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    Sonría, lo estamos filmando

    La humanidad entera parece haberse trasladado a una pantalla que todo lo ve y lo controla; ya es muy poco lo que queda afuera de ese ojo electrónico con pretensiones de ocupar el lugar de Dios

    Director Periodístico de Búsqueda

    ¿Alguna vez se pusieron a pensar cuántas veces por día están expuestos a una cámara de filmación o fotográfica? ¿Una, dos, veinte? Es probable que se queden cortos y, aunque se acerquen, ¿cuántas de esas veces consideran que son conscientes de que todos sus gestos, movimientos y acciones están quedando registrados? ¿Y cuánto de eso que se filma o fotografía a diestra y siniestra servirá después para algo útil o necesario? ¿Qué sentido tendrán esos millones de horas de registros y de fotos robadas a los cuatro vientos?

    En respuesta se podrá decir que este nuevo mundo digital y de videovigilancia también tiene muchas ventajas con respecto al pasado analógico, lo que es cierto. La humanidad entera parece haberse trasladado a una pantalla que todo lo ve y lo controla. Ya es muy poco lo que queda afuera de ese ojo electrónico con pretensiones de ocupar el lugar de Dios.

    Una acción delictiva, están las cámaras. Un periplo sospecho, se pueden revisar las cámaras. Un posible acoso, que hablen las imágenes. Manda la tecnología, que dicen que pocas veces se equivoca. Todo está ahí, las pruebas se transformaron en un material mucho más accesible. No hace falta demasiada elaboración para saber qué fue lo que realmente pasó, porque en algún momento quedó filmado o fotografiado.

    Con este escenario, los que pierden son los malos. Así lo señala el sentido común. Porque los que cometen delitos van dejando inevitablemente su huella digital en algún momento. El problema, que no es tan evidente, es que también pierden los buenos. Los que solo quieren llevar su vida en paz y con privacidad. Los que prefieren ser antes que mostrar. Los que entienden claramente la diferencia entre lo público y lo privado. A ellos nadie los cuida y parece que solo muy pocos los están teniendo en cuenta.

    En realidad, es un poco peor que eso. Los cambios son tan vertiginosos que es casi imposible ponerse a pensar cuáles son sus beneficios y sus desventajas. La cantidad de cámaras en la vía pública, dentro de las oficinas estatales y también en los edificios y casas particulares se multiplican año tras año sin demasiado orden ni un criterio preestablecido. Hoy armar una especie de Gran Hermano 24 horas es muy fácil y barato. No es necesario pedir permiso previo. Se hace y a otra cosa. Sin más. Peinate que seguro salís en la foto.

    Esto se presta para abusos de todo tipo. Es un terreno fértil para los conspiradores, extorsionadores, abusadores y controladores, además de otros seres dañinos. Dos caras de una misma moneda. Los mismos que quedan más expuestos en sus desvíos son a veces los que se aprovechan de los avances tecnológicos para cometerlos o profundizarlos.

    ¿Qué es lo que marca la diferencia? ¿Qué es lo que establece el límite entre lo provechoso y lo peligroso? La educación, como siempre. Y también la regulación. Pero lo verdaderamente fundamental es aprender cómo manejar, desde los primeros años, ese mundo tan invasivo y poco amable.

    Esa es la batalla que estamos perdiendo. Las nuevas generaciones están mucho más expuestas a los riesgos que implica este nuevo mundo y es poco lo que se está haciendo para protegerlas. A su vez, en los planes de estudio formales casi nada se incluye sobre esa nueva realidad.

    Ahora lo que está en discusión es si permitir o no a los niños y adolescentes concurrir a clase con sus teléfonos celulares. En varios países ya se prohibió y Uruguay está procesando ese debate. En algunos centros de estudio se habilita y en otros no. El ministro de Educación, José Carlos Mahía, se manifestó en una reciente entrevista con Búsqueda a favor de limitar el uso de teléfonos inteligentes en las aulas. Aplausos para él, porque ese debería ser el camino.

    Pero, al mismo tiempo, la semana pasada otra nota de Búsqueda mostró algo muy preocupante sobre el manejo de la tecnología en la enseñanza, que va en sentido contrario. “Al menos dos colegios de Montevideo tienen cámaras en sus salas de bebés y de niños de uno y dos años para que los padres puedan ver en sus celulares, a través de una aplicación, qué hacen sus hijos mientras están a cargo de las educadoras”, informa el artículo del periodista Nicolás Delgado.

    Esto es, el Gran Hermano ese que se ha tornado un tanto incontrolable en lo social se traslada hacia adentro de los centros educativos y, para peor, con los más pequeños, que no tienen forma de resistirse ni de cuestionarlo. Ellos terminan expuestos, durante su horario escolar, a cámaras y al control directo constante de sus padres. Ellos y los docentes que trabajan con ellos.

    Es una cuestión de tranquilidad, dicen los colegios que lo aplican. Es la forma que tienen los padres de saber que sus hijos están bien cuidados siempre y de sentirse más seguros, argumentan. Lo ofrecen como una ventaja comparativa con el resto de los colegios y jardines que trabajan con los más pequeños.

    Es cierto que para los padres puede tener esos beneficios, pero son muchísimos más los perjuicios. Es más, esto debería funcionar como disparador para discutir todo el vínculo de los más pequeños y del sistema de enseñanza con la tecnología, porque lo que está en juego es muy pero muy importante.

    Las escuelas siempre fueron un lugar donde los niños pueden alejarse de sus hogares y aprender a convivir en sociedad con otros niños muy diferentes. Es el espacio donde incorporan cada día, de lunes a viernes, lo que es el mundo por fuera de las puertas de sus casas y se relacionan con él. Funciona, además, como un lugar donde son el centro de atención, al igual que sus compañeros, de docentes especializados en cómo tratarlos y que tienen como objetivo darles herramientas similares para su futuro.

    Si hay algo que distorsiona todo eso son las cámaras adentro de los salones. Y más todavía ofrecidas en vivo y en directo a los padres de los alumnos. Eso, además de violar la privacidad, termina de distorsionar el concepto de socialización y también de enseñanza. Va en el sentido contrario al de formar a los más pequeños para que puedan controlar el avance tecnológico en el futuro y pone a los padres en el centro de la cuestión educativa, en lugar de a los alumnos.

    Autoridades del Ministerio de Educación y Cultura manifestaron su preocupación por esa medida y también los sindicatos de docentes. Alertan sobre los efectos secundarios que podrían provocar y sostienen, con base en estudios internacionales, que hacen que los docentes se comporten de una manera distinta y también los estudiantes.

    Está claro. El problema es que ahora parece que, para entenderlo e incorporarlo, primero hay que validarlo a través de una pantalla. Ocurre con esto de las cámaras adentro de las aulas, que es muy grave por su valor simbólico, y con todo lo demás. Y, si no se hace nada para corregirlo, en poco tiempo ni vivir se va a poder afuera de este amenazador Gran Hermano. Capaz que es eso lo que quieren.