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Ni las personas en situación de calle, ni los atentados mafiosos a los balazos entre bandas enemigas, ni las lanchas de Cardama, ni la represa de Casupá. El gran tema que nos tiene colapsados, angustiados y enojados a los uruguayos es… la vacuna contra el meningococo.
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No la vacuna en sí, bienvenida sea, sino más bien la situación que la rodea, que —como suele ocurrir frecuentemente— muestra cómo nos hemos desorganizado desordenadamente para que sea caótica, problemática y motivo de frustraciones, enojos y desconciertos.
Arrancamos cuando el tema dejó de ser de casos aislados y se transformó en una preocupación colectiva. Las autoridades sanitarias dijeron que había que vacunar a vastos sectores de nuestra juventud. Primero, los de 6 meses a 2 años, no, perdón, de 1 año a 3 años, pero, esperen, no, en esta primera tanda los de 1 a 3 años y los de 5 a 7. A ver, reconsideremos, también los de 10 a 12 y, claro, aprovechemos y agreguemos a los de 15 a 18. El caos siguiente se orientó hacia los cupos, la página web del MSP, los turnos para los vacunatorios y, claro, no haberlo pensado antes, la disponibilidad de vacunas, que no alcanzaba para todos los gurises seleccionados para el pinchazo. Está la Truquez para los virus A, G, K, Y y Z, pero no alcanza, porque falta la de las variantes T y W, así que no va con esa. Y, ojo, porque esa y la otra se venden en las farmacias, pero la población exige la gratuita: ¿por qué van a vacunarse los que la pueden pagar y los pobres quedan para atrás? Además, los cupos están completos en Montevideo y Canelones, aunque los que quieran vacunarse en los demás departamentos no tienen problema. Claro, pero ya sabemos que hay contrabando de vacunas desde Brasil, donde cuestan más baratas. Pero, ojo, si no la comprás en una farmacia no sabés si es la original o si es trucha. En fin, tan solo algunos de los problemas que se han creado con esta dramática situación vacunal.
Porque los destinatarios son los niños, pero el manejo, no siempre demasiado prolijo, está en manos de los padres y las madres, entre los cuales los hay de los buenos y de los otros. Están los que se agendan y reservan sus cupos en paz y armonía, incluso cuando llegan al vacunatorio y les dicen que por ese día ya no hay más cupos porque se agotaron las vacunas. Entonces, se agendan para el día siguiente y se vuelven a casa para que el candidato al pinchazo haga los deberes. Y están los otros y, sobre todo, las otras. Las madres que se enojan, protestan y piden para hablar con la doctora que dirige el centro de vacunación. Les responden que no está y, entonces, quieren el número de teléfono de la ministra de Salud Pública para exigirle que el ministerio cumpla con el cupo. Les explican que no se lo pueden dar; entonces entran en las redes y la incendian a la ministra, insultándola y exigiéndole que dé la cara, porque esto es una vergüenza y no puede ser.
Lo peor es que la ministra entró, se calentó y la recontrainsultó por las redes a una madre reclamante, diciéndole que el ministerio estaba haciendo lo que había que hacer, que tuviera paciencia y no fuera tan insolente, intransigente y ordinaria.
Como era de esperar, este agravamiento de la situación llevó a que se organizaran grupos de padres y madres, de varios orígenes y ubicaciones, todos ellos solicitando ser recibidos por la ministra, las directoras de salud y los técnicos en la materia.
Mientras se procesaban estas solicitudes y se procuraba encauzar la situación, surgieron otros problemas inesperados, que tenían que ver con los vacunantes, es decir, los que todavía no habían sido vacunados. El salto entre algunas de las categorías (por ejemplo, los de 5 a 7 años y los de 9 a 12) produjo serios dramas existenciales entre algunos niños de 8 años, que reclamaban que se les incluyera en alguno de los dos grupos. Eso derivó en llantos, berrinches, pataleos y alteraciones de conducta. De nada sirvió informarles que les tocaría en una vacunación complementaria que tendría lugar unos días más tarde. Se convocó entonces a la Cátedra de Salud Mental de la Facultad de Medicina, para que dispusieran grupos de terapeutas que fueran visitando en sus hogares a los niños traumados y angustiados por no estar en las categorías que ellos esperaban. Pero esta actitud muy destacable de los siquiatras se complicó cuando muchas madres frustradas por no haber conseguido los cupos deseados para sus hijos requirieron también ser asistidas, con lo que la Facultad de Psicología también entró a colaborar en el apaciguamiento determinado por el desorden, el caos y la falta de respuestas.
Pero lo peor estaba por ocurrir. En las reuniones de padres y madres, además de las protestas y las exigencias, empezaron a aparecer, como era de esperar, los progenitores que lanzaron al aire comentarios tales como “lo que pasa es que este gobierno es un desastre, qué podías esperar de los comunistas que mataban a los niños en Moscú cuando gobernaban, y ahora los que sobrevivieron gobiernan acá”; seguido de “qué bolches, son los tupas, que atentaron contra la vida de la población, poniendo bombas, y ahora dicen que nos quieren vacunar. Lo que quieren es matarnos a nosotros y a los niños”, “¡que vuelvan a gobernar los blancos, esto no pasaba en el gobierno anterior!”. Replicado, como era de esperar, por comentarios tales como: “Quéjense ustedes, blancos pillos, nunca tuvieron sistemas de salud como los que maneja con éxito el Frente Amplio, con técnicos de primer nivel como los que tenemos ahora”, “sí, claro, seguramente graduados en Cuba”, “lávate la boca cuando hables de Cuba, ultraderechista sucio y miserable”, “mirá qué bien anda Cuba, enterrada en la miseria”, “claro, gracias a Trump, que nos quiere colonizar a todos, ¡viva Nicaragua democrática, arriba la revolución sandinista!”.
Se espera que los niños no hayan participado en estas reuniones de padres, porque ni con una vacuna triple contra la grieta los salvan, pobrecitos…