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Es impresionante con la liviandad que se afirma que “la simulación de una violación no fomenta ningún delito” en un ámbito que está plagado de denuncias por violación hasta por parte de los jugadores
Hace varios años, tuve la fortuna de estudiar con el actor, director y dramaturgo uruguayo Alberto Restuccia, un irreverente de pura cepa. Recuerdo que, en una de sus clases, Restuccia reflexionaba sobre la desconexión respecto al sexo que hay en nuestras sociedades, y analizaba cómo, lamentablemente, el sexo suele ser entendido más como una forma de violencia que como una forma de placer. Ponía un ejemplo bien ilustrativo: “Cuando la hinchada en el estadio le grita a la hinchada del otro cuadro ‘los vamos a coger’, desde el otro lado les deberían responder ‘¡muchas gracias!’”. Pero, claro, está todo mal entendido, y por desgracia parece que demasiada gente ve el sexo como una forma de humillación. Peor aún, como una fórmula en la que una parte de la ecuación es quien ejerce la violencia (típicamente, la parte masculina) mientras que los cuerpos feminizados son los humillados a través del sexo. Una lógica rarísima que solo tiene sentido para los que se creen más vivos que los vivos.
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Así las cosas, el fútbol vivió un espectáculo lamentable hace un par de fines de semana en Argentina. En un partido clásico entre dos cuadros que podrían ser cualquier cuadro argentino, una de las hinchadas se las arregló para entrar al estadio con remeras del contrincante y muñecas inflables. Los videos que circularon en redes muestran unas imágenes espantosas donde una muchedumbre de hombres sacude a decenas de mujeres inflables haciendo la mímica como si estuvieran teniendo sexo con esos objetos. Tal vez alguno aprovechó el envión y ya con el entusiasmo de tanta camaradería se terminó masturbando ahí mismo en la tribuna, porque parece que el patetismo no tiene límites. Después de la mímica del sexo las tiraban para abajo y las reventaban contra el piso del estadio. Parece que toda la actuación era una forma ingeniosa de decirle al cuadro contrario que eran “menos” o que eran “perdedores” o quién sabe qué.
Son solo un grupo de barras bravas, podría decirse, “hinchas fanáticos de un club que consagran su vida al mismo y a la vez viven de él, organizados y armados para provocar tumultos en los estadios, agredir y en ocasiones matar a los adversarios”, como define Juan José Sebreli en La era del fútbol. Y sí, ojalá esto fuera solo un cuento sobre un puñado de pusilánimes, pero la verdad es que es mucho más complicado que eso. El mundo está lleno de casos de violación a mujeres, a niñas, a adolescentes. Cada día hay un nuevo caso de violación en grupo, de una violación hecha por el abuelo, por el padrastro, por el tío, por el vecino, por el amigo del hermano. No son todos barras bravas.
“La violación de qué, ¿de muñecos?”, se indigna un usuario en redes sociales. La conexión no aparece, les resulta algo menor, lo ven como una broma. Pero simular una violación, incluso a un muñeco que representa un cuerpo femenino, es una forma de violencia reconocida hace años. Se llama violencia simbólica y la definió hace ya décadas el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Según Bourdieu, la violencia simbólica es muchas veces “invisible” para sus propias víctimas, y es aquella que se ejerce a través de formas puramente simbólicas “de la comunicación y del conocimiento o, más exactamente, del desconocimiento, del reconocimiento o, en último término, del sentimiento”. Pero vivimos en la era de la insensibilidad, de la desinformación, donde los argumentos coherentes se desvanecen en el calor de las redes sociales.
Una abogada de la ciudad de Rosario (Argentina), integrante de la Colectiva de Abogadas Feministas, denunció públicamente el episodio como una expresión de la cultura de la violación. “Odian el folclore”, escribió un usuario airado en Instagram, “¿no se puede hacer ninguna gastada ahora?”. Y también: “WTF? Que los zurdos dejen de ensuciar el fútbol porfa”. La confusión es total. “Por favor qué argumento forzado para joder nomás, es un ámbito de fútbol, nadie seriamente irá a creer que realmente se está fomentando ni ese ni cualquier delito”, remata otro. Es impresionante con la liviandad que se afirma que “la simulación de una violación no fomenta ningún delito” en un ámbito que está plagado de denuncias por violación hasta por parte de los jugadores.
Porque los hombres de la tribuna con sus muñequitos serán unos pobres tipos, pero el mundo está plagado de señores que avalan de una u otra manera la violencia contra las mujeres sin que se les mueva un pelo y sin la más mínima intención de levantar la voz en nombre de un “folclore” que, mientras esté vivo, les permite seguir manteniendo intactos sus privilegios de varón.