En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Los que no dudan están viviendo su temporada de gloria, porque certeza es lo que se exige en estos tiempos en los que la pasarela moral del mundo digital ha sustituido al intercambio razonado
Además de ser amigo y vecino, Miguel es peluquero y me corta el pelo desde hace décadas. Tremendo melómano, con Miguel hemos descubierto y escuchado un montón de música juntos. Hemos cenado comida rica y hemos bebido y fumado cosas también ricas. La primera vez que internaron a mi padre, hace casi 20 años, Miguel cayó de tarde por el sanatorio Casa de Galicia y anunció que él se quedaba a cuidarlo. Y así lo hizo un par de noches, sin que nadie se lo pidiera, porque sí, por el afecto que nos une. Ahí fue cuando tuve clarísimo que jamás iba a dejar que una diferencia política (tenemos algunas, no muchas) lastimara la clase de vínculo que Miguel acababa de consolidar con su gesto. Los afectos son tan importantes que, de hecho, hacemos política en nombre de ellos.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Esto, que puede parecer una cursilada, es en realidad un recordatorio. Un recordatorio de que, así como René Lévesque, fundador del independentista Parti Québécois, afirmó que la causa de la independencia de Quebec no valía una sola vida, se podría decir que la energía de mis ideas no debería valer el lastimar un solo afecto. Primero, porque la posibilidad de que nuestras ideas incidan a nivel global es pequeña (quizá en compañía de muchos, en algún momento puntual) y, segundo, porque son precisamente los afectos los que justifican la existencia de esas ideas. En cada generación, los padres desean que la vida de sus hijos sea un poco mejor que la suya. Que las cosas les resulten un poco más fáciles, que tengan mejores oportunidades, que tengan las herramientas adecuadas para la circunstancia que les toca vivir. Y si uno mira, allá en el fondo la política siempre parte de esa premisa: ser una extensión pública de lo que deseamos para nosotros y nuestros seres cercanos.
El problema es que, en tiempos de política sentimental, donde los resultados de la aplicación de una ley o una medida cualquiera ya no le importan a nadie, porque lo que importa es la virtud de quienes impulsan la ley, somos propensos al juicio moral radical: los que no piensan como yo son fachos o bolches. Y en esa definición está implícita una descalificación: unos acusan a los otros de ser inmorales y, por lo tanto, esos otros no deberían poder hablar. Qué digo hablar, deberían ser señalados públicamente como sembradores de odio.
Claro, si ya no tasamos resultados porque lo que cuenta es la buena intención moral y no el mal resultado real, el terreno en común, ese donde se paran los que piensan distinto a conversar, se corroe y empieza a dejar de existir. Vamos perdiendo herramientas que nos permitan decidir si conviene o no continuar con determinada política y pasamos a empujar las políticas a los gritos, con golpes de puño en la mesa que sirven para demostrar que, aunque los resultados sean malos, lo que importa es nuestra virtud, nuestra convicción, nuestra certeza. Los que no dudan están viviendo su temporada de gloria, porque certeza es lo que se exige en estos tiempos en los que la pasarela moral del mundo digital ha sustituido al intercambio razonado.
Un efecto de este sentimentalismo político identitario es la creciente convicción de que solo mis ideas son válidas. Y gracias al efecto cámara de resonancia, cada dardo que lanzo contra mis rivales deja un eco que, al multiplicarse, se parece a una salva de aplausos. Justo cuando confirmamos que el mundo es ancho y casi siempre ajeno, nos encontramos con las palmas de los nuestros alentándonos a reventarlo todo, confirmándonos que siendo más radicales estamos en el camino correcto. Incluso si eso implica pasar por encima de los afectos. Sin embargo, la línea que va entre tener convicciones y convertirse en un comisario político es tenue. Cuando vivís envuelto en el estruendo del aplauso de “los tuyos” es fácil traspasarla. Debería ser claro que quien se coloca en la posición de comisario político y censor de ideas ajenas ya no puede ser considerado un demócrata cabal. Quizá por eso, nuestro presente identitario y emocional nos viene diciendo que la democracia no es algo demasiado importante, que lo importante es estar del lado correcto de la historia o algo así. Es apelar al postureo moral (virtue signaling) como única e inmutable guía de la acción, por más que la realidad diga que hemos estado unas cuantas veces del lado equivocado.
Y ese saltito entre quien tiene convicciones que pueden y deben contrastarse y quien ya abandonó toda duda y se convirtió en comisario político termina arrasando los afectos. No solo los personales, todos los afectos. Porque, como se dijo antes, la política se puede entender como una búsqueda de extensión de los afectos: aspiramos que muchos, estén cerca o lejos, sean o no occidentales, sean mujeres u hombres, tengan las mismas garantías que deseamos para los que más queremos. Y es por eso por lo que recurrimos a la política democrática. La política en una democracia es la gestión de los diferendos, inevitables en sociedades complejas. No se trata de que finalmente todos vamos a pensar lo mismo, sino de potenciar y mejorar formas pacíficas de gestionar esas diferencias que siempre van a estar allí.
Y es justo acá donde aparece Jürgen Habermas, de quien hemos leído en estos días mil hagiografías y mil defenestraciones. Confieso que me resultó plomiza la lectura de su teoría de la acción comunicativa en la facultad. Pero también confieso que la intuición que está detrás del mamotreto me resulta esencialmente acertada. El horizonte que plantea la teoría de Habermas, la idea de que el uso primario del lenguaje debería ser el entendimiento entre iguales, mira en la dirección correcta. Si cumplimos con las condiciones de inteligibilidad, verdad, rectitud y veracidad, podremos dialogar con los demás, y esas son las reglas que deberían estar implícitas en nuestro diálogo. Es claro que Habermas habla del lenguaje de manera normativa: dice cómo debería ser el intercambio para funcionar como sociedad de manera pacífica, no como realmente es. ¿Es difícil que sea así? Ya vemos que sí. Pero como faro no está nada mal.
Para poder conversar con quien estamos en desacuerdo, es necesario reconocerle la misma honestidad que nosotros creemos tener con nuestras propias ideas. Reconocer que alguien opina lo que opina no porque sea un inmoral, sino porque honestamente llegó a las conclusiones que llegó. Y entrar en la charla sabiendo que existe una posibilidad de que no seamos nosotros quienes estamos del lado correcto de la historia, en caso de que ese lado haya existido alguna vez. Jamás dudaría de que, por ejemplo, mi amigo Miguel cumple con todas esas condiciones. Pero, al mismo tiempo, tendría presente que la trama de afectos que nos une y que, a través de la política y las ideologías, deseamos extender a los demás, antecede siempre a las ideas. En momentos de ruido y radicalización, el acto de rebeldía más grande es no sumarse al escándalo y al espectáculo moral, y apostar en cambio por la muy habermasiana búsqueda de diálogo en condiciones de mutuo reconocimiento. No parece gran cosa en tiempos de épica política, espectacular y virulenta, pero es lo mejor (y más pacífico) que hemos logrado darnos.