En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Es cada vez más difícil distinguir cierto periodismo, el que podría llamarse periodismo activista, del comunicador que trabaja en un gabinete de comunicación; desde distintos lugares, ambos son propagandistas de una idea determinada
Dado que trabajo en la Ciudad Vieja, la gente de Distrito Ciudadela me pregunta si puedo grabar un videíto comentando cosas buenas del barrio. Contesto que sí, que encantado. Pero en el mismo momento de aceptar la propuesta pienso que, si bien la Ciudad Vieja tiene un montón de cosas buenísimas, todo eso convive con tramos de una decadencia social y edilicia abrumadoras. Así que cuando hago el video comento esa dualidad, centrándome sobre todo en destacar lo bello y cerrando un poco los ojos ante el desastre. Elijo qué mirar, digamos.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Leo en X que el economista Matías Brum reseña algunas ideas positivas que surgieron del llamado “diálogo social” que impulsó el gobierno y que tanto ruido ha generado con la intervención estatal (y estatista) que se propone en el tema de las AFAP. Lo que hace Brum es, como en el video que me pidieron, mirar la parte positiva de la cosa, no la negativa. Una especie de equivalente a señalar que en Ciudad Vieja existe una vibrante y variada oferta gastronómica, sin mencionar que al menos uno de cada cuatro edificios en la zona se está viniendo abajo. Una vez más, aquí se está eligiendo qué mirar.
Eso no está mal. Elegir destacar las cosas que están bien es una buena forma de empujarlas, de potenciarlas. De intentar llevar la mirada hacia la zona que nos resulta deseable y no fijarla solo en lo que nos parece mal. Porque, está bien recordarlo, cuando se señala solo lo malo se puede caer en una suerte de nihilismo que termina descartando cualquier posibilidad de cambio. Si está todo mal, ¿para qué tomarse la molestia de pensar, de discutir, de intercambiar? Si todo da lo mismo, ¿por qué creerle a un partido o a otro cuando dice que quiere mejorar las cosas? El nihilismo como actitud frente a la “cosa social” nos va arrimando despacito al “todos son iguales”, antesala del “que se vayan todos”. Los resultados de la proliferación de outsiders populistas con mando en plaza ya los estamos viviendo.
Es verdad, para señalar lo bueno de su gestión o de sus metas, todas las organizaciones tienen equipos de comunicación que se encargan de ello. Esto es, gente que se encarga de propagandear lo que la empresa/grupo/ONG/partido hace bien, dejando de lado lo que hace mal. El papel de la prensa, en cambio, es casi el opuesto. La prensa debe mirar aquello que se está haciendo mal o aquello que directamente no se está haciendo y se debería hacer. Y es su deber señalarlo, ponerlo bajo la lupa. No porque la prensa sea nihilista, sino porque la tarea de la prensa no es el activismo social o político, sino ser el contralor del poder. Al menos en la teoría. La práctica es más compleja, ya que se cruzan intereses económicos, afinidades ideológicas y hasta cambios que se podrían llamar epistemológicos. Esto es, cambios sobre cuál es el sentido “filosófico” o último de la prensa.
En años más o menos recientes, es habitual que el trasfondo ideológico que siempre estuvo allí en periodistas y medios se exprese ahora de manera explícita. El periodismo siempre se pensó desde algún lugar. No existe una “objetividad” periodística, salvo la de los hechos planos y simples. Pero incluso también allí se cruza la subjetividad: cuáles hechos son relevantes y cuáles no. Qué cosas son noticia y qué cosas no. Cuáles se reseñan y cuáles no. Ese era el problema del periodismo, digamos, clásico. En los últimos años, a eso se agregó el cruce explícito con la ideología y con el activismo. El periodista ya no se interesa solo por exponer unos hechos. Ahora también hace didáctica sobre sus razones para exponer esos hechos. Y se esfuerza por convencernos de las bondades de su credo.
En ese sentido, es cada vez más difícil distinguir cierto periodismo, el que podría llamarse periodismo activista, del comunicador que trabaja en un gabinete de comunicación. Desde distintos lugares, ambos son propagandistas de una idea determinada. En el caso del empleado de un gabinete de comunicación, porque la propaganda es su tarea. En el caso del periodista activista, porque parte de la convicción de que más importante que la descripción de unos hechos es comunicarle al mundo la buena o mala nueva ideológica que lo motiva a él a escribir y a narrar esos hechos. El periodista ya no se ve a sí mismo como un médium entre los hechos y el ciudadano, sino como una suerte de docente que debe guiar al lector en el campo minado de las ideologías. Un campo minado que él, el periodista, ya descifró, ahorrándole al ciudadano lector la tarea.
Esto es, claramente, una forma de infantilizar al lector. Un lector que, de tan fragmentaria que es su relación en el universo informativo, muchas veces no distingue lo que es opinión de lo que son hechos. O que cree que lo que proviene de un medio de prensa tradicional tiene el mismo valor informativo que un reel realizado por un señor random en Instagram. El periodismo tradicional no solo informaba en cápsulas de 30 segundos. Se interesaba por entender, por investigar, por ir más allá del primer dato. O de lo que el gabinete de prensa ministerial dictara. Al ir perdiendo esa función, al irse borrando el contraste y la investigación, los medios tradicionales son cada vez menos distinguibles de esa suerte de presente constante y arrollador que son las redes. Reducir la tarea periodística a reproducir un comunicado oficial, solo porque ese ministerio lo ocupa un gobierno que nos genera simpatías ideológicas, no parece ser la mejor forma de sostener el gremio en activo.
Otra cosa que no contribuye a construir la idea de que existe un periodismo independiente es el constante flujo de profesionales del área a la escena política. Ojo, es perfectamente válido querer cambiarse de rubro por convicción o por interés económico. A la vez, es claro que, en ese tránsito, toda eventual credencial profesional que se tuviera queda automáticamente anulada. Una vez integrado al mundo de la política, el experiodista ya no puede reclamar para sí la distancia que se le suponía antes. En ese sentido, es una suerte de pérdida permanente. ¿Por qué? Porque la confianza del público en la ecuanimidad informativa de ese experiodista en particular se ha esfumado para no volver. Como dicen los catalanes: “¡Bon vent i barca nova!”.
Más que en concentrarse en destacar lo malo o lo bueno, el eje informativo debería ser otro: informar sobre aquello que es relevante para la vida en sociedad. De aquello que sirva al ciudadano para construir una opinión, valga la ironía, informada sobre los asuntos comunes. Esta es una idea lo suficientemente amplia como para aplicarla en casi cualquier área de la información. Ya tenemos demasiados politólogos partidarios como para que también el periodismo se termine de confundir con el activismo sin más. O con el gabinete de prensa que difunde la información oficial en forma de propaganda. Esto debería preocupar, antes que nada, a los periodistas, que van viendo cómo pierden terreno frente a ciudadanos que, a través de una cuenta en redes, pueden (y suelen) hacer ese trabajo de mirar los números y las acciones. Aunque más no sea para conservar el sueldo y, si aún importa eso, el sentido de su tarea.