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    Su maldito idioma

    La lengua del poder es la lengua del prestigio simbólico; el presidente Trump lo deja traslucir sin poner mucho empeño por ocultarlo: los otros hablan una lengua secundaria, residual, que él no necesita conocer

    Columnista de Búsqueda

    Yo ya estoy hasta la madre

    De que me pongan sombrero

    Escucha entonces cuando digo

    No me llames frijolero.

    Molotov

    La iniciativa de cooperación militar de la última cumbre de las Américas, que se desarrolló el 7 de marzo en Miami, Florida, se llamó Escudo de las Américas (Shield of the Americas) y tiene como objetivo manifiesto “impulsar estrategias que pongan fin a la injerencia extranjera en nuestro hemisferio, a las pandillas y cárteles criminales y narcoterroristas, y a la inmigración ilegal y masiva”.

    Furia Épica, Martillo de Madianoche, ¿quién pone los títulos en Estados Unidos? Escudo de las Américas suena pretencioso para una reunión a la que muchos (los más importantes del continente) no fueron invitados; evoca más un videojuego de adolescentes que una estrategia contra un enemigo real y poderoso.

    La imagen oficial del encuentro lo dice todo: Donald Trump en el centro, sentado detrás de un escritorio, y los mandatarios latinoamericanos de pie, rodeándolo. Todo un símbolo. Es en este contexto que el anfitrión, en su discurso, bromea con los mandatarios latinoamericanos presentes: “No voy a aprender su maldito idioma. No tengo tiempo. Se me daban bien los idiomas, pero no voy a dedicar tiempo a aprender el suyo”. Como en los programas de humor barato, se escucha un fondo de risas de los asistentes.

    La arrogancia del poder incluye, entre otras cosas, creer que todo le está permitido.

    Se supone que la de Trump fue una gracia, o él lo dice queriéndolo pasar por algo gracioso, tal vez sin advertir que revela más de sí mismo que de la lengua a la que refiere, que deja a la vista sus estructuras de pensamiento, sus desinformados preconceptos, sus prejuicios tenaces contra todo lo que huele a “latino”.

    La boutade sobre el idioma español, consciente o inconscientemente, es un desaire, un gesto de desdén de los que marcan la cancha. Trasluce el poder del que dice lo que se le antoja, refleja la potencia del país que representa por sobre los demás participantes. Porque las naciones dominantes suelen desarrollar esa percepción de centralidad, y de esa forma su propia lengua se vuelve la de la alta política, la del comercio internacional, la cultura más prestigiosa, la diplomacia. La lengua del poder es la lengua del prestigio simbólico. El presidente Trump lo deja traslucir sin poner mucho empeño por ocultarlo: los otros hablan una lengua secundaria, residual, que él no necesita conocer.

    Aunque no lo sepa ni se tome la molestia de averiguarlo, el español lo hablan 600 millones de personas, es la segunda lengua materna más hablada del mundo y la segunda en comunicación internacional. Pero la estrategia de ignorar o hacer desaparecer la cultura del otro es vieja como el agujero del mate, un reflejo del etnocentrismo del poder. Es una herramienta de control, de sometimiento sobre grupos o culturas consideradas “inferiores” o “primitivas”. Después viene aquello de imponer sus creencias y sus valores, haciéndolos pasar por universales, superiores.

    El presidente norteamericano también se hizo tiempo en la agenda para burlarse de su par mexicana, Claudia Sheinbaum, tal vez porque se niega a permitir que Estados Unidos lleve a cabo acciones militares unilaterales en su país. “Presidente, presidente, presidente. Déjame erradicar los cárteles. No, no, no, por favor, presidente”, dijo con voz aguda, parodiándola. En una cumbre que dice ser contra el narcotráfico, frente a los 12 mandatarios presentes, Trump se burla de la presidenta de uno de los países que no fueron invitados, precisamente el que alberga los cárteles más poderosos. Uno se pregunta si este será el mejor camino para empezar la cruzada del Escudo de las Américas.

    Digamos que esta es una forma inusual de diplomacia. En realidad, se trata de una ruptura con la diplomacia tradicional que basa la política exterior en negociaciones, en manejo de alianzas, procesos reservados y confidenciales alejados de la estridencia. Trump entierra ese modelo y demuestra que puede hacer lo que quiere. Utiliza una “diplomacia sin diplomáticos” en la que el eje es él mismo: enviados especiales de su confianza, muchas veces familiares y amigos del presidente, y evita los canales tradicionales del Departamento de Estado. Tal vez su forma de saltarse los protocolos de toda la vida sea otra de sus bromas.

    En esta misma reunión de nombre ampuloso y países ausentes, pero un poco más tarde, toma la palabra el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y declara entre risas (las suyas y las del público) que él solo habla “americano”. Por si todo lo dicho fuera poco, en una reunión de países americanos se apodera de nuestro gentilicio común. Sin embargo, dudo que lo haya hecho adrede: los norteamericanos usan la palabra con la convicción que les confiere un inalienable derecho de propiedad.

    Hablábamos del objetivo manifiesto de la cumbre, la lucha contra el narcotráfico, pero cualquiera se da cuenta de que subyace la intención de reflotar el liderazgo de Estados Unidos y, explícitamente, de contrarrestar los avances de China en la región. A la luz de las tensas relaciones de Estados Unidos con la Unión Europea y de las dificultades surgidas en su incursión por Oriente Medio, el antiguo patio trasero se convierte en un lugar digno de atención. Lo dudoso sería la estrategia elegida para hacer aliados y buscar consensos.

    No seré quien critique el proyecto de pararle los pies al narcotráfico, ni mucho menos la unión de nuestros países frente al peligroso enemigo que diezma nuestras sociedades. Solo espero que la “coalición histórica de naciones” (así llamada por Whashington) no se limite a burlas y desprecios, a aranceles punitivos, campañas de presión, a sanciones o rescates económicos, según el humor del mandatario del país organizador. Y no parece acertado empezar una alianza imitando y riéndose de un socio y hablando de su maldito idioma. O dejando de lado a quienes tienen otro signo político, y limitando así el alcance de la iniciativa. Por el bien de todos, por un futuro libre de las calamidades de la droga, espero ser yo la que se equivoque.

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