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Una columna de humor que incluye un test a Orsi, las peleas teatrales de los periodistas de TV Ciudad con la oposición y el viaje de Ripoll a El Salvador
Entiendo perfectamente al presidente Orsi y su afán por estar bien con todo el mundo. Como él, odiamos a las personalidades avasallantes, decisivas. Porque conozco mis limitaciones, intento rodearme de gente que tenga un compromiso moral mucho más fuerte que el mío. Ya se ha hablado bastante de la entrevista que otorgó Eduardo Lust a los periodistas Leonardo Haberkorn y Juanchi Hounie, en donde lo consultaron sobre la batería de deudas que mantiene el exlegislador con instituciones públicas y privadas, así como por la suspensión de su título de escribano público. De lo que no se ha hablado tanto es de que, luego del programa, Lust recibió una llamada del mismísimo presidente para solidarizarse con su situación. “Se traspasó un límite”, dijo Lust que dijo el presidente. No soy quién para dar consejos a nadie sobre lo que debe o no hacer, pero en este punto me parece conveniente realizar un ejercicio con el presidente para decidir cuándo solidarizarse o no con otro individuo. Se trata de un test que me hizo un amigo terapeuta, adaptado a su investidura, claro.
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Si un político corrupto denuncia una genuina red de trata y es amenazado, ¿es conveniente solidarizarse o condenarlo?
Si una política de tu partido es extorsionada con un video íntimo de su esposo teniendo relaciones sexuales con un político de un partido opositor, ¿es conveniente solidarizarse o condenarla?
Si un político realiza una estafa piramidal para agrandar las arcas de un partido político y así competir en igualdad de condiciones con el partido opositor, ¿es conveniente solidarizarse o condenarlo?
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Varias veces los periodistas de TV Ciudad son noticia por sus intercambios con políticos de la actual oposición. Hace unos días, José María Caraballo escribió un tuit en el que se burlaba de la actuación del hijo de Lacalle Pou en el bodrio que representa nuestra versión de Gran Hermano, esa muestra de lo poco espectaculares que somos como sociedad. El que le contestó fue el senador Da Silva, y el intercambio tuvo acusaciones de resentimiento y mediocridad, de un lado, y de falta de trabajo parlamentario y parcialidad, del otro. Cuando se anunció que la Coalición Republicana no votaría la Rendición de Cuentas, el mismo periodista tuvo una discusión con Graciela Bianchi, al preguntarle si no votar la Rendición no representaba “darle la espalda a la gente”. Bianchi respondió, tajante, que había que “cerrar TV Ciudad”. También del mismo canal, Federico Gyurkovits mantuvo un intercambio con el senador Ojeda sobre la existencia o no de un genocidio en la Franja de Gaza. Por un lado, los periodistas consultan con afirmaciones y tono inquisitorio. Por otro, es notoria la poca cintura que muestran los legisladores, su escaso tacto. Tampoco hay un esfuerzo de los periodistas por establecer vínculos sanos y respetuosos con los que, en definitiva, son su objeto de estudio. Casi que podemos concluir que es una puesta en escena que le sirve a ambas partes, con algo de verdad y algo de actuación, similar al pacto de ficción que establece la Lucha Libre Mexicana. Ahora, por un momento, imaginé a Caraballo con el torso desnudo, calzas rojas rabiosas, máscara felina, arriba del ring, preparado para la contienda con un Da Silva exultante en pantalones ajustados blanco impoluto, el torso a la vista, aspecto confiado, máscara modelo toro salvaje, alentado por una senadora Bianchi de rostro sudado… ¡Basta! No quiero imaginar más nada. Lo único claro es que sus puestas en escena y sus coreografías discursivas son mucho más espectaculares que el soso Gran Hermano autóctono.
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Leí por ahí que los términos izquierda y derecha aparecieron, por casualidad, en la Revolución francesa, cuando los partidarios del rey Luis XVI de Francia se sentaban a la derecha y los revolucionarios estaban a la izquierda en la Asamblea Nacional. Con el tiempo, los conceptos evolucionaron, pero podríamos decir que la izquierda acentúa más la igualdad social, el estado laico, la justicia social o el estado de bienestar; la derecha enfatiza más la identidad nacional, la seguridad, las libertades individuales o la propiedad privada. El centro, por su parte, exhibe más moderación y pragmatismo, una cultura del diálogo y el pacto, un afán por las reformas graduales. Hace unos días la exsindicalista Valeria Ripoll presentó Somos Nuevas Ideas, su nueva agrupación dentro del sector DCentro del Partido Nacional. Nuevas Ideas remite al nombre del partido político de Nayib Bukele, presidente de El Salvador, país a donde Valeria Ripoll viajó durante cinco días y volvió fascinada. De todas formas, aclaró que su idea no es copiar y pegar lo que hace Bukele, sino que sería una especie de inspiración. En este punto, vale comentar que un estudio de la Federación Internacional por los Derechos Humanos concluyó que en El Salvador se están cometiendo crímenes de lesa humanidad, encarcelamientos arbitrarios, torturas, asesinatos, desapariciones forzadas, violencia sexual y persecución. Todo muy alejado de las posturas de centro, parecería. Según Bukele, que se encarga de decirlo muchas veces, El Salvador es la nación del bitcoin, los volcanes, las playas, el café y la libertad. Ante tantas contradicciones, me acordé de mi amigo el Gorki, que viajó en los años 90 a Cuba para un curso de formación política y volvió diciendo que Cuba era una democracia mucho más compleja que la nuestra porque votaban candidatos barriales, “otra cabeza”, decía el Gorki, que siempre fue muy necio. También me hizo pensar en mi sobrino Marcucho, que en una reunión hablaba con mucha propiedad de Holanda y los holandeses y descubrimos que había estado nueve horas en tránsito en el aeropuerto. Los viajes de camaradería son eso, viajes complotados en los que no te muestran lo que no quieren que veas, por más que camines, que converses con la gente a tu alrededor. Al fin y al cabo, nadie lleva un ómnibus repleto de turistas a Castillos, mientras una guía indica que es el lugar con más suicidios del Uruguay, ni salen excursiones a esa cuna del rock nacional y los quilombos que es Pando, ni organiza un paseo por la eficiente red de cloacas que sacan la caca de nuestras costas.