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No me gustan las mujeres ni los hombres que tienen una personalidad excesiva, avasallante. Siempre que hacemos una reunión de amigos con Pituto, Betty y el Carozo, pasa lo mismo: alguno de nosotros invita a un individuo que tiene mucha personalidad. Entonces, los tres ponemos cara boba y escuchamos lo que dicen o, peor, no paramos de mirar a esa persona cuando los que contamos una historia somos nosotros, un poco para que apruebe lo que decimos, también para saber si lo que contamos es de su agrado. Son personalidades cansadoras. Betty dice que, en el caso de las mujeres, es una respuesta a las históricas injusticias y desigualdades a las que se vieron sometidas a lo largo de la historia de la humanidad. Entonces Pituto le contesta que le chupa un huevo, porque siempre fue muy mal hablado Pituto y de un carácter de mierda, que incluye peleas con sus exesposas, distanciamiento con sus hijos. Un desastre. Capaz por eso es que siempre terminamos yendo a comer a su casa. El domingo pasado nos falló el invitado. Se excusó porque tenía “la gota” y el reuma lo estaba matando. Cocinamos sopa de alcauciles y, de plato principal, unos canelones de verdura, carne y salsa blanca. De postre hicimos una isla flotante que, entre el merengue y el sambayón, llevó 14 huevos. Pero le ponemos poquito azúcar porque, ahora que nos pusimos viejos, ya estamos todos medio diabéticos. Nos lleva tiempo cocinar y, por eso mismo, lo hacemos. Precisamos que el tiempo pase.
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Betty, que siempre se toma dos o tres whiskicitos, estaba muy divertida hablando de las declaraciones que dio María Julia Muñoz en un programa de streaming, en donde aseguró que hubo “guita” en la entrega del pasaporte al narcotraficante Marset, así como en la compra de las dos patrulleras oceánicas al astillero Cardama. En modo punk deslizó que fueron “robos para la corona”, y que eso se notó a la legua en la campaña electoral con la cantidad de propaganda que tuvieron Javier García y la lista 40. Betty se cagaba de la risa mientras nos contaba todo lo que había dicho María Julia, en especial porque decía que no tenía pruebas ni era periodista, así que no tenía por qué investigar nada. Ahora resulta que María Julia es una simple jubilada que da sus opiniones como cualquier persona. Después de eso el Carozo, que es muy blanco, de Nacional y odia a los frentistas, buscó la respuesta de Javier García en X, en donde escribió: “La inmundicia de las declaraciones de María Julia Muñoz deberá repetirlas en Fiscalía. Hacia allí va la canallada”. Y ahí saltó Pituto a decir que García escribe con los modos amanerados de un político del siglo XIX. Entonces lo interrumpió el Carozo, gracioso, para decir que García es nuestro falso señor Burns, el empresario de Los Simpson. Según él, cada sociedad tiene al señor Burns que se merece, entonces el verdadero señor Burns autóctono es Juan Carlos López, el dueño de Buquebus, que, con su patas flacas, su aspecto disminuido, sigue insistiendo con nuevos buques eléctricos, un puerto en la rambla, siempre a los codazos con la competencia. Un codicioso que no quiere tirar la chancleta para no ver crecer a los demás. “Porque yo seré muy blanco, pero también soy muy fisonomista y conozco a los señores y a los falsos señores Burns que nos rodean”, decía el Carozo. Y entonces Pituto acotó que los pendejos que intentan saber algo de política, que son muy pocos, se deben cagar de la risa de las palabras de García. Después, Betty nos leyó lo que escribió María Julia en una captura de un texto de Word con lo que parecía ser una respuesta a Javier García. Era una redacción desordenada, seguramente escrita durante una noche de vino, que decía lo siguiente: “Le advierto que tan poco me importa su enojo como no hay ley de duelo, le diré que si quiere que le diga que fue un gran ministro lo haré y que quizá debido a mi deterioro es usted un gran administrador de los bienes públicos”.
Betty se reía, gritaba que le encantaban las mujeres que tenían esos ovarios, que María Julia nunca se había dejado amedrentar por hombres machistas, que manejaba la ironía a la perfección, esa que les falta a los blancos pillos de tanto poncho y facón. Y ahí el Carozo se volvió loco. Gritaba que María Julia era una hija de puta desde Mario Areán en adelante, que era famosa por haber dicho en una reunión “Yo a ustedes me los cojo a todos y no me acabo”, que mal echó a dos personas de bien como Juan Pedro Mir y Fernando Filgueira del Ministerio de Educación y Cultura, que firmó la esencialidad como ministra de Educación y Cultura. Y que si tanto le importa la agenda de derechos ella fue la que estampó la firmita en el veto al aborto. Entonces Betty se paró de la mesa y, con el tenedor, le tiró un pedazo de los canelones con salsa blanca en el pelo al Carozo, que solo atinaba a gritar “conchuda, sos una conchuda”. Y ella, algo repuesta, le decía que la defensa que hacía el Partido Nacional de las desprolijidades de Cardama eran porque había coimas atrás, y que la compra de los dos aviones Hércules de García fue un desastre, que se pasaron en el taller, y que encima se hacía el vivo diciendo que era pediatra sin serlo, porque a toda la sociedad le gusta fantasear con el doctorcito que cura niños y se entrega de lleno a la política.
Los gritos no paraban. Y entonces pasó lo que tenía que pasar. Pituto, que estaba callado desde hacía un rato, lejos de su carga irónica de siempre, empezó a decir que le dolía el brazo, que le faltaba el aire, que sentía que respiraba con un hilito. Entre todos lo acostamos y llamamos a la ambulancia, pero no pudo llegar a tiempo. Pituto se fue frente a nosotros, mientras discutíamos sobre los excesos y el desparpajo de una vieja y la indignación de ese hombrecito débil que con los años se volvió cada día más conservador, como casi todos nosotros. Hay que quererse, gente, y dejar atrás los conflictos porque la vida es corta. Al final era bueno recibir invitados en el grupo: hacía que discutiéramos menos nosotros; evitábamos conflictos. Yo hubiera preferido hablar, en modo comedia, de la ridiculez de Nacho Álvarez indignado porque Jaime Bayly no le contesta los mensajes después de haberlo adulado; o de las palabras fulminantes de Fernando Villar al preguntarse “¿qué hago?, ¿le pego un tiro y un problema menos?” si un hijo chico varón le dice que quiere ser nena. “Fernando Viral. Si hiciera eso, se multiplicarían sus problemas”, diría sarcástico Pituto querido. Esta columna, entonces, está dedicada a Pituto, que en paz descanse. Nos vemos allá, Pitu querido.