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    Nivel subsuelo

    Mientras las chicanas copan la discusión, en Uruguay seguimos esperando que se le dé solución al drama de la pobreza infantil, al narco rampante, a la gente que vive —sobrevive— en la calle, entre otras cosas enormes que los propios impulsores de palos de un lado a otro son responsables de solucionar

    Columnista de Búsqueda

    Cuando estábamos tratando de salir del debate —para ser elogiosos— sobre el oficio del diputado que viajó días atrás a ver las patrullas oceánicas y su grado de representatividad para hacerlo, se sumó, en las últimas horas, una casi pelea parecida a la que protagonizan dos conductores después de un choque leve o dos jóvenes a la salida de un boliche pasados de copas. El clásico “agarrame que lo mato”. “Decime chapista en la cara”, le dijo el diputado blanco Gabriel Gianoli al senador del MPP Daniel Caggiani, según informó Montevideo Portal y confirmaron luego otros medios. Más de una vez se lo dijo, de acuerdo a las crónicas, y la cosa creció en tono y acercamiento, pero intercedió el senador blanco Daniel Camy y todo se calmó. Un episodio más, dentro del Palacio Legislativo, donde en lugar de ignorar una chicana sale de adentro el guapo que tantos llevan dentro.

    Lo de Caggiani había sido bajo. “Lo que no deja de ser interesante es que hayan mandado a un chapista a ver cómo andaba el barco nuevo. Sabe de barcos lo que yo sé de física cuántica”, dijo días atrás para criticar al diputado y su visita unipersonal al astillero Cardama en medio de la polémica por la garantía falsa. Ninguna necesidad de esa especie de chiste sobre el oficio del nacionalista, que, además del cruce infantil en el Parlamento, generó más respuestas escolares. Usando el mismo ejemplo que el frenteamplista, el exministro del Interior Nicolás Martinelli se refirió a Caggiani y a sus dichos sobre el atentado al Instituto Nacional de Rehabilitación ocurrido en la madrugada del domingo. “Sabe de seguridad lo mismo que yo de física cuántica”, ironizó. Y cuando mañana Martinelli hable sobre un tema que no es de su estricto conocimiento no faltará algún sagaz que diga que el exministro sabe sobre ese asunto lo mismo que él sobre física cuántica. La imaginación al poder.

    No es que uno vaya por la vida asustándose de estas chicanitas pequeñas que no generan absolutamente nada más que unos minutos de chusmerío, si se quiere. El problema es que nos acostumbremos al debate en el subsuelo. No voy a comparar los episodios, pero no tenemos que ir mucho más atrás en el tiempo para el recordado debate por Colonización en la interpelación al ministro de Ganadería, Alfredo Fratti, y el agravio del senador blanco Sebastián da Silva al frenteamplista Nicolás Viera. ¿Se acuerdan? “Puto de mierda”, le dijo. Así nomás. En la mismísima Cámara de Senadores. Sí, es cierto, Viera había dicho una frase infeliz sobre la vinculación de Da Silva con Conexión Ganadera. Pero el dedo mayor elevado (ahora le dicen “la mala seña”) y el “puto de mierda” siguiente bajaron el nivel al mínimo que se recuerde en los últimos tiempos. Afortunadamente, Da Silva le pidió disculpas a Viera después de escuchar el daño que ese insulto fuera de lugar había generado en su familia, pero el antecedente queda.

    Hace un tiempo, otro episodio generó otro “qué necesidad”. Durante la discusión sobre la propuesta de crear tres nuevos municipios en Rocha y Florida, en abril de este año, al diputado frenteamplista Juan Erosa se le fue la lengua. “Voy a citar a Eleuterio Fernández Huidobro. En política se puede ser muchísimas cosas. Incluso idiota. Lo que no se puede ser es cagón o cobarde”, dijo después de que no se lograran los votos necesarios. ¡Epa! ¿Cagón? ¿En serio? ¿En el Parlamento? En fin.

    Parece que hubiera sido ayer cuando el hoy expresidente Luis Lacalle Pou, entonces diputado, saltó de su banca hacia el frenteamplista Juan José Domínguez con los brazos en modo boxeador mientras el otro le decía “te reviento la cabeza, oligarca, puto”. Cómo olvidarlo. Lo que había empezado como una discusión sobre el libro del extupamaro Jorge Zabalza que relataba los episodios del hospital Filtro terminó en una piñata entre unos cuantos en la que el diputado Hugo Arambillete se llevó de regalo una trompada en la frente que le dejó un chichón como para que no se olvidara más. Fue en 2007, y poco tiempo después hubo una similar entre el nacionalista Sergio Botana y el frenteamplista Álvaro Vega. De aquello solo queda el recuerdo, parece que no el aprendizaje. Porque de un “cagón” a una piña hay medio paso. Lo siento.

    Esta legislatura nos está regalando, además, interpelaciones duras, con acusaciones fuertes. Sesiones en las que sobran adjetivos que no solo no corresponden, sino que únicamente atentan contra los debates serios. Duros, firmes, pero serios. Con voces elevadas, sí, debates de ideas en polos opuestos, pero sin agravios personales como estamos presenciando. Y no solo en el palacio, es el día a día del agravio permanente, de las culpas de un lado a otro. Y después nos sorprendemos cuando la ciudadanía se enoja y quita el respaldo.

    No quiero entrar en terreno de X, donde abundan los ejemplos, aunque esa red social, ya sabemos, llama al barro. Pero al menos intentemos respetar el Parlamento. El mensaje que baja a la ciudadanía. El lugar de legislador que les da la gente con su voto impone hacerse cargo. El chiquitaje, de una vez, tiene que quedar de lado, porque mientras las chicanas copan la discusión, en Uruguay seguimos esperando que se le dé solución al drama de la pobreza infantil, al narco rampante, a la gente que vive —sobrevive— en la calle, al enorme problema de vivienda, a la educación que lucha por sacar la cabeza, a los niños abandonados en el Pereira Rossell, al atraso enorme en atención a la salud mental. Puedo seguir. No quiero amargarme. Quiero, eso sí, que quienes nos representan lo hagan en serio y que dejen la pelea de niños de recreo.