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Si mi interpretación es correcta, las identidades de los partidos políticos uruguayos están en riesgo; y no me parece que se le esté prestando a este asunto la atención que merece
No hay dos opiniones en el mundo de la ciencia política. No hay democracias fuertes, dignas de ese nombre, sin partidos políticos potentes. El caso uruguayo ilustra a la perfección esta regla general. Tenemos una buena historia para contar, la nuestra es una de las pocas democracias sanas del mundo, y la mejor de América Latina, porque nuestra comunidad de práctica democrática (siguiendo, siempre, a Emanuel Adler) fue capaz de construir partidos políticos vibrantes (citando, ahora, a Fernando Rosenblatt). Por eso mismo, hay pocas tareas tan imperiosas como cuidar los partidos, buscando hasta con lupa sus grietas y fallas.
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Colorados y nacionalistas supieron dictar cátedra sobre esto. Crearon instituciones capaces de protegerlos. Tuvieron la inteligencia, por ejemplo, de adaptar el doble voto simultáneo, inventado por Borély en 1870 para resolver el problema concreto de cómo incluir a las minorías (mediante la representación proporcional), a la solución de uno de los problemas más importantes que enfrentaban nuestras primeras colectividades políticas a principios del siglo XX: cómo hacer para unir bajo la misma etiqueta electoral personas con fuerte ambición política y corrientes con diferencias ideológicas no triviales. La solución fue brillante: que el elector elija al mismo tiempo un partido y un candidato a la presidencia.
Los partidos no solo elaboraron reglas para blindarse. También, sobre la marcha, generaron buenas prácticas. Aprendieron a competir entre ellos sin derramar sangre y a equilibrar competencia con cooperación. Entre partidos distintos y dentro de cada partido. A los colorados les costó más admitir el desafío de los nacionalistas. Hicieron falta una, dos, n revoluciones para que se resignaran a compartir el poder. A los nacionalistas les costó más aprender a estar juntos. De hecho, durante 25 años, después del golpe de Estado de Gabriel Terra, votaron divididos. Las reglas de juego que fueron desarrollando son inseparables de estos avatares y ofrecen un claro testimonio de evolución cognitiva.
Vuelvo a recordar todo esto porque hay motivos para la alarma. Si mi interpretación es correcta, las identidades de los partidos políticos uruguayos están en riesgo. Y no me parece que se le esté prestando a este asunto la atención que merece. Veamos.
La identidad del Frente Amplio (FA) está sufriendo. La economía del país está sana. La casa está en orden, en términos de ese ministro brillante que es Gabriel Oddone. El Producto Bruto Interno crece, la inflación está bajo control, el salario real aumentó… El gobierno funciona. Tiene una hoja de ruta bien definida, ampliamente divulgada y sistemáticamente monitoreada por Presidencia de la República. Me refiero a las 63 medidas aprobadas en el primer Consejo de Ministros del año pasado. Esas medidas son el “aterrizaje” de las Bases Programáticas del Frente Amplio realizadas por el equipo de campaña de Yamandú Orsi, el MPP y el Poder Ejecutivo entre setiembre de 2024 (acto en Colonia) y marzo de 2025. Como dejó claro el presidente en su discurso del 1º de marzo, el elenco gobernante está trabajando intensamente en esas medidas y confía en cumplir con ellas.
El gobierno avanza en su “hoja de ruta”. Pero cerca de la mitad de los votantes del FA desaprueba su gestión. Cabe preguntarse si estamos solamente ante un fallo en la comunicación. Es un hecho que el gobierno, empezando por el propio presidente, no comunica bien. Pero, al menos desde mi punto de vista, hay un problema de fondo: para los frenteamplistas de corazón y, muy en especial, para los activistas, que son los que sostienen el partido, esas 63 medidas son francamente insuficientes. En otros términos: lo que muestran las encuestas es que existe una brecha demasiado grande entre la hoja de ruta elaborada y el imaginario frenteamplista, entre lo que se propone hacer el MPP durante este quinquenio y las expectativas acumuladas por las bases sociales y políticas del FA durante los cinco años del gobierno anterior. No tiene mucho sentido decir que los frenteamplistas (me refiero a ese 30% de electores que tienen la bandera de Otorgués tatuada en el corazón) votaron “la revolución de las cosas simples”. Prefirieron a Orsi, esencialmente, porque, como tantas veces les dijo José Mujica, era el mejor candidato para ganar la elección. El hiato entre gobierno y partido es un problema muy serio. Lo peor que le puede pasar a un país es que los activistas se desmotiven. Cuando los militantes se frustran los partidos se derrumban.
Del otro lado también hay riesgos. Gente inteligente sostiene que los adversarios del Frente Amplio deberían formar un partido. El razonamiento es demasiado simple. “El FA gana porque es un partido”. “Si queremos ganarle al FA —dicen— tenemos que hacer lo mismo”. Soslayan varios detalles. El primero es que la izquierda dividida no tenía ninguna chance de derrotar a colorados y blancos. Para ellos era vital encontrar la forma de votar juntos. La situación de los partidos “republicanos” es distinta. Ya demostraron muchas veces que pueden ganar concurriendo separados a la primera vuelta y convergiendo recién en el balotaje. No hay, además, ninguna evidencia que demuestre que realmente con la creación a escala nacional del partido Coalición Republicana vayan a tener un mejor desempeño electoral. Maximizan, de este modo, la conversión de votos en bancas, pero al precio de restringir el “rastrillo electoral” en la primera vuelta.
De todos modos, en el fondo, lo que más importa en términos democráticos, que siempre es lo más importante y no quién gana y quién pierde, es que la creación de este nuevo partido podría debilitar las identidades de dos de los partidos más longevos del mundo. Eso sí que me parece grave. Se dice que la creación del FA no afectó las identidades de comunistas y socialistas. Con todo respeto por estos partidos, los más viejos de la izquierda uruguaya, no se puede comparar la historia y la importancia de blancos y colorados con la del Partido Comunista y la del Partido Socialista. ¿Realmente colorados y blancos van a arriesgar desdibujarse por un hipotético beneficio electoral? No perdieron la elección de 2024 por votar separados en octubre. Fueron derrotados por otras razones: arreció el viento en contra (pandemia, sequía, etcétera), cometieron errores en el gobierno y no hicieron una buena campaña electoral. Trasladar la responsabilidad a la ingeniería electoral es un error de análisis que seguramente no los ayudará a volver a ganar.
Una vez más. Cuidemos los partidos. Más vale exagerar con las precauciones que quedarse cortos.