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Tiempo atrás, un asiduo lector de Búsqueda y Galería, amigo de la casa, que solía comunicarse con los periodistas y editores con comentarios sobre las notas que salían publicadas o para proponer temas, me escribió para decirme que le había gustado la carta de la editora que había escrito esa semana, aunque en algunos pasajes le parecía un poco feminista. Le respondí que sí, claramente, que cómo no iba a ser feminista si soy mujer. A lo que contestó excusándose de que no era con esa intención que lo había querido decir.
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Por su edad (estará en sus 70), estaba claro que su comentario lo había hecho desde una naturalidad pasmosa, sin cuestionarse ni un segundo que su mensaje podía estar equivocado. Sin pensar que lo que estaba diciendo como una crítica no lo era. ¿Por qué ser feminista podía estar mal? ¿Por qué, hoy, se sigue asociando el feminismo con algo malo?
En estos últimos días, especialmente en las redes, se han publicado todo tipo de contenidos referidos a la mujer y al feminismo. Como cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, las opiniones y reflexiones se disparan, y frente al trabajo que hace el algoritmo de mostrar al usuario lo que el usuario quiere ver, en mi caso va quedando un gusto amargo por la desigualdad y la violencia que aún persiste sobre las mujeres y por la enorme lucha que queda por hacer.
Es difícil entender que una mujer no sea feminista, que no quiera la igualdad de la mujer en todos los planos. Muchas dicen que sí quieren la igualdad, pero que no son feministas o que no creen en el feminismo. ¡Pero si de eso se trata el feminismo! De que la mujer gane igual que el hombre, de que tenga los mismos derechos y de que no se la discrimine ni que se ejerza violencia sobre ella.
Gracias a esas protestas, manifestaciones y exabruptos ciudadanos es que hoy las mujeres tenemos los derechos laborales que tenemos. Gracias a ellas, que lucharon a brazo partido, hoy las mujeres que dicen no ser feministas gozan de libertades que solo se consiguieron por “esas feministas”.
Acá lo que está en cuestión son los modos, las formas. Lo que sucede es que, muchas veces, para conseguir objetivos tan altos es necesario empujar con mucha fuerza, incendiar la pradera, salirse de lo normal. Para mover las estructuras tan pesadas se necesita una embestida enérgica y contestataria. Oponerse, protestar, polemizar sistemáticamente contra el orden establecido, contra las normas vigentes, a veces con métodos firmes. Nada hubieran conseguido las trabajadoras de principios de siglo si no hubieran salido a la calle a protestar, a manifestar, a incendiar soutienes. ¿Quién las habría escuchado? Nadie. ¿Alguien habría prestado atención a sus reclamos si los presentaban de forma burocrática por escrito en alguna sede del Estado? Y gracias a esas protestas, manifestaciones y exabruptos ciudadanos es que hoy las mujeres tenemos los derechos laborales que tenemos. Gracias a ellas, que lucharon a brazo partido, hoy las mujeres que dicen no ser feministas gozan de libertades que solo se consiguieron por “esas feministas”. Pueden decidir sobre su cuerpo, su maternidad, su dinero, su patrimonio. Hoy, en 2026, esto parece obvio, natural, pero durante siglos no lo fue. Y en ciertas partes del mundo sigue sin ser así.
Entonces, como mujeres debemos ser agradecidas con esas feministas que lucharon para que hoy nuestras vidas sean como son. Pero aún falta mucho. Porque la violencia contra la mujer, por el simple hecho de ser mujer, no se ha logrado detener. Porque seguimos cobrando menos que los hombres por el mismo trabajo. Porque estamos totalmente sobrecargadas, extenuadas, con las tareas de cuidados en la familia que no nos permiten alcanzar objetivos laborales o profesionales. Porque quedan aún muchísimas luchas para que las mujeres del futuro, nuestras hijas y nietas, puedan vivir en una sociedad mejor que esta.
Así que no es un día feliz el que recuerda a las mujeres que murieron por pedir condiciones de trabajo dignas. Y no voy a pasar un feliz día de la mujer porque no estamos celebrando, estamos conmemorando la lucha y pidiendo por una sociedad más justa para las mujeres.