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    El mes de las yeguas

    Que en este mes de defensa de los derechos del sexo femenino se pueda finalmente saltar la barrera de la especie y pedir también por el fin definitivo de esta explotación despiadada

    Columnista de Búsqueda

    Pasó otro 8 de marzo. Está difícil el panorama global para los feminismos y para las mujeres en general. Las noticias llegan de todas partes con una crueldad agobiante. “Cerca de 200 niñas mueren en el bombardeo al colegio de Minab, en el sur de Irán”, la investigación preliminar apunta a Estados Unidos como el autor del ataque, desmintiendo las declaraciones del presidente Donald Trump. El mismo Trump que aparece mencionado cientos de veces en los archivos Epstein, uno de los escándalos de explotación a niñas y adolescentes más grande de las últimas décadas y que involucra a una red internacional de hombres poderosos. Al mismo tiempo, llegan estadísticas globales a contarnos que “los hombres de la generación Z” (es decir, los nacidos entre 1997 y 2012) tienen una probabilidad “significativamente mayor” que otros de generaciones anteriores de creer que las demandas por la igualdad de las mujeres “han ido demasiado lejos”. Y muchos consideran incluso que se ha llegado a la “discriminación contra los hombres”. Mientras tanto, en Uruguay, persisten las desigualdades de siempre tanto en niveles de ingreso como en el excesivo trabajo no remunerado que recae sobre las mujeres, y siguen sin retroceder las distintas formas de violencia de género.

    Según los datos globales, 53% de las mujeres de la generación Z se definen como feministas, la cifra más alta de las últimas cuatro generaciones. Esto significa que, a pesar de todo, las mujeres estamos más conscientes que nunca, que levantamos la voz por nuestros derechos, que estamos presentes en las calles, en la acción política, en la cultura. También supimos incorporar la mirada interseccional y comprender que no somos un bloque homogéneo, que nos atraviesa la edad, la nacionalidad, la raza, la identidad de género, la orientación sexual, la clase social, las discapacidades, y que todo eso genera otras dimensiones de discriminación.

    Sin embargo, a la mayoría nos sigue quedando lejos levantar la voz por las otras especies animales. Parece que desmerece la lucha, que se va de tema, que esto sí que es irse “demasiado lejos”. Da risa, molesta, suena irrelevante. Afortunadamente, hay personas dispuestas a señalar esos horrores que casi nadie señala y denunciar la explotación extrema que sufren algunas hembras no humanas. Es el caso de lo que se conoce como la sangría de yeguas, una de las formas más espantosas de violencia sistemática contra hembras de otra especie.

    El jueves 5 de marzo, se presentó en el Palacio Legislativo parte de una investigación recientemente publicada por la ONG Trato Ético Animal, con el documental producido por Animal Welfare Foundation (de Alemania) y Tierschutzbund Zürich (de Suiza), organizaciones que trabajan a escala global por la defensa de los derechos de otros animales. El audiovisual (que fue realizado entre diciembre de 2023 y febrero de 2025 y se puede ver en YouTube) se titula El negocio de la sangre con yeguas preñadas y muestra la violencia que se esconde detrás de las llamadas granjas de sangre en Uruguay y Argentina.

    El video denuncia el negocio de la extracción de sangre de yeguas preñadas para producir la hormona PMSG (gonadotrofina coriónica equina), una hormona que se usa en la ganadería intensiva para sincronizar el celo de cerdas, ovejas o vacas y así aumentar la reproducción de animales y las ganancias. Para poder obtener lo que buscan, las yeguas son una y otra vez inseminadas; durante los primeros cuatro meses de embarazo (que es cuando más está presente esa hormona en la sangre) les sacan litros y litros al día por la yugular, después son sometidas a abortos forzados, sin anestesia (hechos con las manos o hasta con palos), para volver otra vez a inseminarlas y recomenzar el proceso.

    En el documental se pueden ver las imágenes de maltrato: yeguas heridas, enfermas y en condiciones de estrés extremo; falta de atención veterinaria y trato violento. Las yeguas terminan exhaustas, rotas; la mayoría son enviadas al matadero cuando ya no sirven para producir sangre. Según datos de las ONG Trato Ético Animal y Animales Sin Hogar, Uruguay usa más de 4.500 yeguas al año para esta explotación, y son tres los establecimientos habilitados en el país: Biomega S.A. en Cerro Largo, Syntex S.A. en Florida y La Paloma en San José.

    Gracias al trabajo incansable de quienes se preocupan por este abuso extremo, los departamentos de Canelones, Maldonado, Rocha y Tacuarembó ya se declararon “libres de granjas de sangre”. Hay al momento dos proyectos de ley en el Parlamento que buscan la prohibición de esta práctica en Uruguay, uno de los pocos países del mundo que aún la permite. La crueldad intrínseca a lo largo de todo el proceso de extracción de sangre va en contra de varios artículos de la Ley 18.471 (que regula la protección, el bienestar y la tenencia de animales en Uruguay); es decir, existe marco legal suficiente para prohibir de una vez esta práctica.

    Que en este mes de defensa de los derechos del sexo femenino se pueda finalmente saltar la barrera de la especie y pedir también por el fin definitivo de esta explotación despiadada.

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