El prosecretario de la Intendencia de Canelones, Diego Núñez, recibió un encargo de su jerarca, el intendente Legnani, más o menos en estos términos: “Flaco, andá vos a lo del portaviones, que a mí me embola y, además, no tengo tiempo”.
La reunión terminó en medio de vivas y hurras al comunismo, con un aplauso para los dirigentes políticos y sindicales presentes y la especial recomendación de investigar a los que no habían podido concurrir a pesar de haber sido citados
El prosecretario de la Intendencia de Canelones, Diego Núñez, recibió un encargo de su jerarca, el intendente Legnani, más o menos en estos términos: “Flaco, andá vos a lo del portaviones, que a mí me embola y, además, no tengo tiempo”.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáY don Diego fue, no solo porque se lo pedía su jefe, sino porque le resultaba divertido e interesante, pensando que valía la pena conocer uno de esos monstruos que uno solo ve en las películas o en los informativos de la televisión.
Para qué…
Resulta que don Diego revista en las filas del aguerrido Partido Comunista, esa curiosa y combativa institución que en muchos países del mundo no solamente es un objeto de museo, sino también de prolijo estudio académico en los medios de la investigación paleolítica de la historia.
Nadie lo había visto a don Diego en el abigarrado grupo que vestía gorros, antiparras y mamelucos, encabezado por el presidente Orsi, e integrado por las más variadas especies humanas que integraban la delegación.
No faltó un buey corneta que lo divisara, y soplara en la sede del partido, que Dieguito estaba entre los tránsfugas que habían osado poner un pie (o los dos) en uno de los símbolos más despreciables del imperialismo yanqui, con el alto grado de contaminación que ello supone. Agregale a esto la sospecha de una mirada benevolente del compañero a la propiedad del demonio yanqui, cohonestando con su actitud la presencia del maldito engendro en aguas casi soberanas de la patria de Artigas, pero también la de Rodney, de Juan Castillo y de Marcelo Abdala.
En una sesión secreta a la que tuvimos acceso (gracias a uno de los participantes, que aceptó gustoso una compensación cuyo detalle mantenemos en reserva), uno de los asistentes propuso que se baleara la casa del ingrato, se le incendiara la huerta de lechugas que cultiva en su jardín y se sacrificara a Carolina, la perrita salchicha que es el amor de su esposa y sus hijos.
La moción no llegó a ser votada, porque hubo algunos más audaces que propusieron arrojar tres cócteles molotov contra la casa del blasfemo, promoviendo así su incendio, y que fuera de noche mientras toda la familia estaba adentro durmiendo.
Esta moción también quedó por el camino, por más que varios de los asistentes expresaran que se trataba de una medida que ya había sido utilizada por las brigadas comunistas en muchos países del mundo, con indiscutido éxito.
Finalmente primó la cordura, impuesta por el líder Juan Castillo, quien opinó que estas actitudes le harían mucho daño a la imagen del partido, que debería llegar a las próximas elecciones con algunos puntos más que Orsi en la evaluación de la opinión pública, tarea no muy difícil, vistos los resultados de las encuestas que se están divulgando estos días.
Gracias a la influencia serena del ministro de Trabajo, se optó por la expulsión del traidor de filas del partido, en una purga al mejor estilo soviético, para el que esta agrupación política tiene amplia experiencia, aquí y en todo el mundo (donde todavía existe).
Así fue que don Diego fue objeto de una salida ingrata por la puerta de atrás de su exagrupación política, salpicado por el desprecio de sus excorreligionarios, en una materialización más que simbólica de la purga de la que fue objeto.
El ambiente de la reunión estaba caldeado cuando un dirigente, aprovechando el entusiasmo depurador de los presentes, propuso algunas medidas más, que no se aplicarían a don Diego (con la adoptada ya era suficiente), sino a otros muchos traidores que pululan en el país.
Así mencionó el caso de Lenin (alias el Toto) Barrenechea, edil suplente del Frente Amplio en la Junta Departamental de Salto (afiliado al Partido Comunista), quien estaba presente en sala y, según testigos más que confiables, fue visto en una cafetería del centro de la capital bebiendo una Coca Cola con cara de satisfacción y alegría. Por más que el pobre Toto alegó que ese día hacía mucho calor, y que en ese boliche lo único que había era Coca Cola, no pudo negar que la inmunda bebida es otro de los símbolos del imperialismo yanqui que se han enquistado en nuestra sociedad.
Lo peor fue que, en medio de su defensa y ya casi derrotado, el Toto utilizó otra de las prácticas más arraigadas en su partido, delatando públicamente a otros dos correligionarios también allí presentes, los hermanos Boris y Rasputín Coriolatti, a quienes juró haber visto en McDonald’s, comiendo hamburguesas con bacon, cheddar cheese y hot sauce acompañadas de papas fritas, por no decir french fries. La reunión se volvió más violenta, y estos inmorales usuarios de otros de los símbolos más asqueantes del imperialismo fueron expulsados a patadas y golpes de puño por sus excolegas, declarándoselos traidores al culto socialista soviético auténtico y ortodoxo.
La reunión todavía se extendió unas horas más, y, aprovechando el clima depurador existente, los asistentes decretaron varias expulsiones más.
Tiburcio Riquelme, viejo afiliado al partido, fue expulsado por haber sido visto presenciando en su televisor una peli con unos cowboys imperialistas yanquis que hacían paté a unos pobres indios sioux, denuncia presentada por otro correligionario que pasaba por su casa y miró para adentro porque la ventana estaba abierta. Florindo Trancabuchi, anciano militante comunista, también fue expulsado en medio de abucheos, escupitajos y soeces calificativos, al comprobarse que había sido visto sentado en un banco de la plaza Seregni fumando un cigarrillo Marlboro, símbolo del imperialismo yanqui si los hay.
La reunión terminó en medio de vivas y hurras al comunismo, con un aplauso para los dirigentes políticos y sindicales presentes y la especial recomendación de investigar a los que no habían podido concurrir a pesar de haber sido citados, al presumirse que, tras las ausencias, se pudiera detectar alguna ausencia intencional determinada por una traición al partido y a su espíritu solidario y militante.