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    No es blanco o negro

    Lo que está haciendo el presidente estadounidense Donald Trump con su movida en contra de Maduro es abrir una compuerta que debería mantenerse cerrada

    Hace mucho tiempo que Venezuela está sufriendo una dura dictadura, encabezada por Nicolás Maduro. Las elecciones fraudulentas de julio de 2024 fueron un punto de quiebre importante al respecto, pero desde mucho antes el régimen de Maduro persigue y encarcela a opositores, aplica la tortura y otras violaciones a los derechos humanos como métodos para castigar a sus adversarios y expulsa del país a millones de sus compatriotas año tras año.

    Desde estas páginas lo hemos denunciado más de una vez, reclamando a los organismos internacionales que tomen cartas en el asunto. También cuestionamos en más de una oportunidad a algunos de los principales dirigentes políticos del Frente Amplio, a quienes les cuesta asumir los rasgos claramente dictatoriales del régimen de Maduro. La mayoría sigue sin hacerlo hasta hoy.

    Así que lo primero a dejar en claro es que, si se acerca el fin de una dictadura tan prolongada y sangrienta, como la venezolana, es una buena noticia. La caída de un tirano, sea o se autodefina como de derecha o de izquierda, siempre es algo positivo, a destacar.

    El problema es el cómo. Lo que está ocurriendo en Venezuela es cuestionable por la intervención militar de Estados Unidos en un país extranjero, pasándole por arriba a todo el derecho internacional y a los organismos que se encargan de hacerlo respetar. Eso es realmente muy preocupante y debe ser condenado.

    No importa lo malo que pueda ser Maduro, que lo es. Permitir que un gobierno extranjero se arrogue unilateralmente la decisión de derrocarlo y juzgarlo en su país genera un antecedente muy complicado y peligroso. Lo que está haciendo el presidente estadounidense Donald Trump con su movida en contra de Maduro es abrir una compuerta que debería mantenerse cerrada.

    Porque Estados Unidos no está solo en el mundo ni es la única potencia con poder militar como para imponerse sobre otros países. Y las acciones siempre generan reacciones. Ojalá no sean de igual o más magnitud, pero tanto China como Rusia, para poner solo dos ejemplos, podrían intentar avanzar en un sentido similar al promovido por Trump, en otros países.

    Uruguay siempre fue un defensor de la democracia y de la no intervención extranjera y la autodeterminación de los pueblos. Esa es una característica que ha mantenido a lo largo de su historia, salvo cuando también sufrió cruentas dictaduras. Uno de los promotores históricos de esa independencia internacional fue el caudillo blanco Luis Alberto de Herrera, que se opuso firmemente, a mediados del siglo XX, a la instalación de bases militares en territorio nacional.

    Sería muy buena cosa que se mantuviera en esa postura de neutralidad y no injerencia en las cuestiones extranjeras. Es comprensible que muchos dirigentes políticos se sientan alegres por el derrocamiento de Maduro, pero deberían tener más en cuenta el contexto. No necesariamente lo que pueda venir va a ser mejor o el fin definitivo de la tiranía.

    Del otro lado, parece lógico que tanto el gobierno como los principales dirigentes frenteamplistas condenen la intervención estadounidense en tierras venezolanas sin autorización internacional. Pero también sería importante que asuman, de una vez por todas, que lo que sufre Venezuela es una dictadura y denunciarlo públicamente.

    Hay excepciones dentro de la política uruguaya que muestran un buen nivel. La declaración del Partido Nacional es una de ellas y también algunas reflexiones públicas de dirigentes políticos de primera línea, como el presidente Yamandú Orsi y los expresidentes Luis Lacalle Pou, Julio Sanguinetti y Luis Lacalle Herrera. Pero hay muchos otros que siguen anteponiendo sus identificaciones ideológicas al sentido común.

    Esto no se debería leer como una guerra entre el capitalismo y el comunismo, como ocurría durante la Guerra Fría. No es blanco o negro. Aquí hay muchas más cuestiones importantes en juego y es fundamental tenerlas en cuenta antes de emitir cualquier tipo de opinión.

    De hecho, ni siquiera está claro cuál será el desenlace de la crisis en Venezuela. El gobierno de Estados Unidos por ahora tolera la permanencia del resto del chavismo y parece hablar más del futuro del petróleo que de la democracia.

    A lo largo de su historia, Uruguay ha sido un férreo defensor del derecho internacional, por una cuestión de principios y también por conveniencia. Un país pequeño y en la periferia necesita que existan reglas de juego claras y, sobre todo, que sean respetadas. La ley del más fuerte le sirve a unos pocos.

    En un mundo donde crece la incertidumbre, es importante que Uruguay mantenga su posición firme en defensa de las reglas del derecho internacional. Su voz todavía vale.

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