado a dormir a cualquier parte. Esta tarde dejamos el auto y salimos a ver qué había en el pueblo, además de una playa inútil por el frío, de un paseo marítimo imposible por el viento. Nos topamos con un pequeño museo. ¿Entramos? Tampoco había otra cosa para hacer y era temprano para cenar, aún en Francia. Entramos.

    Estamos en el Memorial del campo de Argelès-sur-Mer, un espacio consagrado a la divulgación del exilio español o Retirada (así, con mayúsculas), al recuerdo de los desterrados que llegaron a este lugar en el sureste francés, unas 100.000 personas que huían de las tropas franquistas. Un pequeñísimo museo que con fotografías, textos y documentales, se bate a duelo contra el olvido de la tragedia. El olvido de franceses y de españoles.

    La caída de Barcelona, el 26 de enero de 1939, provocó un éxodo multitudinario que hoy es difícil imaginar: más de 500.000 personas, hombres, mujeres y niños escapando para salvar la vida. En las fotos algunos llevan una valija o arrastran una bolsa, otros, una manta, la mayoría apenas lo puesto; casi todos calzan alpargatas en el que fue el invierno más frío en décadas. Una multitud de militares y civiles cruzaron las montañas bajo los bombardeos del ejército franquista y de la aviación italiana.

    Las autoridades francesas, que no esperaban un éxodo de tales dimensiones, tomaron medidas restrictivas contra los “extranjeros indeseables”: los confinaron en campos. El más grande, precisamente, se levantó aquí donde estoy, en Argelès-sur-Mer. Desarmaron al ejército, separaron a los hombres de las mujeres y niños y, a pocos kilómetros, en el Castillo de Collioure, encerraron a los intelectuales, políticos y cabecillas republicanos. La mayoría fueron enviados a la playa, a esas arenas golpeadas por el viento, a orillas de un mar enardecido, y cercados con alambre de púas. Los primeros días se enterraban en la arena para protegerse; muchos pasaron meses o hasta años en viviendas hechas con pedazos de madera. Pero el invierno del 39, sin refugios, sin agua potable, alimentos ni abrigo, fue devastador, y muchos no sobrevivieron.

    Entre febrero de 1939 y principios de 1942, 100.000 refugiados permanecieron recluidos en este lugar, en un silencio moral e histórico: nadie escucha a los derrotados. Francia, el país de la libertad, igualdad y fraternidad, castigó a vencidos con años de miseria, enfermedad, muerte, y Europa miró para otro lado. Una realidad que fue silenciada por los medios de un país y del otro, que estuvo oculta hasta hace unos años, cuando se dio a conocer el sistema de “centros especiales” en los que se concentró y castigó a los perdedores.

    “Lo que pasaron los exiliados en los campos franceses ha quedado silenciado a la sombra de los campos de exterminio nazis. Los franceses no tenían intención de exterminar a los españoles pero no esperaban aquella avalancha de 500.000 recién llegados en una región de 100.000 habitantes. Los recluyeron primero en aquella playa de Argelès donde no había nada más que arena cuando llegaron y que fue como una cárcel de la que no podían salir sin permiso”, dice la socióloga y periodista Mireia García Contreras en Las palabras calladas.

    En marzo del 39, mientras documentaba el repliegue del ejército republicano, el fotógrafo conocido como Robert Capa consiguió permiso de las autoridades para fotografiar el traslado de 200 refugiados de Argelès a Barcarès. Recorrió el lugar, cámara en mano, y hoy se conservan las tremendas imágenes, una serie impactante, un testimonio del horror. Y un dato anecdótico: en 1940 se extraviaron esos originales y muchos más, tres cajas con 127 rollos, más de 3.000 negativos de la guerra civil española, un hito en el desarrollo del fotoperiodismo de guerra. Casi 70 años más tarde fueron recuperados en México, pero esa, conocida como “la maleta mexicana”, es otra historia.

    Hoy no queda nada del campo de Argelès-sur-Mer, se lo llevó la marea, lo borró el tiempo, se lo tragó el olvido. Apenas este pequeño museo que hoy visitamos. Me detengo frente a columnas de soldados con uniformes gastados por la guerra, de mujeres y niños a merced del viento de la tramontana, con el telón de fondo de los Pirineos. Cada rostro es un gesto de cansancio; la nieve y el barro son testigos mudos de la derrota, del miedo. La marea humana avanza sin ver el camino, sin mirar a la cámara que los apunta, tal vez recuerdan sus casas y los seres queridos, piensan en sus libros y en sus ideas: todo quedó del otro lado. Las fotos que tengo frente a mí fijan el momento inicial de la tragedia, lo que aún no ha sido nombrado: el destierro que comienza. Todavía no hay palabras, no hay relato, y las imágenes en blanco y negro resultan dolorosas y tristes porque muestran lo indecible, lo no dicho, lo que tardaría décadas en ser narrado.